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FAMILIA REAL ESPAÑOLA

El santo del rey Juan Carlos: la fiesta de políticos y famosos entre el amor y el odio

Era un cajón de sastre donde acudían deportista de élite, empresarios con su última novia o amante, escritores y periodistas enfrentados, alegres divorciados y personajes televisivos

Foto: El rey Juan Carlos en una imagen de archivo. (Reuters)
El rey Juan Carlos en una imagen de archivo. (Reuters)

Durante años, el 24 de junio, día de San Juan, fue una de las fechas más señalada en la vida del rey Juan Carlos. Aunque tenía carácter institucional, se trataba de una fiesta social a la que acudía el presidente del Gobierno, sus ministros, el cuerpo diplomático y militar, la nobleza y los representantes de la sociedad civil.

Este grupo era el más heterogéneo. Era una especie de cajón de sastre donde lo mismo hacían el besamanos deportista de élite que empresarios con su última novia o amante, escritores y periodistas enfrentados por sus egos, alegres divorciados con su última adquisición y personajes televisivos.

[LEA MÁS: El rey Juan Carlos, en el mismo saco que el príncipe Andrés para 'Point de Vue']

Quien no formaba parte del listado, se las ingeniaba para conseguir la preciada invitación. Lo importante era estar y ser visto. El número de asistentes iba creciendo a lo largo de los años y en la última convocatoria de junio de 1992 superó los tres mil invitados.

El rey Juan Carlos. (Limited Pictures)
El rey Juan Carlos. (Limited Pictures)

El lugar elegido por la corona era el Campo del Moro, los jardines que se encuentran a pie del palacio de Oriente. A las ocho de la tarde llegaban los reyes con sus tres hijos. Las infantas de largo y con estilismos muy de princesas de centro Europa (rancias y sosas), que contrastaban con los vestidos de alguna de las damas que formaban parte de la lista de elegante nacionales tipo las hermanas Koplowitz, Carmen Posadas, Isabel Preysler o Carmen Romero, quien siempre resultaba una de las más impactantes.

Un año estuvo a punto de no acudir por una discusión conyugal. Gracias a la intervención de Julio Feo, el hombre de confianza de Felipe González, la segunda dama de España apareció. Llegó con su marido una hora después.

Isabel Preysler. (Limited Pictures)
Isabel Preysler. (Limited Pictures)

En la recepción, don Juan Carlos y el príncipe Felipe vestían de uniforme y teniendo en cuenta que esas tardes noches el termómetro podía llegar a más de 30 grados, ese atuendo resultaba cuanto menos agobiante y así se lo comentaban a los invitados de más confianza. Esta última onomástica, las relaciones entre el matrimonio real ya hacía aguas por la aparición en la vida del monarca de relaciones fijas y estacionales.

El general Sabino Fernández Campo tenía que hacer encaje de bolillos para que la tensión entre los cónyuges no fuera muy visible y por otra parte para encajar los desencuentros entre muchos de los invitados, que debido al calor, bebían más de la cuenta.

Ese último año hubo un enfrentamiento con insultos y amenazas entre dos directores de medios que se acusaban uno a otro de robarse información. El hombre bueno fue el restaurador José Luis Solaguren, dueño de los restaurantes del mismo nombre que durante años se encargó de servir el catering en las recepciones reales. Aunque formaba parte de la lista de invitados, siempre estaba pendiente de que todo estuviera en orden.

Sabino Fernández Campo junto al Rey Juan Carlos en una imagen de archivo de 1992. (EFE)
Sabino Fernández Campo junto al Rey Juan Carlos en una imagen de archivo de 1992. (EFE)

Ese día, gracias a él, los dos personajes no acabaron a puñetazos como muchos años después lo hicieron Víctor Manuel de Saboya y Amadeo de Aosta en la boda del príncipe de Asturias y la periodista Letizia. El tabernero, como le gustaba que le llamaran, era también el sostén físico de don Juan Carlos. Cuando el monarca estaba cansado se apoyaba en el brazo del cocinero vasco.

A estos desencuentros se unía el estado emocional de algunos de los invitados. En el jardín coincidían matrimonios en proceso de divorcios contenciosos, amantes despechados, maridos y esposas engañados, ministros lenguaraces, amistades peligrosas del anfitrión real. Todos estos ingredientes de vodevil convertían el santo del Rey en un cóctel explosivo donde muchos personajes tenían que ingeniárselas para no tener que saludarse.

Alicia y Esther Koplowitz no podía encontrase en ese paseo ajardinado con sus exmaridos, los Albertos (Cortina y Alcocer), de quienes ya eran públicas sus relaciones con Marta Chavarri y Margarita Hernández.

Esther y Alicia Koplowitz. (EFE)
Esther y Alicia Koplowitz. (EFE)

Lo mismo sucedía entre Miguel Boyer y Carmen Romero, muy amiga de Elena Arnedo, exmujer del exministro. La mujer de Felipe González no estaba nada de acuerdo en las formas en que se había separado Boyer. A su vez, Isabel Preysler prefería escabullirse para no encontrarse con el marqués de Cubas, hermano de Carlos Falcó, que como Carmen, estaba muy disgustado con Isabel por cómo había gestionado su separación.

A estos líos maritales se unían los enfrentamientos políticos. Alfonso Guerra no soportaba a Boyer, al que consideraba un traidor, y tampoco a los amigos difíciles del monarca, como Manuel Prado y Colón de Carvajal, el príncipe Tchokotoua o Mario Conde.

Ese 24 de junio de 1992 fue el último en el que se abrió el Campo del Moro para la onomástica real. La razón oficial era la abultada agenda de Su Majestad.

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