Miguel Blesa, el poderoso al que nadie recuerda un año después de su muerte
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OPINIÓN

Miguel Blesa, el poderoso al que nadie recuerda un año después de su muerte

El 'club de los ricos' le dio portazo cuando fue condenado a prisión. Atrás quedaron los años en que regalaba bañadores en su barco, cazaba con el Rey y corría el caviar y el champán

placeholder Foto:  Miguel Blesa, en una ilustración de JATE.
Miguel Blesa, en una ilustración de JATE.

El 19 de julio de 2017, Miguel Blesa, expresidente de Caja Madrid y uno de los hombres más poderosos e influyentes de España, fallecía a las 8 de la mañana en la finca Puerto de Toro en Villanueva del Rey (Córdoba), propiedad de un amigo. Cuando se conocieron las causas de su muerte el impacto fue tremendo. A punto de cumplir 70 años, el íntimo amigo del expresidente Aznar se disparaba con su escopeta de caza. Doce meses después de su desaparición, los pocos amigos íntimos que le quedaban prefieren guardar silencio “por una cuestión de lealtad”, explican.

El resto de sus relaciones prefirieron borrarlo de sus agendas cuando la Audiencia Nacional lo condenó a seis años de prisión por el escándalo de las tarjetas black de Caja Madrid. Blesa dejó de interesar a los que antes había invitado a cacerías a las que también acudía el Rey emérito y políticos en ejercicio, viajes en avión privado, reuniones sociales donde el caviar iraní y el champán francés eran la base de los menús.

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Miguel Blesa. (Reuters)

Dejaron de tratarlo y el expresidente se dedicó a su vida invisible una vez salió de la cárcel de Soto del Real tras pagar 2,5 millones de euros de fianza. El 'club de los ricos' ya no era el suyo, pero seguía manteniendo un altísimo nivel de vida con su segunda mujer, Gema Gámez, con la que la familia directa y su hija Cus Blesa Portela nunca congeniaron.

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La joven no acudió a la boda de su padre, que se celebró el 4 de octubre de 2013 en la Finca las Jarillas. Fue la segunda convocatoria. La primera, a la que estaban invitados desde el presidente Aznar, Gallardón, los primos Albertos y apellidos sonoros del mundo financiero, politico y social, hubo que cancelarla porque el novio estaba en la cárcel. De cuatrocientos convocados pasó a ciento cincuenta donde los más representativos eran Aznar y Sebastián Palomo Linares, que nunca abandonaron al amigo.

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Gema Gámez, en el centro, la segunda esposa de Blesa. (EFE)

Blesa era bien recibido en la finca que el torero tenía en Aranjuez. Pasaban buenos ratos y el expresidente de Bankia se lo agradecía. La anécdota de la boda fue la nueva apariencia física de Blesa, que semanas antes se había sometido a tratamientos de belleza con infiltraciones de ácido hialurónico y bótox en el centro de Estética de Carmen Navarro. Una recomendación sugerida por su novia Gema para que estuviera perfecto el día de la boda.

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Su mujer, licenciada en Derecho, trabajaba también en Bankia en una de las sucursales de la entidad. Por cuestiones laborales nunca habrían coincidido en Madrid. Él era el presidente y ella una empleada sin ningún trato directo. El destino hizo que se conocieran en Miami y desde ese momento congeniaron. En aquel momento Blesa tenía otra amiga entrañable a la que dejó cuando se enamoró de Gema. Cuentan los que sabían de la relación de la trabajadora con el jefe supremo que durante unos años quisieron mantenerlo en privado. Algo que no pudo ser.

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Una vez que se oficializó la relación, Gema formó parte de la vida social y pública del novio hasta que se casaron. Se encargaba de recibir y acudía con su marido a las monterías mientras Blesa era el poder.

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Blesa, en una cacería en Namibia. (EFE)

El declive del hombre que lo había sido todo en el sector financiero coincidió también con el deterioro afectivo del matrimonio que, según los que estaban al tanto, no se encontraba en su mejor momento cuando Micky Blesa (como le llamaban) murió.

Un año después de su muerte no hubo ningún recuerdo público por parte de los miembros del 'club de los ricos', a los que regalaba cuando estaban en su barco trajes de baño de la marca francesa Vilebrequin, una de las más caras del sector. Les aconsejaba que llevaran solo la ropa que utilizarían cuando llegaran a puerto; “el resto lo pone la casa”, decía el hoy olvidado y poderoso Blesa.

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