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Mariano Sigman, neurocientífico: "Las palabras muchas veces tienen la capacidad de no contar lo que es, sino contarnos lo que puede ser"
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Mariano Sigman, neurocientífico: "Las palabras muchas veces tienen la capacidad de no contar lo que es, sino contarnos lo que puede ser"

El neurocientífico reflexiona sobre ese poder del lenguaje y cómo influye, de forma silenciosa, en nuestra manera de vivir y entender el mundo

Foto: Mariano Sigman en 'Aprendemos juntos BBVA' (@mariuchu)
Mariano Sigman en 'Aprendemos juntos BBVA' (@mariuchu)

Las palabras no solo sirven para describir lo que pasa: a veces hacen que pase. Esa es la idea que Mariano Sigman, neurocientífico y divulgador, pone sobre la mesa al reflexionar sobre el poder que tiene el lenguaje para abrir posibilidades, orientar decisiones y cambiar la forma en la que interpretamos lo que vivimos.

Sigman parte de una corrección de base: solemos pensar que las palabras son etiquetas pegadas a la realidad, como si su función fuera únicamente contar lo que ya existe. Sin embargo, sostiene que “las palabras muchas veces tienen la capacidad de no contar lo que es, sino contarnos lo que puede ser”. Es decir, el lenguaje no se limita a narrar; también anticipa, empuja y construye escenarios.

Para explicarlo, recurre a un ejemplo histórico fácil de visualizar: cuando Martin Luther King pronuncia “tengo un sueño”, no está redactando una crónica de lo que ya ocurre, sino “habilitando ese sueño” y “invitando a que algo suceda”. En términos psicológicos, es el tipo de frase que funciona como brújula colectiva: marca un horizonte y, al nombrarlo, lo vuelve compartible.

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El salto a lo cotidiano llega con una escena íntima. “Cuando una persona mira a otra y le dice: te quiero”, explica, “esa palabra construye la realidad”. No es un detalle romántico sin consecuencias: es un gesto que redefine una relación, porque “abre una puerta que antes no estaba abierta”. En otras palabras, hay frases que no informan; transforman.

La tesis conecta con algo muy reconocible en bienestar emocional: la manera en la que hablamos con los demás —y con nosotros mismos— puede estrechar el mundo o ampliarlo. Sigman explica lo necesario que es entender "cómo manejar nuestras palabras, nuestras conversaciones”, incluidas “las conversaciones con nosotros mismos”. Lo importante, dice, es aprender a relatar y describir lo que nos ocurre de forma que esos “mundos que a veces creamos con las palabras” se parezcan más “a aquellos mundos en los que queremos vivir”.

La idea no es edulcorar la realidad ni negar lo difícil. Es más bien elegir un lenguaje que no te encierre: hablarte con precisión, evitar etiquetas que te condenen (“soy un desastre”, “nunca podré”) y sustituirlas por formulaciones que abran margen de acción (“me está costando”, “todavía no me sale”, “puedo pedir ayuda”). No porque las palabras sean magia, sino porque son marcos: cambian lo que ves, lo que esperas y, muchas veces, lo que intentas.

Hay palabras que abren una puerta que antes no estaba abierta

Al final, Sigman propone una tarea sencilla y exigente a la vez: cuidar el vocabulario con el que interpretas tu vida. Porque si el lenguaje también es una forma de futuro, conviene preguntarse qué futuro estás escribiendo cada vez que te cuentas —o le cuentas a alguien— lo que está pasando.

Las palabras no solo sirven para describir lo que pasa: a veces hacen que pase. Esa es la idea que Mariano Sigman, neurocientífico y divulgador, pone sobre la mesa al reflexionar sobre el poder que tiene el lenguaje para abrir posibilidades, orientar decisiones y cambiar la forma en la que interpretamos lo que vivimos.

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