Crítica de 'La Casa de la Pradera': una 'netflixización' más cruda y respetuosa con los nativos pero menos carismática que la original
Más cercana al espíritu del original literario, estamos ante una serie bonita que hace justicia a los nativos americanos de la historia, aunque no destaque ni supere el carisma de la producción de Michael Landon
“Érase una vez”. Ya lo dice la voz en off, sobre un primer plano de la pequeña protagonista, que abre la serie. Aunque las dos versiones de—tanto esta ‘netflixización’ como la original de los años 70— se basan en los libros autobiográficos de Laura Ingalls Wilder, otra vez estamos ante un cuento de valores y buenos sentimientos.
Un relato de fe y superación de la adversidad, del hallazgo del valor en la comunidad que, pese a estar más pegado a la crudeza en esta nueva adaptación, no deja de dulcificar la experiencia de aquellos pioneros que llegaron al salvaje Oeste con una mano delante y otra detrás.
Pese a buscar un mayor verismo, esta nueva ‘Casa de la Pradera’ también está plagada de convenciones poco realistas. Empezando por Charles Ingalls, el patriarca de esta familia con dos hijas que llega a Independence, un pequeño pueblo, para construir una nueva vida y un hogar desde cero.
Interpretado por Luke Bracey, su aspecto de guaperas de barba impecable no solo lo convierte en anacrónico, sino que, en muchas ocasiones, resulta tan atractivo que uno lo elegiría para desfilar en una pasarela.
Alice Halsey, la nueva Laura Ingalls. (Netflix)
Tampoco está pegada a la autenticidad la nueva Laura, su hija en la ficción, a la que da vida Alice Halsey. Si algo caracterizaba al personaje que hizo legendario la actriz Melissa Gilbert en la serie de los 70 era una dulzura que la acercaba a cualquier niña corriente.
No es que Michael Landon, el pater familias de aquellos Ingalls, fuese demasiado realista, pero tenía ese aura entrañable que provocó una enorme identificación por parte de la América más conservadora.
De hecho, ‘La Casa de la Pradera’ original, que se emitió de 1974 a 1983 y cosechó varios premios Emmy —uno de ellos para Melissa Sue Anderson, la hermana mayor que se quedaba ciega bien avanzada la ficción—, sigue siendo una de las series favoritas de los republicanos.
Varias encuestas también revelaron que Charles Ingalls era el cuarto padre más importante de la historia de la televisión y que Nellie Oleson, la paródica archienemiga de Laura en la escuela, era el tercer personaje más engreído de la pequeña pantalla.
'La casa de la pradera' original, uno de los grandes iconos de la historia de la televisión. (Gtres))
Sin embargo, y tal y como aclaraba la propia Melissa Gilbert ante la posibilidad de que esta nueva producción fuese demasiado ‘woke’, la serie ya abordó temas como “racismo, adicción, nativismo, antisemitismo, misoginia, violación, abuso conyugal”.
La creación protagonizada por Michael Landon también humanizaba a los nativos americanos con los que se topaba la familia.
Frente al conservadurismo y cierto tufo racista —si no los contextualizamos, claro— de los libros, que fueron publicados durante la Gran Depresión y se convirtieron en un gran éxito para los Estados Unidos resilientes que afrontaban las penurias de la era Roosevelt, la creación protagonizada por Michael Landon también humanizaba a los nativos americanos con los que se topaba la familia.
Un retrato más justo
La intención de la nueva serie de Netflix, que cuenta con ocho capítulos y ha sido renovada por una segunda temporada, es hacerlo aún más. Para ello, se ha contratado a asesores expertos en la tribu de los Osage —una de ellas colaboró con Scorsese en ‘Los asesinos de la luna’— y se les ha dado mucho más protagonismo en el guion, alejándolos del cliché o del estereotipo alimentado por el cine.
Los Osage, mucho más representados en esta versión. (Netflix)
El mejor ejemplo es esa amistad de Laura con una niña nativa, que empieza con desconfianza por parte de la segunda y después se va forjando capítulo a capítulo. Aunque alguno de los actores haya declarado que la familia Osage de esta ficción se parece a la de “las Kardashian”, aludiendo a lo cómodamente que parecen vivir.
Algo no del todo inexacto si repasamos la historia de una comunidad que se convirtió en la más rica per cápita del mundo tras descubrir enormes reservas de petróleo en su territorio de Oklahoma. Ya nos lo contó el mencionado Scorsese en su magnífica película.
Rodaje de 'La Casa de la Pradera'. (Netflix)
‘La Casa de la Pradera’ de 2026 hace justicia a la tribu, da mayor entidad al personaje de un médico negro y se aferra más al naturalismo. Solo hay que comparar el incidente en el río, cuando las ruedas de la diligencia familiar quedan atrapadas en una roca, en los dos pilotos de las diferentes versiones. Aquí la crudeza y la sensación agónica son superiores.
El Oeste de estos Ingalls es menos edénico y más salvaje que el de Michael Landon.
No es el único ejemplo. Cuando a la madre de los Ingalls se le cae un tronco en el pie, no nos ahorramos un plano detalle de la herida. De ese accidente al del vecino armado, o a un incendio que tiene un gran protagonismo en el último capítulo, el Oeste de estos Ingalls es menos edénico y más salvaje que el de Michael Landon.
Luke Bracey, el nuevo Charles Ingalls. (Netflix)
Además, se plantean cuestiones más actuales, como la supremacía del blanco, dueño y señor de unas tierras que no le pertenecían, sobre la comunidad nativa, o los secretos del clan, que acaban contagiando el presente con el virus del pasado.
La serie está impregnada de un aspecto visual que, si bien es impecable, no deja de parecerse al de otras docenas de producciones.
Esas ‘mejoras’ suplen otras carencias: que los actores —sobre todo la nueva Laura, que siempre fue epicentro y personaje troncal de la historia— sean menos carismáticos; que no haya un tema principal tan inconfundible como el de David Rose en la otra serie; o que, además de pecar de sentimental —pedirle que no lo sea, teniendo en cuenta el original literario, es pedirle peras al olmo—, esté impregnada de un aspecto visual que, si bien es impecable, no deja de parecerse al de otras docenas de producciones.
Alice Halsey durante el rodaje. (Netflix)
Una serie que gustará
Siendo justos, ‘La Casa de la Pradera’ es una serie que se acaba ganando la complicidad del espectador.
Laura y Mary, amor de hermanas. (Netflix)
El primer episodio es modélico en ese sentido: de la pérdida del perro de la familia, que tanto inquieta a Laura, a la necesidad de los Ingalls de encajar en el pueblo; del encontronazo con un ‘vecino’ poco amigable a la curiosidad preadolescente de Mary por el chico que trabaja en la tienda, las subtramas se siguen con interés y provocan que se quiera continuar con el resto de la narración.
La serie se ha rodado en Canadá. (Netflix)
Visualmente cuidada —influyen, y mucho, las localizaciones situadas en la provincia de Manitoba, Canadá—, bonita, bien interpretada, con un ritmo ágil y con un tratamiento eficiente y justo de las minorías, es una producción que entretendrá y gustará a mucha gente.
Michael y Laura Ingalls. (Netflix)
Otra cosa distinta es pedirle que tenga el carisma de la icónica producción de los 70. Vivimos en una época en la que el mercado está tan atomizado y hay tal sobreproducción audiovisual que cualquier película o serie dura cuatro nanosegundos en nuestra cabeza.
Fotograma de 'La Casa de la Pradera'. (Netflix)
Pese a ese carácter fugaz, no es ninguna casualidad que Netflix la haya estrenado en plena celebración del 250 aniversario de Estados Unidos. Al fin y al cabo, ya sea en los años 30, en los 70 o en estos convulsos años 20 del siglo XXI, ‘La Casa de la Pradera’ ES América. Y esta nueva serie, pese a mostrar más sus luces que sus sombras, le hace justicia.
“Érase una vez”. Ya lo dice la voz en off, sobre un primer plano de la pequeña protagonista, que abre la serie. Aunque las dos versiones de—tanto esta ‘netflixización’ como la original de los años 70— se basan en los libros autobiográficos de Laura Ingalls Wilder, otra vez estamos ante un cuento de valores y buenos sentimientos.