Ha sido la de este lunes una mañana muy agridulce para la reina Sofía. Porque, aunque triste por la muerte de su hermana, la princesa Irene, ha estado muy bien arropada por su familia. Ni sus tres hijos ni sus nietos le han soltado de la mano en un último adiós que ha tenido lugar, primero, en la Catedral Metropolitana de Atenas y después en el cementerio de Tatoi, cumpliendo así los deseos de la princesa griega.
Hemos podido ver unas escenas muy parecidas a las que se dieron, hace exactamente tres años, en el funeral del rey Constantino, que fallecía también a los 83 años. La reina Sofía ha vuelto una vez más a su país por un motivo familiar y, como es habitual, ha sido igual de aclamada y aplaudida por el público cuando ha llegado al templo junto a las infantas Elena y Cristina y sus nietos. Un cariño que ha con besos al aire y saludos.
Los Reyes, junto a Leonor y Sofía, lo hacían en otro vehículo y preocupados por la situación en nuestro país tras el descarrilamiento de tren en Córdoba, una tragedia de la que han estado informados permanentemente. De hecho, al salir del hotel donde se alojan en Atenas, han atendido a medios de comunicación para informar de los cambios de agenda y que estarán en Córdoba para visitar la zona del siniestro.
La reina Sofía, recibida en la catedral por su sobrino, el príncipe Pablo. (EFE)
Pero, volviendo al funeral, la presencia de Leonor y Sofía en Arenas ha sido, precisamente, una de las diferencias que ha marcado esta cita familiar con respecto a la despedida del rey Constantino. Mientras en aquel no estuvieron las hijas de los Reyes, no han faltado a la despedida de su tía abuela, con la que el vínculo era más estrecho al residir en Zarzuela y haber compartido con ella muchos momentos, tanto en Madrid como en Mallorca.
Así, la reina Sofía ha estado arropada por casi todos su nietos, con la salvedad de Juan Urdangarin y Felipe de Marichalar, que sí estuvieron en el último adiós al exmonarca griego. Pero los demás, Victoria Federica y sus primos Pablo, Miguel e Irene Urdangarin han hecho una piña en torno a su abuela, mostrando la habitual unidad familiar en casos como este.
Otra de las ausencias notables ha sido la del rey Juan Carlos quien, mientras no dudó en viajar hasta Atenas para despedir a su cuñado -lo hizo entonces acompañado de su nieto Felipe Juan Froilán-, en esta ocasión ha preferido la tranquilidad de su residencia de Abu Dabi, también por consejo médico, según apuntaba Susanna Griso hace unos días al conocerse los planes para la despedida de Irene de Grecia.
Pero, a pesar de esta ausencia, la reina Sofía ha tenido el calor del resto de su familia, que no la ha dejado en ningún momento. Tampoco lo ha hecho la parte griega, con un príncipe Pablo, sobrino de doña Sofía, que ha ejercido de anfitrión a las puertas de la Catedral Metropolitana, recibiendo a todos los asistentes, entre los que no han faltado representantes de otras casas reales europeas, tanto reinantes como no reinantes.
Todos ellos querían presentar sus respetos a la reina Sofía y el resto de familiares de la princesa Irene, conocida como 'la Princesa de la Paz', por todas las causas sociales en las que se volcó, alejadas del mundo royal para el que nació y fue educada, pero que nunca le atrajo, más allá de acompañar a su hermana a eventos relacionados con la cultura, en los que siempre permaneció en un segundo plano.
También el príncipe Pablo ha sido el encargado de recibir a todo el grupo que acompañaba a la reina Sofía, fundiéndose con ella en un emotivo abrazo. Tras ella, el marido de Marie-Chantal, ausente por cuestiones familiares, saludaba a las infantas Elena y Cristina, así como a Miguel e Irene Urdangarin, que llegaban en ese primer grupo. Minutos después, lo hacían Victoria Federica y Pablo, para unirse al resto de la familia en la despedida a la princesa Irene.
Ha sido la de este lunes una mañana muy agridulce para la reina Sofía. Porque, aunque triste por la muerte de su hermana, la princesa Irene, ha estado muy bien arropada por su familia. Ni sus tres hijos ni sus nietos le han soltado de la mano en un último adiós que ha tenido lugar, primero, en la Catedral Metropolitana de Atenas y después en el cementerio de Tatoi, cumpliendo así los deseos de la princesa griega.