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'MATAR AL REY'

Aniversario de Felipe VI: monarquía renovada... o mejor, 'innovada'

La España poscovid y las secuelas del anterior reinado obligan a Felipe VI a redoblar, seis años después, la promesa de su proclamación

Foto: Felipe VI con su padre, el rey Juan Carlos I. (Getty)
Felipe VI con su padre, el rey Juan Carlos I. (Getty)

Felipe VI se enfrenta, seis años después de la abdicación de don Juan Carlos y su propia llegada al trono, a un permanente volver a empezar. Si en 2014 prometió ‘una monarquía renovada para un tiempo nuevo’, en 2020 la España poscovid y las secuelas del anterior reinado le obligan, prácticamente, a innovarla.

Mucho llegó a escribirse en su tiempo de cómo el rey que trajo la democracia hubo antes de 'matar al padre' -en términos dinásticos, se entiende- en la figura de don Juan. Pero no menos se hablará en un futuro de la repetición de ese funesto ejercicio por parte de su sucesor. Los contextos históricos son muy diferentes, desde luego, pero ambos casos obedecen a pragmáticas razones de supervivencia para la Corona.

Felipe VI 'mató al padre' al hacer pública la renuncia a su herencia, convirtiendo esta en sospechosa de corrupción: se trata del más grande de los cortafuegos ideado por un rey contemporáneo con el propio pasado del que recibió su legado. Paradojas de una institución, pese a su fama, más 'gatoparda' que anacrónica, y que ha dado buenos ejemplos de reinvención en Reino Unido, cuando hubo que exiliar al rey enamorado Eduardo VIII en 1936, o en Holanda, donde en 1976 hubo que tapar el escándalo del presunto cobro de comisiones en la compra de aviones Lockeed, que afectó al príncipe consorte Bernardo y que, cuatro años después, desembocó en la abdicación de la reina Beatriz.

Juan Carlos y Felipe, en el acto de abdicación del Rey emérito. (Limited Pictures)
Juan Carlos y Felipe, en el acto de abdicación del Rey emérito. (Limited Pictures)

Los juristas y los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo en España sobre si la institución fue instaurada o restaurada -primero por Franco, y luego, por la Constitución-; y no es de extrañar, porque la monarquía más antigua del mundo occidental, tras dar un salto en el vacío de cuatro décadas, ligó su suerte al refrendo expreso, no tanto de una dinastía interrumpida como de dos soberanos consecutivos con nombre y apellido: Juan Carlos y Felipe de Borbón. A partir de ellos, se consagraba el viejo orden sucesorio, pero siempre a merced de sus señorías, los políticos electos, que para eso la del 78 es una monarquía parlamentaria.

Ha llovido mucho en la piel de toro desde aquellos años icónicos de la Transición. Ni los méritos ni los pecados de don Juan y don Juan Carlos son comparables en magnitud -mucho menos, los de su trágico predecesor, Alfonso XIII-, pero ambos -los tres soberanos, de hecho, aunque en muy desigual medida- acabarían socialmente reprobados por el régimen político de su tiempo. El abuelo de Felipe VI fue un eslabón suelto, uno de los primeros jarrones chinos que nadie sabía muy bien -empezando por la Casa Real- dónde colocar. Por su parte, el padre del actual monarca, sea cual sea la deriva judicial de sus asuntos privados, es ya hoy una gran porcelana quebrada para la que no se alumbra hornacina pública.

El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Limited Pictures)
El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Limited Pictures)


No es casualidad que a Felipe VI le guste repetir que él es el primer rey constitucional del 78; el primer monarca de una Carta abierta, tan abierta a la voluntad popular que hasta prevé un teórico -aunque difícil- cambio en el modelo de Estado. En sus seis primeros años, se esmeró en vaciar a la institución tanto de 'campechanías' al uso como de cualquier resto de oro y armiño... para convertirse en el primero, más alto, respetable y austero de los funcionarios del Estado, siempre atento a la voluntad de las Cortes que dan refrendo a la Corona.

En su apuesta por un escrupuloso arbitraje durante el largo vacío de Gobierno de 2016, llegó a poner en riesgo la percepción de utilidad de la institución. En este tiempo, al emérito lo condujo en el alambre de la exposición esporádica, pero con su hermana, la infanta Cristina, fue inclemente -particularmente con su inédita y sonora retirada del ducado de Palma- en pro de la ejemplaridad de la Casa frente a la corrupción. Tan solo un año de reinado -en 2015- tardó el nuevo monarca en soltar ese primer lastre familiar para la Corona.

La infanta Cristina, en el funeral de la infanta Pilar. (EFE)
La infanta Cristina, en el funeral de la infanta Pilar. (EFE)

Las cosas se le pusieron bien difíciles al primer funcionario del Estado con el desafío catalán, y a punto estuvo de labrarse, con su discurso de alerta al país del 3 de octubre del 17, su particular 23-F. Pero los volantazos de la política española le hurtaron el blindaje social e institucional del que disfrutó su padre y volvieron a colocarle en el disparadero. No es solo que republicanos beligerantes de izquierda irrumpieran como socios de Gobierno y de investidura; es que cuando esto ocurría, la prensa extranjera le obligaba a hacer pública su renuncia a la herencia de don Juan Carlos. ¿Alguien da más en un sexto aniversario?

Pues sí: todo un confinamiento del país y un estado de alarma que le tendría atado de pies y manos en el momento más bajo de su popularidad. No es de extrañar que Felipe VI reinvente ahora, con la gira por España que su propio padre hizo al comienzo de su propio reinado, el contacto directo de la Corona con su pueblo. Menos moqueta y más afectos. Esta es -ya tardaba- la nueva fórmula. Y es que es preciso que todo cambie para que todo siga igual; en tiempos difíciles, para que la Corona perviva es obligado volver a empezar.

Los Reyes, el pasado febrero en Doñana. (Limited Pictures)
Los Reyes, el pasado febrero en Doñana. (Limited Pictures)

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