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Las cartas de amor entre Carmen Laforet y Lilí Álvarez

Hubo años en los que ciertos amores prohibidos se disfrazaban de amistad por cuestiones obvias. La tenista Lilí Álvarez y la afamada escritora Carmen Laforet se

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Las cartas de amor entre Carmen Laforet y Lilí Álvarez
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Hubo años en los que ciertos amores prohibidos se disfrazaban de amistad por cuestiones obvias. La tenista Lilí Álvarez y la afamada escritora Carmen Laforet se conocieron en junio de 1951. Algunos supieron de su íntima relación, pero casi nadie conocía la existencia de la correspondencia que ambas mantenían y que ahora la revista Marie Claire saca a la luz.

“Antes pensaba que esta confianza espiritual se debería tener sólo con el marido. Ahora estoy totalmente segura de que ningún hombre la merece ni la quiere ni sabe qué hacer con ella”, escribiría Laforet a la deportista pocos meses después de conocerla. Por aquel entonces, la autora de Nada contaba con 29 años y, tras encontrarse con Álvarez en una lectura en casa del poeta canario Claudio de la Torre, quedó maravillada por la fuerza y la visión del mundo de la tenista, además de periodista y escritora, que por aquel entonces tenía 46 años.
 
A pesar de la diferencia de edad, las dos mujeres congeniaron, tanto que ahí comenzó una relación de amistad que seguiría hasta 1958, momento en el que la cercanía y las confidencias dejaron paso a la frialdad y a la distancia. Según las epístolas, al conocer a Lilí, Laforet buscó refugio en el misticismo, lo que influyó notablemente en su obra, que iniciaría con tan sólo 22 años y la publicación de Nada (Premio Nadal 1944). Esas creencias religiosas marcarían no sólo su obra, sino también su relación con la deportista, que vio como el último embarazo de Laforet daba el golpe definitivo a su relación.
 
“¿Sería cristiano que yo ahora que comulgo todos los días limitase la natalidad de mis hijos por miedo a todos los inconvenientes prácticos y afectivos? Dime, querida mía, ¿cuál es la lógica de nuestra conducta?”, le diría Laforet en una de las últimas epístolas. “Yo sé –me parece– que me tienes que seguir queriendo aunque siga mi camino de Cristo, con todos sus inconvenientes, con todas sus espinas, con todas sus tormentos físicos... y, añado, espirituales”, sentenciaba en aquella carta que obtuvo una respuesta triste por parte de la tenista: se sentía herida y aseguraba no poder volver a creer en su amiga.
 
“Yo, en cambio, te espero con los brazos tendidos... Tengo que esperarte. O bien tirarme al surco y marcharme contigo todo recto, caminito del infierno, cosa que tú eres la primera en prohibir... como es natural”, le respondería entonces Laforet, para añadir con sinceridad: "No, niña mía. Aunque tú te obstines en creerlo y en disfrazarlo, en tu sufrimiento no hay nada espiritual (como nada espiritual hay en el mío, cuando sufro también) y hay que saberlo, y hay que querer purificarse".
 
De nada sirvió aquella franqueza, puesto que no lograría salvar in extremis ni su relación de amistad ni la epistolar. Una nota manuscrita en la que decía: “No me verás más. Adiós”, firmada por Lilí Álvarez, cerró un capítulo en la vida de dos de las mujeres más influyentes del siglo pasado y siete años de una amistad intensa e íntima.
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