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es uno de los grandes modistas de la capital

Eduardo Ladrón de Guevara: "Todas mis clientas quieren ser Paloma Cuevas"

Eduardo Ladrón de Guevara es un 'bon vivant' que rompe los prejuicios de seriedad y formalidad de quien viste a algunas de las mujeres más famosas

Eduardo Ladrón de Guevara. El nombre ya impone. Al ir en su búsqueda, a un taller de costura situado frente al Retiro madrileño, se espera la seriedad y la formalidad de quien viste a algunas de las mujeres más famosas del panorama patrio. Si empieza a contar anécdotas de las señoras que acuden a que las vista, esa idea acaba difuminándose para siempre. “Quiero un bolso con muchos apartamentos”, le llegó a decir una, confundiendo palabras. “¿Vive aquí el ladrón de Bagdad?”, le dijo otra intentando reproducir su apellido. Como muy bien dice él mismo, el hombre que viste a Marián Camino, Miriam de Hungría, Patricia Rato, Isabel Flores, Estrella Morente, Elena Cue, Alicia Koplowitz o la mujer y las hijas de Bono, es alguien con los pies en el selo, divertido y con una actitud de andar por casa.

Anécdotas tiene para aburrir, y las que cuenta no merecen, ni mucho menos, ese calificativo. Ahora mismo, enfrascado en varios modelos para personajes conocidos y oreoarando los trajes de una futura representación de La flauta mágica de Mozart, no tiene reparo en recordar quién fue, el sobrino de “Sole, una experta en esto de coser”, al que le gustaba la moda y el mundo de la farándula desde que era un niño. “Yo cojo ideas de todo, siempre estoy dando vueltas por escaparates y soy un enamorado de mi trabajo. Trabajé al principio de mi carrera con Pepe Tamayo y Paco Saura, un tenor maravilloso. He hecho zarzuela y muchas cosas, porque esto de la moda es, en el fondo, una puesta en escena”, asegura. Ese fue el camino que lo llevó a un local que han visitado desde señoras anónimas a la mismísima Pilar de Borbón, con la que comenzó a tratar cuando la llevó hasta allí Rocío Falcó. “Yo le hacía muchos vestidos a Rocío. Un día me llamó y me dijo que venía con una señora y me trajo a Doña Pilar. Hubo una comunicación perfecta porque ella es muy educada. Conectamos enseguida. Ella impera mucho porque sabe perfectamente lo que quiere”.

Eduardo Ladrón de Guevara, en la intimidad de su taller (Dani Oceans)
Eduardo Ladrón de Guevara, en la intimidad de su taller (Dani Oceans)
Sin embargo, entre tanto nombre popular, por su taller también desfilan mujeres normales, fascinadas antes los personajes que ven por allí. “Cuando vienen aquí todas quieren ser paloma Cuevas o Patricia Rato, pero algunas no puede. Como han visto mucha prensa quieren lo mismo. Muchas me vienen con un papelito diciéndome. “Quiero este vestido”, comenta divertido alguien que siempre suele imponer su criterio: “Nunca hay que dejar que te pisen en tu territorio. Si se vuelven locas, yo intento hacerlas entrar en razón. Hay que aconsejar a las señoras realmente lo que les va. La mejor tarjeta de visita es una señora de crédito, no una tarjeta de un tarjetero”.

Con algunas de las celebrities que han pasado por su taller las anécdotas se han sucedido. En la boda de Estrella Morente, por ejemplo, su satisfacción fue mayor al ser amiga suya. El público presente en la boda no dejó de mirar a un vestido que lo decía absolutamente todo sobre ella. “Le hice un vestido blanco de terciopelo y en la espalda le reproduje los ventanales de los jardines del Partal de la Alhambra. Al levantarse el vestido, todo el mundo vio unas enaguas de volantes blancos con el rojo canastero, un zapato rojo de terciopelo y la gente quedó alucinada. Eso solo lo puede lucir ella”, asegura. Sin embargo, no sólo de cantaoras, flamencas y señoras de la alta sociedad se nutre su taller, que parece sacado de una película de los años 40. A él también acuden políticas como María Dolores de Cospedal o Celia Villalobos. “Celia es muy divertida. Se casó su hijo, adelgazó como le dije e iba guapísima, con el traje más bonito que le he hecho nunca. Pasamos momentos divertidísimos ese día”.

Poco a poco, se ha hecho un hueco entre los que prefieren obviar las grandes pasarelas en beneficio del trabajo bien hecho y tan colorista como le suele gustar a él mismo. “Esta tela roja es una maravilla”, nos comenta acerca de uno de esos modelos que, con toda probabilidad, acabará luciendo alguna ministra o alguna celebritie patria. Guevara también sorprende por tener una bodega propia junto a un amigo o por su habilidad a la hora de vestir a figuras de la Semana Santa, otra de sus pasiones confesas. Otra prueba más de su actitud de ‘bon vivant’. Es el mismo que saca a la hora de aconsejar a sus clientas: “hay señoras que quieren ir de beige a la boda de sus hijos y yo les digo: Señora, si se pone usted así, los dorados de la iglesia la van a oscurecer. Yo le pondría un vestido entre grises y rosas, un color que no va a llevar ninguna y con el que va a estar genial en ese espacio”. Pese al clasicismo de alguno de sus vestidos, Ladrón de Guevara es el perfecto modisto del siglo XXI: elocuente, bromista, deslenguado y aportando ese desenfado que no está reñido con la profesionalidad y que, a veces, es tan necesario en las altas esferas. 

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