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LOS OTROS MARIVENTS

Balmoral, el palacio de la reina Isabel donde se encendió la mecha del Brexit salvaje

La reina ha firmado la suspensión del Parlamento británico desde su residencia escocesa, el lugar donde pasa los días más felices del año (fregando platos)

Foto: La reina Isabel, el duque de Edimburgo y los príncipes Carlos, Ana y Andrés, en Balmoral. (Cordon Press)
La reina Isabel, el duque de Edimburgo y los príncipes Carlos, Ana y Andrés, en Balmoral. (Cordon Press)

El Reino Unido está viviendo un terremoto político desde hace unos días. Boris Johnson ha solicitado a Isabel II que suspenda el Parlamento británico durante más de cinco semanas, dificultando así que los diputados pro Unión Europea tuvieran tiempo de bloquear un divorcio por las bravas el próximo 31 de octubre. El miércoles, la reina aceptó la petición y firmó la orden por la que ha autorizado la suspensión de la Cámara británica. En realidad, la veterana soberana no podía hacer otra cosa.

La reina vive estos días con preocupación todo lo que está ocurriendo en torno al Brexit. La firma de la suspensión del Parlamento tuvo lugar en su residencia de Balmoral. Una pequeña sala de este castillo escocés alumbró el que muchos consideran ya como el primer paso para un Brexit salvaje (el peor de los escenarios posibles). El castillo de Balmoral es el refugio de la soberana durante los meses de verano y, en cierto sentido, el guardián de las esencias de la familia Windsor más allá de su rol institucional.

Tony Blair lo vivió como algo “intrigante y friki”. Pasó unos días de otoño -preceptivo para los premiers- en Balmoral con la familia real británica y no daba crédito. “Se ponen los guantes y meten las manos en el fregadero. La reina te pregunta si has terminado, amontona los platos y se va derecha al fregadero”.

La reina, con su familia y sus mascotas en Balmoral. (Cordon Press)
La reina, con su familia y sus mascotas en Balmoral. (Cordon Press)

La imagen de Isabel II fregando los platos no es la única informal que llena páginas y páginas de las historias sobre Balmoral (a la que ahora se sumará sin duda esta del Brexit), la residencia veraniega de la familia real británica. Blair cuenta en sus memorias (La Esfera de los Libros) que le daba al alcohol -“gasolina para cohetes”, decía- para pasarlo bien en sus estancias en Balmoral, lo que parece que tuvo su efecto: su hijo Leo fue concebido en el castillo, según contó Cherie, su mujer.

Margaret Thatcher, por ejemplo, bautizó sus visitas al castillo como "el purgatorio" y recordó varias veces la barbacoa a la que asistió con la reina y su marido, el duque de Edimburgo, rodeados de carne a la parrilla, humo y perros, muchos perros. Es en Balmoral donde la reina Isabel se siente cómoda, libre de protocolos, algo que descoloca a quienes la visitan, que suelen ser muchos. Dan fiestas, cenas, comidas... Una vida social que nunca ha parado en este castillo, que nació como un deseo intenso de la reina Victoria.

"Mi querido paraíso en las Highlands", así describía la tatarabuela de la actual reina su vida en Balmoral. Fueron ella y su marido, el príncipe Alberto, quienes compraron el castillo después de pasar algunos meses de alquiler en el lugar. Les gustó tanto que lo adquirieron y ampliaron hasta convertirlo en el magnífico lugar que es hoy en día. La última reforma la llevó a cabo el duque de Edimburgo, quien lo llenó con más flores y plantas, y creó un jardín acuático en esos 50.000 acres de terreno cerca del río Dee, en Aberdeenshire, Escocia.

Una de las salas interiores de Balmoral. (Reuters)
Una de las salas interiores de Balmoral. (Reuters)

Como le sucede a Isabel II, para la reina Victoria los días en Balmoral eran los más felices del año. Pasaba mucho tiempo con su marido y sus hijos, sin obligaciones más que de ocio, y podía llevar a cabo sus hobbies, como el montañismo, la caza, las excursiones por los pueblos cercanos y los pícnics en el campo. La caza ha sido siempre una de las grandes aficiones de la realeza británica, algo de lo que siguen disfrutando.

El príncipe Alberto salía a cazar casi a diario cuando estaba en Balmoral y se levantaba incluso a las cinco de la madrugada para lograr buenas piezas. Su muerte, en 1861, convirtió las vacaciones de la reina en algo nostálgico. Quedaron atrás los bailes después de la cena, las gaitas sonando para llamar a la mesa -algo que todavía sucede a veces, para sorpresa de los invitados-, los abrazos y risas.

Victoria decidió pasar allí cada vez más tiempo, hasta que terminó refugiándose en el lugar casi un tercio del año, y su vida se cerraba en el ambiente escocés del pueblo. Obligaba al servicio masculino a llevar siempre kilts (faldas escocesas) y boinas, aprendió gaélico y encargó al pintor escocés Kenneth MacLeary una serie de pinturas sobre la vida en el castillo.

La habitación de Victoria y Alberto. (Cordon Press)
La habitación de Victoria y Alberto. (Cordon Press)

Todo quedó reflejado en el diario que escribió la reina, también durante sus estancias en Balmoral, unos escritos que tomaron forma de libro y que se pueden adquirir. 'Leaves from the Journal of our Lifes in the Highlands' (Hojas sobre el diario de nuestras vidas en las Highlands') es un tesoro literario sobre la vida de la realeza. Todos los diarios que escribió y publicó la reina se pueden consultar también online, en la Biblioteca de la Universidad de Oxford.

Quienes hayan seguido la vida de Isabel II a través de las pantallas, con la película 'La reina' y la serie 'The Crown' en cabeza, sabrán que Balmoral también es su refugio. Esta mujer a la que no se educó para reinar ha sabido ser la reina más longeva con un temple y un tesón que la han convertido en un pilar para las monarquías europeas. Y Balmoral ha tenido protagonismo siempre. Isabel II recibió la noticia de la muerte de Diana de Gales durante su asueto estival. Aquel 'annus horribilis' culminaba en un accidente de tráfico en París que sumía a la monarquía británica en una crisis sin precedentes.

Diana y Carlos paseando por Balmoral. (Cordon Press)
Diana y Carlos paseando por Balmoral. (Cordon Press)

Solo el retiro en Balmoral calmaba a la reina. Rodeada de una decoración sobrecargada, con tapicerías de cuadros, paredes rellenas al milímetro, "cardos para enloquecer el corazón de cualquier burro" (según escribió Lord Clarendon), es donde Isabel es feliz. Allí encuentra uno la esencia de la reina británica, la que tiene un cojín en un sillón en el que se lee bordado 'It's good to be queen' ('Es bueno ser reina'), tal y como contó, también sorprendido, el cineasta Michael Waldman, autor de un documental sobre la monarca.

Ese sentido del humor de la reina aparece en el documental en un gesto definitivo. Isabel II llega a un acto oficial y se encuentra a un guarda en posición equivocada. Se acerca a él y, en lugar de reñirle o mandar a alguien a advertirle, le dice: "Han venido a verme a mí, no a ti". Esa sorna con la que vive es la misma con la que debe mirar las caras sorprendidas de sus anfitriones mientra friega los platos en Balmoral.

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