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‘Gracias por su visita’: el patrimonio cultural español que ensucia más que limpia está en peligro de extinción
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BARES, QUÉ LUGARES

‘Gracias por su visita’: el patrimonio cultural español que ensucia más que limpia está en peligro de extinción

Era 2014 y Felipe Hernández, fotógrafo de profesión, se guardó la primera servilleta en un bar de Bilbao. Este fue la primera de muchas —cientos, de hecho— y ahora las ha convertido en un libro fotográfico

Foto: 'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía / Diseño EC)
'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía / Diseño EC)

"Gracias por su visita". Aunque suena a despedida, este mensaje es posiblemente la bienvenida que más veces hemos recibido al llegar a un bar en España. Está ahí, escrito en algún color primario sobre blanco, en un servilletero, sobre la barra o alguna mesa. Hay un juego de palabras recurrente con este enunciado que no vamos a reproducir, pero que se ha convertido en un chiste popular entre la gente gracias precisamente a lo que nos trae hasta aquí: las clásicas servilletas de los bares son ya un patrimonio cultural de nuestro país.

La servilleta de papel tal y como la conocemos hoy —pequeña, blanca, con el logo del bar y ese inconfundible ‘Gracias por su visita’— no siempre fue así. Su origen moderno se remonta a mediados del siglo XX, cuando la industria papelera comenzó a perfeccionar una técnica que le daría a este humilde objeto su característica resistencia: un baño de ácido sulfúrico que transforma el papel en algo casi impermeable, capaz de sobrevivir al café con leche del desayuno, al vermú del aperitivo y al chupito de sobremesa. Ese proceso, que en el sector se conoce como papelización, es lo que le da a las servilletas su textura inconfundible y ese brillo ligero que las distingue de cualquier papel de cocina o pañuelo de bolsillo.

Las 'mini servis' cuentan con un baño de ácido sulfúrico que transforma el papel en algo casi impermeable

Porque ese baño de ácido sulfúrico —que no convierte las servilletas en nada tóxico, conviene aclararlo— pone al descubierto otro malentendido muy extendido y que nos han hecho maldecirlas en más de una ocasión. "Ensucian más que limpian", habremos oído, o incluso pronunciado, alguna vez: ese momento en que intentamos reparar el desastre de haber pasado el café con leche del pocillo al vaso con hielo y la servilleta no arregla sino que empeora el 'desaguisao'.

Y es que estas servilletas no están pensadas para limpiar, sino para todo lo contrario: prevenir. Esa impermeabilidad que tanto nos desespera cuando intentamos secar algo tiene otra cara: es perfecta para coger una croqueta sin mancharse los dedos, para que la cerveza fría no deje cerco sobre la barra o para que el platillo del café no resbale. Las también conocidas como 'mini servis' son, en definitiva, una barrera de protección, no un producto de limpieza.

placeholder JD Cafetería, Biarritz. (Cortesía / EC Diseño)
JD Cafetería, Biarritz. (Cortesía / EC Diseño)

Pero el verdadero boom de la servilleta personalizada llegó de la mano de la explosión hostelera española de los años sesenta y setenta. Con el turismo como motor económico y una cultura del bar ya profundamente arraigada en el ADN nacional, los dueños de cafeterías, bares de barrio y chocolaterías encontraron en la servilleta un soporte publicitario de bolsillo: barato, funcional y omnipresente. El logo del local, el teléfono, la dirección, a veces un eslogan ingenioso. Así nació un lenguaje visual propio, caótico y genuino, que hoy se reproduce por miles en cada rincón del país.

Hay algo de surrealista en descubrir que, en 2026, puedes entrar en internet, subir el logo de tu bar, elegir entre papel sulfito o tisú, seleccionar uno o dos colores de tinta y recibir en casa 84.000 servilletas personalizadas en un plazo de hasta 60 días por un módico precio de 0,004 euros por unidad. Pero así es. El sector que fabrica y comercializa estas piezas no solo no ha muerto, sino que ha sabido adaptarse a la era digital con una naturalidad que le costaría reconocer hasta al hostelero más escéptico ante las nuevas tecnologías.

Un mercado que, lejos de ser residual, mueve decenas de miles de pedidos al año. El chiste, claro, es que toda esta maquinaria industrial existe para producir algo que el cliente va a usar diez segundos y tirar a la basura. O a guardarse en el bolsillo, si resulta que es Felipe Hernández.

Felipe Hernández, el fotógrafo que empezó a coleccionar servilletas

Felipe Hernández es fotógrafo. Hace retratos, reportajes, editorial, moda. También fotografía social que luego ha convertido en libros como 'Arenal, El Carmen, Sol, Montera, Ópera', que recoge a la última generación de los personajes castizos que un día habitaron el centro de Madrid; o 'ECSTASY&WINE', retratos de personas que en pleno siglo XXI todavía pertenece a subculturas como los punk, rockers o góticos. A todo esto también suma su trabajo como foto fija en rodajes de series y películas. Y desde 2014 guarda servilletas de bar

Todo empezó, como tantas cosas que luego se vuelven importantes, de manera completamente casual. "Volviendo de Bilbao paramos en un sitio a desayunar y vi una servilleta y pensé: 'Igual es el momento'", recuerda. "Era un sitio 'random', sin más, pero fue la que hizo que se me encendiese la bombilla". Así comenzó, como quien no quiere la cosa, su colección.

"Al principio fue meramente para recopilar sin pensar en el futuro de nada", recuerda el fotógrafo sobre los primeros años del proyecto. Pero en enero de 2017, cuando llevaba ya unas 150, empezó a pensar cómo mostrarlas. "Tenía en el estudio un trozo de mármol y pensé en fotografiarlas como si estuvieran en una barra de un bar". Cuando empezó a compartirlas en Instagram, la respuesta le confirmó lo que ya intuía: "Esta frikada que tenía en la cabeza tenía un interés más allá".

De Instagram dieron el salto a las salas de exposiciones de la mano de un proyecto hermano, el colectivo Paco Graco, fundado por cuatro artistas en 2017 y que se dedica a conservar cientos de rótulos de antiguos comercios que han cerrado. Junto a ellos se expuso una pequeña parte de la colección de Felipe Hernández a finales de 2023 y principios de 2024 en la sala de exposiciones Centro Centro de Madrid.

Esa servilleta anónima de un bar caulquiera fue el punto de partida de una colección que hoy supera las mil unidades y que acaba de convertirse en un libro gracias a Gabriel Alberti, de la editorial Ojos de Buey, bajo el título, precisamente, ‘Servilletas’ (con diseño de Albert Pz y texto de Almudena Ávalos, jefa de redacción de 'El País Gastro').

placeholder 'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía)
'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía)

En él no se recopilan todas, solo 600 de su colección (incluir más no solo convertía el libro en un tomo difícil de manejar, sino también en algo poco accesible económicamente), y están organizadas no por regiones geográficas sino por tipo de establecimiento: café-bar, bar a secas, chocolatería, churrería, área de servicio... Una taxonomía tan española que resulta enternecedora.

"Cuando las escaneamos para el libro [trabajo que hizo codo con codo con su amigo Maxwell Deas, encargado también de editar las imágenes], luego las guardamos por regiones", explica Hernández. "Pero en el libro la organización es por tipos de establecimientos". El resultado es un archivo visual que funciona como un retrato involuntario del país: sus costumbres, su tipografía, su sentido del humor, su relación con lo local.

placeholder 'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía)
'Servilletas. SPANISH NAPKINS'. (Ojos de Buey, 2026) (Cortesía)

Ojear servilleta a servilleta produce una extraña mezcla de reconocimiento y melancolía. Porque todos hemos sostenido una de estas entre los dedos. Todos hemos leído ese ‘Gracias por su visita’ sin prestarle demasiada atención. Y sin embargo, ahora que alguien ha tenido la delicadeza de guardarlas, de escanearlas, de encuadernarlas, se hace mucho más evidente su importante significado. Nos dice algo sobre quiénes somos y cómo vivimos y qué tipo de lugares habitamos cuando queremos estar entre personas.

"Las servilletas son muy de España, muy de aquí"

"Las servilletas son muy de España, muy de aquí". Felipe Hernández lleva más de una década pensando en este objeto y tiene muy claro que no es algo que se encuentre fácilmente en otros lugares del mundo. "En Argentina las tienen, pero en otro formato más grande. Aquí en Europa las he visto en Italia, en Portugal… pero personalizadas no las hay en ningún lado", explica. "En Florencia las vi en una heladería y una coctelería, pero es algo muy concreto. Aquí lo tiene el Bar Manolo y el Café Gijón. Aquí es como una seña de identidad".

Y eso es exactamente lo que hace especial a este objeto aparentemente banal: su universalidad dentro de nuestras fronteras y su rareza fuera de ellas. Como las tapas, como el aperitivo a mediodía, como la costumbre de desayunar fuera de casa. "Esto está muy relacionado con el concepto de tapas para la gente de fuera", reflexiona Hernández. "Para nosotros lo tenemos muy presente, pero para los británicos el concepto de 'ir de bares' significa ir a beber y ya está. Aquí hacemos otra vida diferente". La servilleta personalizada es, en ese sentido, el símbolo silencioso de toda una forma de entender la sociabilidad.

placeholder Mesón 'El Candil', Murcial. (Cortesía / EC Diseño)
Mesón 'El Candil', Murcial. (Cortesía / EC Diseño)
placeholder Bar 'Las Golondrinas', Triana. (Cortesía / EC Diseño)
Bar 'Las Golondrinas', Triana. (Cortesía / EC Diseño)

Desde el principio, el proyecto fue algo más que una obsesión personal. “Al principio me las traían mis padres, mi hermana, amigos… también gente que me escribía y me las mandaba", recuerda. "Siempre quise que fuera colaborativo. Coleccionarlas es algo que lo hacen más personas. La idea se le ocurrió a mucha gente, yo simplemente fui el que lo puso sobre papel". Esa dimensión colectiva del proyecto no es anecdótica: habla de algo que todos reconocemos, que todos hemos tocado y doblado y arrugado entre los dedos sin darle mayor importancia. Felipe Hernández fue el que sí se la dio.

La colección no es solo un ejercicio de nostalgia ni un capricho estético. Hay una urgencia real detrás de ella. "Lo que creo que está pasando es que muchos sitios que las tenían ya no las tienen porque no se quieren gastar ese dinero en personalizarlas", advierte Hernández. "Y los que las siguen teniendo lo mantienen porque es una seña de identidad. Quiero pensar que cuando los hosteleros vean el libro lo pongan en valor y que sigan con ello".

El panorama no es del todo alentador. Los bares de toda la vida cierran. Los que jubilan al hostelero de siempre son sustituidos, cada vez más, por locales de cadena, cafeterías de diseño o franquicias que no necesitan —ni quieren— una servilleta con su nombre. "¿Cuántos bares quedan de toda la vida? Cada vez menos. El que cierra porque se jubila lo acaba cogiendo cualquier tipo de tienda o bar de una cadena", lamenta el fotógrafo. Y cuando eso ocurre, la servilleta desaparece. En su lugar llega una genérica, sin logo, sin eslogan, sin nombre. Funcional, sí. Pero muda.

placeholder Bar 'Miguel', Badajoz.  (Cortesía / EC Diseño)
Bar 'Miguel', Badajoz. (Cortesía / EC Diseño)
placeholder Restaurante 'El Senador', Madrid.  (Cortesía / EC Diseño)
Restaurante 'El Senador', Madrid. (Cortesía / EC Diseño)

Hernández también es muy claro respecto a lo que no le interesa coleccionar. "Cuando veo que son de una cadena nunca las selecciono. Y las que vienen con publicidad de inmobiliarias… que las hay cada vez en más bares porque te las regalan y las usan". Esa invasión del espacio publicitario ajeno en el servilletero del bar de barrio es, en su opinión, otro síntoma del mismo problema: la pérdida de lo local, de lo propio, de lo que hace que un bar sea ese bar y no cualquier otro.

Este proyecto, aunque nació de la casualidad, lo hace también de la intención e interés más genuino de Felipe. Encaja perfectamente en una línea de trabajo que él mismo describe como vinculado "al archivo, con lo castizo". Ahora tiene en marcha un proyecto sobre la transformación de la ciudad. Las servilletas son otra pieza del mismo puzle: un intento de documentar lo que está a punto de desaparecer antes de que lo haga por completo.

placeholder Cervecería 'Venta El Alma', Badajoz.  (Cortesía / EC Diseño)
Cervecería 'Venta El Alma', Badajoz. (Cortesía / EC Diseño)
placeholder Restaurante 'El Parras', Murcía.  (Cortesía / EC Diseño)
Restaurante 'El Parras', Murcía. (Cortesía / EC Diseño)

"Lo que he querido siempre es poner en valor, y seguiré haciéndolo", porque no ha parado de coleccionarlas, nos confiesa. "Es poner en valor no solo los bares y la hostelería y cómo nos relacionamos nosotros con ellos, sino también hablar de lo local. Poner en valor los negocios que cada vez más están desapareciendo". El libro ‘Servilletas’, en ese sentido, no es solo un objeto de diseño bonito —que también lo es—, es un acto político menor, una reivindicación silenciosa de todo lo que se va sin que nadie le haga un funeral.

“Es poner en valor lo local, los negocios que cada vez más están desapareciendo”

Cuando se le pregunta si tiene favoritas dentro de su colección, Hernández responde con la diplomacia cariñosa de quien no quiere elegir entre sus hijos. "Tengo algunas que me gustan por las ilustraciones o por los 'naming' o los eslóganes que tienen y que me parecen curiosas. Las quiero a todas por igual, pero hay algunas que son más curiosas".

Lo que sí destaca es la diversidad visual del conjunto: "Veo que cada una es de su padre y de su madre, con tipografías muy locas. Los colores se mantienen, pero imagino que por temas de impresión". Esa heterogeneidad es, en realidad, lo más revelador de todo el proyecto: cada servilleta es una pequeña decisión de diseño tomada por alguien que probablemente nunca había pensado en diseño. Y el resultado, multiplicado por miles, es algo que se parece mucho a una cultura.

placeholder Taberna 'Casa Manteca', Cádiz. (Cortesía / EC Diseño)
Taberna 'Casa Manteca', Cádiz. (Cortesía / EC Diseño)
placeholder Pizzería 'Brenda', Chipiona. (Cortesía / EC Diseño)
Pizzería 'Brenda', Chipiona. (Cortesía / EC Diseño)

El Bar Manolo. El Café Gijón. Aquel bar de Bilbao donde todo empezó. Sus servilletas están ahora en un libro. Y en ese libro, de alguna manera, también estamos todos nosotros y todas esas historias que ha acompañado durante todas estas décadas. Una historia que ha ido evolucionando, un país que ha ido cambiando, globalizándose y gentrificándose, pero que todavía mantiene una esencia pura, algo que no desaparece, en algo tan común como un trozo de papel. ‘Gracias por su visita’. Y a Felipe Hernández: Gracias por tu trabajo.

"Gracias por su visita". Aunque suena a despedida, este mensaje es posiblemente la bienvenida que más veces hemos recibido al llegar a un bar en España. Está ahí, escrito en algún color primario sobre blanco, en un servilletero, sobre la barra o alguna mesa. Hay un juego de palabras recurrente con este enunciado que no vamos a reproducir, pero que se ha convertido en un chiste popular entre la gente gracias precisamente a lo que nos trae hasta aquí: las clásicas servilletas de los bares son ya un patrimonio cultural de nuestro país.

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