Cantabria guarda secretos que parecen sacados de un cuento. Uno de ellos es la Playa de Covachos, un pequeño arenal escondido entre acantilados, a pocos kilómetros de Santander, que regala una de las postales más insólitas y bellas del litoral norte: una lengua de arena que, durante la bajamar, conecta la costa con un islote cubierto de vegetación, permitiendo a los visitantes “caminar sobre el agua”.
Este rincón salvaje no solo destaca por su belleza. También guarda huellas de la historia. En los años 80, el Laboratorio de Investigaciones Arqueológicas Subacuáticas halló en sus aguas restos de un navío inglés naufragado en 1641, víctima de un temporal que lo arrastró hacia la costa. Nueve cañones, proyectiles y anclas son testimonio de aquel trágico episodio.
Eso sí, acceder a Covachos no es tarea sencilla. Para llegar a esta joya natural hay que descender un empinado acantilado, ayudado por escaleras que desaparecen al final del trayecto, dejando paso a una cuerda como única guía. Pero el esfuerzo tiene recompensa: al llegar, el visitante se encuentra con aguas cristalinas, la visión del islote, el murmullo de la cascada y una sensación de aislamiento absoluto que convierte a Covachos en un “paisaje de fin del mundo”.
Cantabria guarda secretos que parecen sacados de un cuento. Uno de ellos es la Playa de Covachos, un pequeño arenal escondido entre acantilados, a pocos kilómetros de Santander, que regala una de las postales más insólitas y bellas del litoral norte: una lengua de arena que, durante la bajamar, conecta la costa con un islote cubierto de vegetación, permitiendo a los visitantes “caminar sobre el agua”.