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Así era trabajar en Calvin Klein en los 90 como Carolyn Bessette: "25000 dólares al año, sin esmalte, poco maquillaje y prohibido hablar con Calvin"
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Así era trabajar en Calvin Klein en los 90 como Carolyn Bessette: "25000 dólares al año, sin esmalte, poco maquillaje y prohibido hablar con Calvin"

Un testimonio cuenta algunos detalles que ayudan a entender el estilo de vida y la estética de una época que ha vuelto a la luz gracias a la serie de Disney+

Foto: Carolyn Bessette & John John Kennedy (Gtres)
Carolyn Bessette & John John Kennedy (Gtres)

Ahora que la serie sobre Carolyn Bessette-Kennedy y JFK Jr. ha vuelto a poner el foco en la estética de los noventa, han empezado a aparecer testimonios de quienes compartieron oficina con ella en Calvin Klein. Uno de los más comentados es el de Karah A. Mendelsohn (@karah_a_mendelsohn), que trabajó en ventas de la colección femenina “por, creo, dos años” en la sede corporativa de la marca en Nueva York. Su relato dibuja un entorno donde la imagen era fundamental para trabajar al lado del diseñador.

Mendelsohn estaba en el showroom, vendiendo a grandes almacenes como Bergdorf’s, Neiman Marcus o Saks. Y allí, cuenta, “teníamos que mantener una imagen muy específica”. La estética minimalista que hoy asociamos a Carolyn no era solo una preferencia personal: era prácticamente el uniforme de la firma.

placeholder Cartel de la serie Love story (Cortesía)
Cartel de la serie Love story (Cortesía)

El primer mandamiento afectaba a las manos. “No podíamos usar esmalte de uñas. Nuestras uñas tenían que estar completamente al natural, no se permitía ningún color”. En plena década de los 90, cuando los tonos oscuros y los acabados nacarados convivían con la estética grunge, en Calvin Klein la consigna era clara: discreción absoluta.

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El maquillaje seguía la misma línea. “Tenías que usar un maquillaje extremadamente minimalista. El maquillaje de todas se parecía al de Carolyn”. Cejas muy finas, eran los 90, base ligera, labios neutros. Nada de sombras brillantes ni colores intensos. El pelo, casi siempre, recogido en una coleta sencilla. La imagen corporativa no se discutía; se asumía.

La estética se extendía incluso a los escritorios. Mendelsohn recuerda que le hizo gracia ver en la serie que a Carolyn le enviaban rosas rojas. “Eso era otra cosa que no podíamos tener en nuestros escritorios”. En cada planta, al abrirse el ascensor, había una recepcionista con calas blancas. Siempre flores blancas. En ventas, al menos, no estaban permitidas flores de otro color. “Las rosas rojas habrían sido un problema, aunque quizá no si venían de él”, apunta con ironía.

La joyería también estaba regulada. Piezas mínimas, casi invisibles. Si alguien llevaba algo que se saliera del guion, le pedían que se lo quitara. La idea era no distraer del producto, no romper la uniformidad visual que definía la marca.

placeholder La pareja del momento (Gtres)
La pareja del momento (Gtres)

Y luego estaba Calvin. “Él entraba y salía todo el tiempo y no teníamos permitido hablarle. No debías mirarlo, no debías hablarle; simplemente hacías tu trabajo y te mantenías fuera de su camino”. Acercarse a entablar conversación estaba prohibido salvo que él iniciara el contacto. La jerarquía era clara y el silencio, parte del protocolo.

Ese rigor contrastaba con la realidad económica de muchas de las jóvenes que trabajaban allí. Mendelsohn habla sin rodeos: “No, no era realmente un salario digno”. Ganaba alrededor de 25.000 dólares al año y vivía en un apartamento compartido en Chinatown que, según dice, presentaban como Tribeca. Tres chicas, una habitación real para la que aún recibía ayuda familiar, un espacio improvisado en una sala en forma de L y, para ella, “la chica de la moda”, un cubículo de 6x6 pies delimitado por una pared temporal.

Tenía una cama individual y un perchero con ruedas. Su ventana daba a un callejón donde cada mañana, a las seis, tiraban la basura y el reciclaje. “Y con eso me despertaba”. Pagaba 600 dólares al mes, lo que hacía el alquiler asumible. La precariedad convivía con el privilegio simbólico de trabajar en una de las casas más influyentes del momento.

La alimentación tampoco era precisamente equilibrada. “Trabajaba en Calvin y en el mundo de la moda, así que no comía mucho. Fumaba muchísimos cigarrillos en esa época, básicamente todas vivíamos a base de SlimFast y quizás un bol de cereales”. La cultura de la delgadez extrema formaba parte del día a día.

Por la noche, la estrategia cambiaba. Nueva York ofrecía eventos de moda y arte donde era posible cenar, en las fiestas: “Literalmente nos posicionábamos donde salían los camareros. Al llegar, escaneábamos por dónde salían, cogíamos una copa y nos poníamos lo más cerca posible de esa puerta para pillar la comida en cuanto salía. Esa era mi cena muchas veces”.

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Para completar ingresos, Mendelsohn trabajaba como promotora cuando el correo electrónico empezaba a popularizarse. Iba con una carpeta pidiendo direcciones de email en eventos nocturnos. “Siempre iba muy bien vestida porque tenía mucha ropa gratis aunque no tuviera dinero”, explica. Le pagaban en efectivo y le daban vales de bebidas. Sus amigos entraban gratis. Era una economía paralela que sostenía el sueño.

Su testimonio no desmonta el mito de Carolyn Bessette, pero sí lo contextualiza. La estética limpia, las uñas desnudas, el maquillaje casi invisible y la ausencia de ornamento no eran solo una elección personal sofisticada. Eran parte de una cultura corporativa rígida, donde la imagen se controlaba al milímetro y donde muchas jóvenes aceptaban condiciones ajustadas a cambio de formar parte del epicentro de la moda.

Ahora que la serie sobre Carolyn Bessette-Kennedy y JFK Jr. ha vuelto a poner el foco en la estética de los noventa, han empezado a aparecer testimonios de quienes compartieron oficina con ella en Calvin Klein. Uno de los más comentados es el de Karah A. Mendelsohn (@karah_a_mendelsohn), que trabajó en ventas de la colección femenina “por, creo, dos años” en la sede corporativa de la marca en Nueva York. Su relato dibuja un entorno donde la imagen era fundamental para trabajar al lado del diseñador.

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