Cuando la fe se encuentra con la juventud: Semana Santa en primera persona
La Semana Santa en Andalucía no es solo tradición, también emoción y la relatan jóvenes que viven estas fechas desde la fe y el interior: de Estrella Conde Morente y Kiki Morente a Andrés Roca Rey o Lucía Serrano
"Uno de los recuerdos más bonitos que conservo es el de mi abuelo Enrique siguiendo a la Virgen de la Aurora por el Albaicín, por los Grifos de San José. Pasaba también por la puerta de su casa, donde nació. Él no caminaba en primera línea ni buscaba ser visto. Al contrario: se quedaba atrás, en los márgenes, en las esquinas donde apenas repara nadie. Y desde ahí, cuando menos se esperaba, le cantaba una saeta".
Así comienza Estrella Conde Morente a evocar una memoria en la que lo íntimo y lo heredado se entrelazan con naturalidad. Nieta de Enrique Morente e hija de Estrella Morente y de Javier Conde, su relación con la Semana Santa no se articula tanto desde lo exterior como desde una vivencia recogida, casi doméstica, donde la fe se transmite sin énfasis, en gestos mínimos. "Desde pequeña siempre he sido muy de la Esperanza —la de Málaga—, del Nazareno del Paso, y también de la Virgen de la Estrella y del Rosario. Son imágenes que siento cercanas porque están unidas a muchos momentos de mi vida". En su relato no hay voluntad de explicación, sino de pertenencia: las devociones aparecen como una forma de memoria.
En Andalucía, donde la Semana Santa adquiere una dimensión única, estas formas de expresión conservan, sin embargo, un poso íntimo que se sostiene en historias personales. El Domingo de Ramos, la Virgen de la Estrella realiza su estación de penitencia en Sevilla. A esa imagen se vincula también la experiencia de Andrés Roca Rey, quien sitúa su relación con la Virgen en un episodio que, más que narrarse como prodigio, se entiende desde la lógica interior de la fe.
"Hablando con un amigo sobre la Virgen de la Estrella le dije que quería ir a verla. Había toreado muchas veces en Sevilla, pero nunca había abierto la Puerta del Príncipe. No sé por qué, le dije: hasta que no vaya a verla, no la voy a abrir". La afirmación, pronunciada casi sin intención, quedó suspendida en el tiempo.
Pasaron varias tardes en La Maestranza sin que ese deseo se concretara. Fue en la feria de 2023 cuando, de manera imprevista, decidió acudir a la capilla antes de la corrida. "Aquella mañana, al mirarme al espejo, pensé: voy a ir".
Al mismo tiempo, una circunstancia material introdujo un elemento inesperado. El traje previsto —negro y oro— no llegó a tiempo. "Pregunté si había llegado y me dijeron que no. Solo quedaba uno azul marino, que no solía ponerme porque no me había dado suerte. Pero entonces me di cuenta que ese azul era el de La Virgen, lo tomé como una señal y decidí ponermelo". Aquella tarde salió por primera vez por la Puerta del Príncipe. Roca Rey no insiste en la excepcionalidad del episodio; lo sitúa, más bien, en un territorio donde la experiencia personal encuentra su propio significado, sin necesidad de ser subrayado.
Esa misma forma de entender la devoción, como un vínculo silencioso que se expresa en gestos concretos, aparece en el testimonio de Lucía Serrano, hija de Finito de Córdoba y de Arantxa del Sol. "En mi familia hay una devoción muy especial por la Virgen de los Dolores. Mi padre siempre ha tenido un gesto muy significativo con ella: pasa todos sus trajes de torear por su manto". La práctica, repetida en el tiempo, adquiere en su relato una dimensión que no necesita explicación. "Para mí tiene un valor difícil de expresar, porque siento, de alguna manera, su protección sobre mi familia. Es algo muy nuestro".
Los pasos: historias de costaleros y nazarenos
Para Lucía, la Semana Santa está profundamente ligada a su hermano Juan Rodrigo, quien desde pequeño soñaba con formar parte de ella. “Siempre ha tenido una sensibilidad muy especial, una conexión profunda con todo lo que tiene que ver con las cofradías. Su sueño siempre fue ser costalero. De niño se ponía cajas como pasos, organizaba filas de nazarenos y hasta hacía de capataz. Era su manera de jugar, pero también de soñar”.
El pasado año cumplió ese sueño: salió por primera vez como costalero. “Lo más bonito no fue solo ese día —dice—, sino todo lo que hay detrás: la preparación, los ensayos, el esfuerzo y la entrega completa” cuenta Lucía y añade con emoción: "Y esto no ha hecho más que empezar. El año pasado sacó su primer paso, este año ya han sido dos… y él dice que el año que viene quiere sacar tres. Así que esto, claramente, va en aumento".
Quien también ha vivido la Semana Santa como nazareno es Kiki Morente, y recuerda a su padre Enrique como costalero en la Amargura, en Granada. “Los recuerdos de Granada tienen algo especialmente mágico —relata Estrella Conde, sobrina de Kiki—. Allí la Semana Santa se vive de forma más recogida, íntima. Las calles del Albaicín son tan estrechas que a veces parece que el palio de la Virgen roza las paredes mientras avanza”.
Málaga es también escenario de una Semana Santa intensa y profunda, donde la fe se vive desde la infancia y se va tejiendo con la experiencia y la memoria. Así lo expresa Mateo Luqué, hijo del presentador Goyo González, quien forma parte de una generación joven vinculada a la devoción. Tras haber recorrido las calles como nazareno, este año asumió el papel de hombre de trono, portando a hombros el trono de Azotes y Columna de las Reales Cofradías Fusionadas, a la que pertenece Antonio Banderas.
"Recuerdo sobre todo los encierros en Málaga. Cuando era pequeña se hacía tardísimo, al amanecer encerrando a la virgen. Y mi madre, casi siempre a escondidas, le cantaba una saeta. No lo hacía para que la escuchara la gente, al contrario. Era como algo suyo, algo muy de dentro. Y para nosotras. Pero yo estaba allí, escuchándola, desde abajo y detrás del trono, y aquello se me quedó grabado para siempre.." rememora Estrella Conde Morente.
“Dios es un misterio —reflexiona Luqué—, no hay explicación posible; es un sentimiento que trasciende la estética y se revela en la emoción que uno comparte con los demás. Málaga es cofrade; el sentir de esta ciudad es el sentir de la fe misma”.
Lucía Serrano recuerda con claridad: “Me viene mucho a la cabeza una frase del Papa Francisco, cuando decía a los jóvenes ‘hagan lío’. Creo que también se refería a esto: a no tener miedo de compartir, de expresar, de generar conversación. Yo no concibo mi vida sin Dios. No recuerdo mi infancia sin Él de alguna forma presente. Quizá de pequeña lo vivía desde la inocencia, sin entenderlo del todo, pero siempre ha estado ahí. Y con los años, esa presencia se ha transformado en algo mucho más consciente, más profundo. Ahora siento que entiendo lo que hay más allá de lo visible. Ya no es solo creer, es sentir. Es tener la certeza de que hay algo que te acompaña, que te sostiene, incluso cuando no lo ves”.
Estrella Conde completa ese pensamiento: “Nunca la he vivido como algo que se mira desde fuera, sino como algo que siento muy dentro de mí. Yo no creo en las imágenes en sí. No creo que una talla sea Dios. Pero sí creo profundamente en el Señor y en Dios, y quizá por eso admiro tanto la manera en que se le representa en la Semana Santa. Porque detrás de cada paso hay una fe enorme, hay historia, hay personas que sienten de verdad lo que están viviendo. Y eso me parece mágico”.
Y así, entre los pasos, las saetas y el incienso que se cuela en las calles estrechas de Andalucía, se dibuja algo que trasciende la devoción y la tradición: la fe como un hilo invisible que conecta generaciones, una certeza que no se ve pero se siente, una fuerza que acompaña y sostiene. La Semana Santa, lejos de ser un espectáculo, se convierte en un territorio donde los jóvenes hacen suyos los silencios, las emociones y los rituales, donde cada gesto, cada mirada y cada latido de tambor es un acto de amor que supera la comprensión, recordándonos que lo sagrado habita en lo cotidiano y en lo que llevamos dentro.
Es, al fin, un recordatorio de que la fe no se explica; se habita, se siente y, sobre todo, se transmite.
"Uno de los recuerdos más bonitos que conservo es el de mi abuelo Enrique siguiendo a la Virgen de la Aurora por el Albaicín, por los Grifos de San José. Pasaba también por la puerta de su casa, donde nació. Él no caminaba en primera línea ni buscaba ser visto. Al contrario: se quedaba atrás, en los márgenes, en las esquinas donde apenas repara nadie. Y desde ahí, cuando menos se esperaba, le cantaba una saeta".