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OPINIÓN

Un Yuste para el rey Juan Carlos

Con los datos en la mano, la vida privada y mercantil del ex jefe del Estado supone ya un agujero difícilmente reparable en el prestigio de la Corona

Foto: El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Reuters)
El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Reuters)

Se busca un Yuste para el rey Juan Carlos. Un lugar idóneo, apartado y pacífico -traducido, impensable hoy por hoy- para el retiro en vida del último emperador. Un escondite voluntario -y esto tal vez sea lo más difícil- que permita colocar sobre Felipe VI, como hizo Carlos I en su sucesor Felipe II, el sol de la monarquía hispana. Un enclave digno para quien, habiendo sido décadas atrás el refundador de la dinastía y el auténtico motor de la democracia, amenaza ahora seriamente la continuidad de ambas. Y me explico.

Lo de menos, a estas alturas, es que el padre del actual monarca acabe o no encausado por la Justicia. De hecho, hay muchas posibilidades, en buen derecho, de que acabe exonerado. Lo importante es que con los datos en la mano, la vida privada y mercantil del ex jefe del Estado supone ya un agujero difícilmente reparable en el prestigio de la Corona. Y el prestigio es, junto con la función arbitral que le otorga la Constitución, una de las condiciones inexcusables para su supervivencia.

Felipe VI con su padre, el rey Juan Carlos I. (Getty)
Felipe VI con su padre, el rey Juan Carlos I. (Getty)

En aras de ese prestigio, Felipe VI ha hecho ya cuanto cabía esperar, y bastante más. ‘Matar al padre’ con la renuncia a la herencia -mejor habría sido darlo a conocer un año antes, cuando se firmó ante notario- es el último de los cordones sanitarios extendidos por la Casa del Rey frente a los de su propia sangre. Además, el monarca ha acertado a sacar por fin a la princesa heredera a la exposición pública que le corresponde, para transmitir imagen de futuro y estabilidad. La propia reina Letizia está visiblemente implicada en este nuevo trabajo grupal que mueve al núcleo de la familia real.

Pero la ‘bomba de relojería’ -el emérito ya ha dejado de ser solo un gran jarrón chino- continúa físicamente en la Zarzuela. El palacio y el recinto donde firma y recibe el monarca sigue siendo su casa... No comparto las tesis en favor de un exilio fuera de España. Como mínimo, la cruz de ‘los negocios del rey’ se corresponde, en la misma moneda de Juan Carlos I, con la cara del ‘rey de la democracia’. Y en virtud de este pequeño detalle que ahora se quiere olvidar, los españoles deberían reconocer al padre de Felipe VI un lugar en su patrimonio nacional e histórico. En todo caso, la realidad en un régimen de opinión pública es tozuda, y la continuidad del ex jefe del Estado hoy es tóxica para el presente y el futuro de la Zarzuela.

Y ello por algo que está fuera del alcance de los propios esfuerzos del monarca. El joven Rey -ya no tan joven- depende en su función y ejercicio no solo de la lealtad sino, más aún, del apoyo decidido de las instituciones. Pero resulta que en el Congreso y en el Gobierno tiene al enemigo en casa. El padre de Isabel II de Inglaterra, Jorge VI, no habría podido capear solo el temporal desatado por la abdicación de su hermano, Eduardo VIII, si no hubiera contado con la sucesiva complicidad institucional de los primeros ministros Baldwin, Chamberlain, Churchill y Attlee.

Los Reyes eméritos. (Reuters)
Los Reyes eméritos. (Reuters)

Paradójicamente lastrado por el legado de quien le cedió el trono, Felipe VI ha tenido la mala suerte de sortear la tempestad casi en soledad y con el viento en contra de los socios de coalición y de investidura del PSOE, empeñados en comisiones de investigación y terceros grados, no ya a Juan Carlos I sino a la monarquía, como cúspide y garante del modelo de Estado democrático nacido del pacto de las dos Españas en la Transición

Esta semana, la portavoz del Ejecutivo salió en defensa de la responsabilidad individual del Rey, pero aún está por ver que Pedro Sánchez le otorgue al monarca el protagonismo que le corresponde -léase en la ceremonia del próximo día 16- como jefe del Estado. En manos de Sánchez está el futuro de la Corona y del propio pacto constitucional. En sus manos, y en las del propio Rey, buscar un Yuste lo más monacal posible para el rey Juan Carlos.

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