Masako de Japón, sus seis años como emperatriz y por qué la infanta Elena fue clave en su vida
La actual emperatriz de Japón, como su suegra, tampoco lo ha tenido fácil en el Trono del Crisantemo, aunque en su caso no ha sido por las reservas de su familia política
Posado de la emperatriz Masako, en 2023. (Casa Imperial de Japón)
Un día muy recordado por los que seguimos la actualidad de las casas reales es la coronación del emperador Naruhito en 2019, por el despliegue de royals, joyas y vestidos de gala, además de la espectacularidad de los protocolos. Pero realmente, asumía el trono unos meses antes. Y con él, su esposa. Se cumplen este jueves los seis años de Masako de Japón como emperatriz, un destino que asumió al conocer al que sería su marido, con la infanta Elena como figura clave de ese momento.
Masako no había nacido para el trono y de hecho no estaba muy convencida de aceptar su propuesta de matrimonio, consciente de que la vida que había planeado no tendría nada que ver con lo que la tocaría de ingresar en la Casa Imperial, conocida además por su rigidez y sus férreas tradiciones. No estaba destinada a reinar, como decíamos, y sus intereses estaban muy alejados. Pero una cita organizada en honor de la infanta Elena cambió todo.
Nos tenemos que trasladar a 1986, cuando tuvo lugar un viaje de la hija mayor de los reyes Juan Carlos y Sofía al país del sol naciente. El objetivo, inaugurar una exposición sobre El Greco en Tokio. Y la excusa sirvió para que los entonces príncipes herederos, Akihito y Michiko, organizaran un té en su honor. La leyenda cuenta que el motivo oculto era invitar a varias jóvenes casaderas para emparejar a su hijo mayor y futuro heredero.
La familia imperial, en un posado oficial realizado en 2019. (Casa Imperial de Japón)
Fuera o no su principal objetivo, lo cierto es que lo consiguieron. Con la infanta Elena como testigo, Naruhito y Masako se conocieron en aquel té y comenzaron a salir, aunque no sin obstáculos. Primero, por las propias reticencias de la joven, licenciada en Harvard que contaba con solo 22 años por aquel entonces. Después, por las conexiones de su abuelo con la compañía Chisso, que vertió plásticos químicos en el agua que rodeaba a la ciudad de Minamata.
Este hecho tuvo lugar en 1930 y ni siquiera el abuelo de Masako fue el culpable directo, pero la moral japonesa hace que cualquier acontecimiento negativo relacionado con la persona en cuestión sea polémico. Y más tratándose de la familia imperial, como sucedió con la exprincesa Mako y las deudas que su prometido y ahora marido había contraído con su padrastro para poder pagar los estudios, lo que supuso un auténtico escándalo.
Las reticencias y dudas fueron más por parte de la opinión pública que por parte de la propia familia, dado que Michiko, la madre de Naruhito, había vivido en sus propias carnes lo que era sentirse rechazada por sus suegros y encontrar una oposición frontal a su relación. De hecho, ella fue la primera plebeya en convertirse en emperatriz, por lo que nunca puso ninguna pega a que su hijo eligiera libremente.
La infanta Elena, con los entonces príncipes, en una recepción a Naruhito de Japón en Zarzuela, en 2013. (Getty)
Pero esos problemas iniciales se convertirían en nimiedades más tarde. La pareja anunció su compromiso en 1993, casándose ese mismo año y haciendo realidad la fantasía de muchas jóvenes japonesas, deseosas de una vida en palacio. Pero no era el caso de Masako, quien no envidiaba la vida real y tenía otros proyectos para su futuro. Se casó por amor, pero no tardó en 'sufrir' las expectativas que se habían puesto en ella, con una depresión relacionada con la dificultad de adaptación a la corte.
Porque si algo se espera de la esposa de un príncipe heredero, aunque suene a algo medieval, es que traiga hijos al mundo para que pueda continuar el linaje. Y en el caso japonés tienen que ser exclusivamente masculinos. De ahí que todos los ojos se posaran sobre ella al casarse, mucho más al tardar en quedarse embarazada y mucho más cuando sufrió un aborto, tras anunciarse y celebrar su embarazo.
Las cosas no mejoraron cuando, dos años después de aquella pérdida, Masako por fin se convirtió en madre. Porque el primer y único descendiente de la pareja fue una niña. La ley sálica sigue imperando en el Trono del Crisantemo, por lo que las mujeres tienen vetado el acceso a él. Así que tener una hija o no tener descendencia era - y es- prácticamente lo mismo.
Naruhito y Masako, con la princesa Aiko en 2003. (Getty)
Durante todo este tiempo, Masako ha tenido que lidiar con sus problema de salud mental, de los que incluso ha hablado tan abiertamente como permiten la filosofía y cultura japonesas. Especialmente en los últimos seis años, con la llegada al trono que por nacimiento pertenece a su marido, ha tenido mucha más visibilidad y se ha mostrado más fuerte y animada, al menos en público.
En su coronación pudimos comprobar que es una persona muy querida y respetada por sus homólogas. Como casi todas ellas, tenía su propia formación al margen del trono y una vida independiente, con planes en los que no entraba convertirse en emperatriz. Pero aquella merienda de 1986 a la que estuvo invitada Masako de Japón con la infanta Elena como invitada de honor cambió todo. El resto, es historia.
Un día muy recordado por los que seguimos la actualidad de las casas reales es la coronación del emperador Naruhito en 2019, por el despliegue de royals, joyas y vestidos de gala, además de la espectacularidad de los protocolos. Pero realmente, asumía el trono unos meses antes. Y con él, su esposa. Se cumplen este jueves los seis años de Masako de Japón como emperatriz, un destino que asumió al conocer al que sería su marido, con la infanta Elena como figura clave de ese momento.