Andrea, hija de Jesús Quintero en su tercera Navidad sin él: "Su última lección en vida fue la gratitud"
Andrea Quintero encarna a quienes en Navidad conviven con la ausencia. En una entrevista atravesada por imágenes y memorias hasta ahora guardadas, evoca a su padre desde el lugar íntimo del duelo
“Lo que sentí las primeras Navidades y me sigue pasando también ahora es que me cuesta un poco disfrutar del presente y de los que están sin pensar que algún día no estarán” comienza diciendo Andrea, la hija mayor de Jesús Quintero que pasa su tercera Navidad con un plato menos en la mesa. El relato de Andrea es espejo y reflejo de que estas fechas son, también, recuerdo y duelo para todos aquellos que han perdido a un ser querido. “Mi padre para estas fechas era muy atípico, como para todo. No ponía el árbol, no pasábamos Nochebuena ni fin de año con él, pero cada treinta y uno de diciembre a las doce siempre llamaba. Cada inicio de año me sigue pesando el vacío de no recibir esa llamada” relata emocionada, mientras recuerda las campanadas más duras de su vida, en diciembre de 2022.
Quintero no era un forofo de la Navidad convertida en ornamento, la vivía desde la espiritualidad, la familiaridad y la sencillez, cenando con sus sobrinas en Huelva el día 24 y acudiendo siempre que podía a la Misa del Gallo de Moguer, la única cita con la iglesia a la que no faltaba. Andrea recuerda también su ilusión por compartir con sus hijas el día de Reyes, le fascinaba concretamente la de San Juan del Puerto, la localidad onubense. “La cabalgata de su pueblo natal es una pasada, no tiran chuches, tiran juguetes, jamones… siempre eran fechas de diversión porque nos llevaba a verlas. Hice de paje con él dos veces. Esta foto que he rescatado es del año 2007, en la cabalgata de Sevilla” dice sobre el recuerdo vivo que coge forma al observar la imagen.
“Una pérdida es un nuevo paso hacia la madurez”
Andrea dice seguir disfrutando de la Navidad en familia aunque “No con la misma ingenuidad, es como que se te rompe un cristal de inocencia. Una pérdida es un nuevo paso hacia la madurez un poco triste, vivir los momentos siendo consciente de que algún día se acabarán. Yo tuve la suerte de hasta los treinta años no experimentar lo que era que te faltara alguien en la vida” relata y, comienza a reflexionar sobre un tema muy ligado a la Navidad y, también, al proceso de un duelo: la fe.
Cuenta que su padre no era ni buscaba ser un cristiano ejemplar, sí uno crítico. “Era defensor del cristianismo antiguo y admirador de Jesús, de ese primer hippie de la historia revolucionario… que promovía la generosidad, el amor al prójimo, el sentido de la justicia, de la humildad…… que siendo hijo de Dios lavaba los pies de los hombres” dice mientras describe imágenes que parecen de una película, como Quintero entrando de madrugada en la Capilla de San Onofre que hay en la Plaza Nueva de Sevilla de Adoración Perpetua de madrugada, algo que solía hacer a menudo ya que estaba abierta toda la noche o el altar con su medalla de la Virgen del Rocío y una foto de Andrea junto a otra de su hermana Lola.
“Sin duda no es creencia, es certeza”
“Tenía una espiritualidad muy fuerte, lo que pasa es que no se atrevía a confirmar la existencia de dios ni a desmentirla porque al final tenía la duda. Yo también la he tenido en muchos momentos de mi vida y además yo creo que la duda forma parte de la fe. Sin duda no es creencia, es certeza. Yo digo: creo en Dios, en mi corazón yo siento que Dios está pero no digo yo sé Dios”.
Tras la muerte de su padre, Andrea volvió a acercarse a la fe. En su relato, algunos recuerdos emergen con la misma naturalidad con la que se dicen las cosas que han permanecido largo tiempo en silencio, como si hubieran estado esperando el momento adecuado para ser nombradas.: “A los dieciocho yo era muy creyente y al hacer la confirmación me regalaron un anillo con mi nombre. Cuando me despedí de mi padre, justo antes de que se lo llevaran le puse el anillo, lo enterraron con él. Y desde ese día volví a sentir algo muy fuerte. Es una prueba de que la verdadera fe no está en el artificio o el sacramento sino en el corazón. En todos estos años sin él le he sentido tan cerca que es imposible pensar que no existe el cielo y que no hay vida más allá de la muerte”.
"El dolor es la mayor escuela que hay"
Andrea entiende que cada persona atraviesa el duelo de manera distinta. En su caso, mantener la presencia de su padre y seguir escuchándolo ha sido una forma de sostener el tránsito. Cuenta que hace poco conoció a una persona que, tras la muerte de su propio padre, recibió de un amigo una recomendación inesperada: ver el capítulo de ´Las trece noches´ en el que Jesús Quintero conversa con Antonio Gala sobre la muerte y el paso del tiempo. “Me dijo que se lo aconsejaron aunque supiera que iba a dolerle, porque ahí iba a comprender muchas cosas y a aceptar la pérdida. Y así fue”, recuerda Andrea.
Al escuchar ese relato, se reconoció en él. Ella también volvió a ese diálogo semanas después de la muerte de su padre. Lo hizo sentada en su sofá, en el mismo lugar donde tantas veces lo había escuchado. Fue una catarsis, un llanto sin contención. Pero al día siguiente apareció otra sensación, formulada casi como una pregunta: “¿Qué brujería es esta, que mi padre me está ayudando a superar su propia muerte?”.
"Mi padre me enseñó que después de una depresión se puede ser feliz"
Andrea dice que una de las enseñanzas más determinantes de su padre fue aprender a normalizar el dolor. Entenderlo no como una anomalía, sino como un territorio de conocimiento. En la pérdida —explica— uno se observa con mayor nitidez: aparecen los impulsos, el rencor o el perdón, y en esa reacción se revela lo que permanece. El sufrimiento obliga a separar lo accesorio de lo esencial, a distinguir entre lo que uno es y lo que, en el fondo, siempre ha sido.
Habla de la necesidad de vigilar los propios valores en los momentos más difíciles, de reconocer cuándo se asoma el deseo de venganza y saber apartarse de él. No permitir que el dolor modifique aquello que define a una persona. “Es una escuela muy grande”, resume. Agradece también haber crecido con un padre que no ocultó la depresión. Haberle visto caer y levantarse le enseñó que incluso en los periodos más oscuros existe la posibilidad de la luz y de volver a encontrar momentos de felicidad.
“Decía lo mismo con treinta que con setenta, se mantuvo fiel a sus valores”
Al escucharlas, algo la sorprendió de manera especial: la coherencia de pensamiento, lo férreo que fue en sus valores toda la vida. “Escucharle decir con setenta años exactamente lo mismo que decía con treinta”, cuenta Andrea, “fue también una forma de encontrarme con él antes de mi existencia: oír cómo pensaba a la edad que yo tengo ahora, descubrir quién fue antes de ser padre”.
Del podcast a ´El último tren´
En esas voces reaparecían ideas constantes: el pacifismo, el antibelicismo, una forma de romanticismo ligada a la confianza en los sueños y en la posibilidad de cumplirlos. Recuerda la conversación con el hijo de Carlos Cano en el programa radiofónico ´El último tren´, donde rescatan la última entrevista de Carlos con Quintero, y en la que él afirmaba que el romanticismo consistía en no dejar de creer en la utopía. “Y la utopía —dice Andrea— es un mundo mejor. Mi padre no dejó de creer nunca en eso ni de luchar por ello, incluso cuando dudaba, porque también tuvo momentos de escepticismo”.
Ahora Andrea se encuentra con Isabel Gemio cada martes a las doce de la madrugada en ´El último tren´: “A Isabel la radio nocturna necesariamente le conectaba con mi padre y ambas queríamos rescatarle de algún modo. Encontramos una manera hermosa de hacerlo: recordarle a él, pero también, al mismo tiempo, utilizarlo como excusa para hablar de tantas personas que siguen vivas a través de su legado, que continúan enseñándonos, alumbrándonos, regalándonos su arte y sus reflexiones. Me gusta mucho que todos los martes sirvan de excusa no solo para recordar a mi padre, sino a todas las personas a las que él les puso un micrófono delante. Es un homenaje por extensión a artistas, autores, poetas…”.
“Debemos beber de las fuentes de las que venimos”
Mientras habla, Andrea menciona los proyectos que tiene en mente para el año siguiente entre ellos alguno relacionado con la Fundación Jesús Quintero.
"Vivimos en una sociedad alejada de la memoria, que condena fácilmente al ostracismo y que se cree que lo está inventando todo. Pero no está mal asumir que no es así y beber de las fuentes de las que venimos, porque eso nos hace más sabios. Es como escuchar a los mayores: en la familia, los que más tienen que enseñarte son ellos, y como sociedad ocurre igual. Por eso para mí es tan importante el legado de mi padre, no solo por otorgarle el lugar que merece, sino porque gracias a él podemos aprender de quienes fuimos y aprender de la mejor manera de comunicar y ejercer el periodismo, poniendo por delante la escucha, algo absolutamente necesario en los tiempos que corren. Tener presente a los profesionales que emplean la palabra para favorecer un mundo más humano, menos polarizado y con mayor empatía hacia lo ajeno”.
Entre 'La colina del loco: la radio que inventó Quintero', 'El último tren' y la Fundación Jesús Quintero, Andrea sostiene viva la memoria colectiva de un hombre que, como ella misma dice, más que periodista, fue un artista del encuentro: capaz de escuchar, de provocar preguntas, de desentrañar lo invisible y de transformar cada conversación en un espacio donde la vida se hacía más profunda. Su legado no se limita a la palabra registrada; habita en los silencios, en la manera de mirar, en los gestos que enseñan incluso después de irse.
“Su último tren fue a sus raíces, a la tierra que lo vio nacer”
En su recuerdo permanece una de las últimas palabras que su padre le dirigió, no ante los micrófonos, sino a sus hijas: “Qué fortuna”.
“Fue lo último que me dijo mi padre. ¿Qué gran lección, no? Se fue agradeciendo, mostrándonos con un gesto sencillo que lo más importante en la vida es la gratitud”, recuerda Andrea. Esa sola frase, suspendida en el tiempo, concentra todo un universo: la curiosidad que nunca se apaga, la coherencia que atraviesa décadas, la fe que acompaña sin estridencias, la pasión por la palabra y la certeza de que un hombre puede seguir enseñando incluso después de partir.
¿Cuál sería el último tren de Quintero, si le hubiera sido dado elegir?: “El que tomó: el de la vuelta a sus raíces, a la tierra que lo vio nacer y en la que fue vecino de Juan Ramón Jiménez”.
“Lo que sentí las primeras Navidades y me sigue pasando también ahora es que me cuesta un poco disfrutar del presente y de los que están sin pensar que algún día no estarán” comienza diciendo Andrea, la hija mayor de Jesús Quintero que pasa su tercera Navidad con un plato menos en la mesa. El relato de Andrea es espejo y reflejo de que estas fechas son, también, recuerdo y duelo para todos aquellos que han perdido a un ser querido. “Mi padre para estas fechas era muy atípico, como para todo. No ponía el árbol, no pasábamos Nochebuena ni fin de año con él, pero cada treinta y uno de diciembre a las doce siempre llamaba. Cada inicio de año me sigue pesando el vacío de no recibir esa llamada” relata emocionada, mientras recuerda las campanadas más duras de su vida, en diciembre de 2022.