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pueblos con encanto

Agua Amarga, la excusa perfecta para viajar a Cabo de Gata (aunque sea invierno)

Sus casitas blancas y cuadradas con un toque de azul, la sombra alargada de sus cactus, su playa y sobre todo sus pintorescas y salvajes calas. Este pueblo en pleno parque natural te enamorará

Foto: Agua Amarga es blanco y azul, con mar, palmeras, cactus y buganvillas. (Cortesía Casa La Bonita)
Agua Amarga es blanco y azul, con mar, palmeras, cactus y buganvillas. (Cortesía Casa La Bonita)

Esto es el desierto o casi. Más desierto todavía y mejor ambientación si al escenario, apoteósico -hay que decirlo- se le pone música de Ennio Morricone. La emoción de adentrarse en coche por las carreteras lunares del Cabo de Gata hay que vivirla -que no te lo cuenten o, al menos, no solo-. Déjate llevar y déjate caer por Agua Amarga, luego vendrán Las Negras, más nocturna y alevosa, entre cactus apuntando a un cielo inmensamente azul, frente a las paredes blancas y muchas buganvillas. No esperes al verano. Ahora que ya se masca la primavera por aquí, pon rumbo a este pueblo de la costa almeriense y no te olvides bajo ningun concepto de visitar (a pie) la Cala del Plomo y la de Enmedio. De tan bonitas (y alucinantes) no te lo podrás creer. Y si te gusta hacer senderismo, sigue y sigue. El Cabo, con su porte fronterizo, te enamorará. Ya lo hizo con los Reyes nuestros, la princesa Victoria de Suecia y familia y alguna que otra celeb más. Enseguida sabrás por qué.

Una pequeña gran aldea marinera

Agua Amarga está al ladito de Carboneras, con su imponente Mesa de Roldán, y adentrándose ya los caminos en el embaucador Parque Natural de Cabo de Gata, territorio de Níjar, no poco lorquiano (por Federico). Aún conserva el sabor ese de los pueblos anclados casi en el mar, de pescadores (vivió de antiguo de la almadraba, hasta que se impuso el turismo), como Calella o el mismo Cadaqués, solo que este al sur y en el lejano y siempre exótico Este, inequívocamente perfecto para el spaguetti western (pero al East). Nada más llegar tendrás la inesperada estampa de conjunto: casas cuadradas y blancas con su toque de azul, la mayoría con encanto, pequeños hotelitos en armonía con el lugar, lo que se agradece infinito, unas buganvillas aquí, unos cactus allá y como telón de fondo, abriendo el paisaje, el mar con su playa jalonada de impagables chiringuitos. El atardecer en un día invernal soleado y solitario no se puede describir. Hay que venir.

Ese lugar entre Carboneras y Las Negras

Agua Amarga es ya puro Cabo de Gata, antes de deslizarse la línea de costa mediterránea hasta aguas atlánticas, el preludio de Las Negras, de la Isleta del Moro y de San José, con sus idílicas Mónsul, tan salvaje y dunar, y Los Genoveses, el ejemplo claro de lo que este parque marítimo-terrestre paisajísticamente puede dar de sí. El espectáculo en este bello, tranquilo y cuidado pueblo, de huertas que crecen junto a los pozos (imprescindible El Pozo de los Frailes, aldea con mucho encanto, a la que recomendamos llegar andando desde Los Escullos), está asegurado, empezando por la puesta del sol. Y encima tiene sus barecitos, sus tiendecitas y sus callejuelas por las que aventurarse para luego presumir de rincones pintorescos en Instagram. Sí, Agua Amarga (nada que ver con la también almeriense Aguadulce) es muy IG.

Las calas con las que soñabas (justamente así)

Aguas cristalinas, un paisaje exótico a más no poder, con la roca dibujando formas caprichosas, endiabladamente volcánica -es lo que tiene el Cabo- y anticipando el desierto de la cercana Tabernas. Agua Amarga tiene un poco de todo, pero hay que traspasar su playa. Las calas de Enmedio y del Plomo, para empezar, son de visita (y vista, con los ojos muy abiertos, big eyes) obligada… Una arquitectura geológica que se extiende también hacia la playa de los Muertos, casi el Caribe, en Carboneras, y la tentadora cala de la Media Luna, que compone el triángulo mágico junto a las citadas Mónsul y los Genoveses. No hay urbanismo que valga por esta tierra, más allá de algún cortijo que otro salpicado aquí y allá. Con clima, basta con mirar alrededor, desértico. Poca lluvia y mucho sol. Y que vivan las pitas y chumberas.

Dormir en una casa típica y muy muy 'bonita'

Tan bonita que sus propietarios no tuvieron dudas en llamarla así, La Bonita (casalabonita.es). Blanca blanquísima, inundada de luz, de arquitectura moderna pero conservando las líneas rectas y el efecto cuadrado que reina desde siempre, con cactus al sol dando la bienvenida y las ya necesarias buganvillas. Se trata de dúplex que disponen de espacios compartidos como cocina-comedor, salón, chill out, piscina y jardín privado. Y a pocos pasos, el mar. Su lema: “Do the small things with great love”. Lujo con el sello inconfundible del Cabo de Gata. Esta sensación solo se tiene aquí. La del verano (azul) de tu vida, aunque sea invierno... o primavera. Precio: desde 70 euros.

Y comer, que sea junto al mar (o cerca)

Por ejemplo en el restaurante Costamarga, en la misma playa, en la primera línea, donde sirven paellas, pescados y pescaítos. En El Pescador, que está en la carretera que va a Carboneras, que es de lo bueno lo mejor para probar los frutos del mar, sin carta, solo la pesca de ese día, y unas ensaladas de escándalo (Sara Carbonero e Iker Casillas ya lo probaron hace unos años). Y en La Plaza, que está en la ídem, para tapear como si no hubiera un mañana (más pescaito, carne en salsa, ensaladilla, papas a lo pobre). Y hay muchos más.

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