Las diez frases de don Juan de Borbón que hicieron historia
25 aniversario de muerte

Las diez frases de don Juan de Borbón que hicieron historia

Hoy se cumplen 25 años de su muerte y los miembros de la familia real le rendirán homenaje

Foto: Don Juan de Borbón y don Juan Carlos. (Agencias)
Don Juan de Borbón y don Juan Carlos. (Agencias)

Son muchas las frases que a lo largo de sus 80 años ha pronunciado el rey emérito Juan Carlos I. Con motivo del 25 aniversario de la muerte de su padre, don Juan de Borbón, hemos seleccionado algunas de las que se transmitieron ambos. Palabras de padre a hijo que recoge el libro de Fermín J. Urbiola 'Palabra de rey' (Espasa, 2012) y que con la perspectiva que da el tiempo se han convertido en textos cruciales de la reciente historia de España.

1. Guerra civil

España estaba en plena guerra civil y la propia Italia se preparaba a entrar en otra… “He oído hablar mucho a mis padres sobre la tensión que se vivía cuando yo nací. Para los míos, la guerra civil era una tragedia cuyo resultado aparecía todavía incierto (…) Siempre he tenido presente a España, ¡siempre! Creo que mis padres empezaron a hablarme de España desde la cuna. De hecho, España era el único tema de conversación que apasionaba a mi padre. Todo lo relacionaba siempre con España (…) Mi exilio no tenía nada en común con el de mi padre. Yo había nacido exiliado. Nunca había conocido mi país. No podía añorar lo que añoran siempre los exiliados…”.

2. Instrucción del rey Juan Carlos

Don Juan de Borbón en una imagen de archivo. (Gtres)
Don Juan de Borbón en una imagen de archivo. (Gtres)

Don Juan se ocupó de que el pequeño Juanito, como así se le llamaba familiarmente a Juan Carlos, fuese instruido desde muy pronto como heredero de la Corona española.

Tenía tres años cuando se convirtió en Príncipe de Asturias y, como tal, había recibido el Toisón de Oro de manos de su padre, inmediatamente después de convertirse en el Rey de España sin trono. Cuando apenas había celebrado su cuarto cumpleaños, Juanito se sometió a una sesión de fotografías, ataviado con el uniforme de Caballería.

Después de más de una hora de pie, sobre una mesa, una de las institutrices le llevó a la zona de servicio. Al quitarle las botas observó que tenía los pies en carne viva, porque le quedaban pequeñas. Había soportado el dolor, aunque en ese momento comenzó a sollozar ligeramente, mientras contaba que su padre le había insistido en que “un Borbón no llora más que en la cama”.

3. Sobre el internado (1948)

En enero de 1948, diez días después de su décimo cumpleaños y pasadas las vacaciones de Navidad, Juanito viajó de Estoril a Friburgo. Volvía al internado de los marianistas (Ville Saint-Jean) donde ingresó con 5 años. Y se incorporaba al curso escolar con casi cuatro meses de retraso.

El internado era muy estricto, frío, austero. El pequeño Juanito, por el contrario, había recibido siempre un trato exquisito por parte de sus profesores y sus cariñosas institutrices. El primer día se negó a ir a clase. El padre Julio de Hoyos se lo llevó a rastras hasta el aula y le soltó una bofetada. El único consuelo que tuvo en esa etapa fueron las visitas casi diarias de su preceptor, Eugenio Vegas. Y los fines de semana con su abuela, la reina Victoria Eugenia, que residía en el Hotel Royal de Lausana. La lejanía de sus padres resultó muy dura para el niño. Todos los días esperaba inútilmente una llamada de su madre.

El rey Juan Carlos encendiendo un cigarrillo a su padre, el conde de Barcelona. (Foto: Casa Real)
El rey Juan Carlos encendiendo un cigarrillo a su padre, el conde de Barcelona. (Foto: Casa Real)

Pero don Juan, deseoso de que su heredero endureciera el carácter, había prohibido a su esposa telefonear al pequeño. Don Juanito no lo entendía. Pensaba que sus padres preferían a su hermanito menor, Alfonso. “Mi padre tenía un profundo sentido de la realeza. Veía en mí no solamente a un hijo, sino al heredero de una dinastía”, explicaría con los años la dureza de su padre.

En una entrevista concedida a un periódico alemán en 1978, don Juan Carlos describió su vida en Friburgo con mucha tristeza: “Fue el adiós a la niñez, a un mundo sin preocupaciones lleno de calor familiar. Yo tuve que superar solo esa etapa difícil”. Y más recientemente volvió a referirse a aquella triste e inolvidable experiencia.

“Al principio fui bastante desgraciado allí. Tenía la impresión de que los míos me habían abandonado, de que mi padre y mi madre se habían olvidado de mí (…) Todos los días esperaba que mi madre me llamara por teléfono, llamada que no llegaba. Más tarde supe que mi padre le impedía que telefoneara (…) No era crueldad por su parte y menos todavía falta de sensibilidad, pero mi padre sabía, como yo lo supe más tarde, que los príncipes deben ser educados a las duras si se quiere hacer de ellos hombres responsables, capaces de soportar algún día el peso del Estado. Mi padre tenía un profundo sentido de la realeza. Veía en mí no solamente a un hijo, sino al heredero de una dinastía (…) En Friburgo, lejos de mi padre y de mi madre, aprendí que la soledad es un fardo muy duro que soportar”.

4. La separación de Eugenio Vegas

Eugenio Vegas fue su preceptor, a quien Juan Carlos, lejos de su familia, llegó a coger un cariño enorme. Le llevaba por las mañanas y lo recogía por las tardes para proseguir con la instrucción. En todo caso, Franco mueve ficha de nuevo y filtra la noticia de que el príncipe Juan Carlos, hijo del conde de Barcelona, se trasladará a Madrid para iniciar los estudios de bachillerato. La información se publica discretamente en España, aunque también es recogida por algunos periódicos extranjeros.

Ya en Portugal, ajeno a las intrigas que rodeaban su destino, Juanito supo que iniciaría sus estudios en España, pero sin la compañía de Eugenio Vegas. Esta fue la noticia que más le disgustó. En cierto momento, el pequeño le dijo a Vegas: “¡Estoy muy triste porque no vienes a España conmigo”. Don Juan medió en la conversación: “¡No digas tonterías, Juanito!”.

5. La respuesta de su preceptor

El conde de Barcelona sugirió a Vegas que regresara a España, a título personal, para pasar los domingos con el príncipe. Pero Vegas, entristecido, respondió que a un niño de diez años no se le podía pedir que renunciara a sus ratos libres para dar paseos con “un vejestorio”. El profesor era tan consciente de lo mucho que significaba para el príncipe que no quiso despedirse de él. Le dio un beso al marcharse, como si fuese a verle al día siguiente, y regresó a Suiza el 7 de noviembre sin decirle adiós.

En el aeropuerto de Lisboa entregó a Pedro Sáinz Rodríguez una carta para el niño: “Mi queridísimo Señor: Perdón por no haberle dicho que me iba. El beso que anoche le di al marcharme era de despedida. Muchas veces le he repetido que los hombres no lloran y para que no me viera llorar he decidido regresar a Suiza... si alguien se atreviera a decir a Vuestra Alteza que le he abandonado, sepa que no es verdad”. Gil Robles escribió en su diario: “Vegas puede tener defectos. ¡Quién está libre de ellos!, pero nadie le supera en lealtad, firmeza de ideas, desinterés y cariño al príncipe. Y a pesar de todo se le abandona con fría indiferencia. ¡Qué grave cosa es la ingratitud, sobre todo en los reyes”. Don Juan se marchó a cazar el día previo a la partida del príncipe. Gil Robles, lleno de perplejidad, anotó en el diario: “Se ha marchado de caza, como si nada ocurriese”.

Don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona en la década de 1980.
Don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona en la década de 1980.

6. Discordias sobre la boda real

Tras el anuncio de la boda de Juan Carlos y Sofía, fijada para el mes de mayo de 1962, la maquinaria del palacio de Tatoi, en Atenas, aceleró todos los preparativos. Y al mismo tiempo, surgieron las primeras discordias. Don Juan Carlos ya residía, desde noviembre de 1961, en la Zarzuela. Y en sus últimas conversaciones con Franco, este le había preguntado qué haría después de la boda. El príncipe evitó una respuesta directa y recordó al general que su destino lo habían negociado siempre él y su padre. Aunque en esta ocasión, Franco sí fue más allá: “Ya va siendo Vuestra Alteza mayor de edad”. Pero no fue tan fácil sortear la presión del conde de Barcelona, que insistía en Estoril o en una localidad próxima.

Cuando doña Sofía viajó a Estoril para conocer Villa Giralda, se convenció a sí misma de que no vivirían allí. El príncipe insistió una y otra vez ante su padre en que preferían España: “Voy a parecer un desagradecido si, después de haber recibido allí toda la formación, me caso y me vuelvo con mis padres”. Y doña Sofía completaba el argumento: “¿Qué hacemos nosotros en Portugal? No tiene ningún sentido retirarse al exilio sin tener por qué. O vivimos en Grecia o vivimos en España”. En un momento dado, Franco le dijo: “Yo os aseguro, Alteza, que tenéis muchas más probabilidades de ser rey de España que vuestro padre”. Don Juan Carlos se alarmó, le recordó que su padre debía ser rey antes que él y le aseguró que informaría de esta conversación oportunamente a don Juan. Franco le insistió en que debía residir con su esposa en España y estar en contacto con el pueblo español “para que este le conozca bien y le ame”. A principios de 1963, el príncipe pidió ayuda al rey Pablo de Grecia para que tratara de convencer al conde de Barcelona.

“Para que entienda que tú también ves claro que mi sitio y mi futuro están en España. Franco me ha tenido y mantenido allí mientras yo hacía el Bachillerato, mientras yo iba a las academias militares, mientras yo estudiaba en la universidad, y no puedo decirle ahora: “Mi general, adiós, y quede usted con Dios”. Ese era el arreglo entre mi padre y Franco. ¿Por qué no lo íbamos a seguir? El rey Pablo escribió una carta a mi padre. Y así fue como nos vinimos a vivir a La Zarzuela.”

7. Sus primeras decisiones

Don Juan Carlos y doña Sofía querían empezar a tomar decisiones por cuenta propia, al margen de los numerosos consejos de los reyes de Grecia y de la vehemencia de don Juan, que —mejor o peor influido por su entorno— insistía en apartar a su hijo de la tutela de Franco. Y qué mejor momento que el de su boda para iniciar una nueva etapa y alejarse del general. No hablaron de esto en la fugaz visita de los condes de Barcelona a la isla Spetsopoula, pero sí recibieron mensajes al respecto del entorno de su padre.

Los príncipes, sin embargo, habían decidido ya realizar dos visitas antes de iniciar su largo viaje de bodas: al papa Juan XXIII, en Roma, y al general Franco, en Madrid, en aceptación de su invitación. La primera tensaba las estructuras del Estado confesional ortodoxo de Grecia; la segunda sería valorada de manera muy distinta por falangistas, carlistas y franquistas, pero sorprendió a los monárquicos y fue muy criticada por los juanistas.

En todo caso, decidieron ir a visitar al general Franco y lo hicieron. Aunque don Juan Carlos era muy consciente de las consecuencias que acarrearía esa decisión: “Esto va a suponer la ruptura con papá”.

Don Juan Carlos con su padre, el conde de Barcelona.
Don Juan Carlos con su padre, el conde de Barcelona.

8. El enfrentamiento de 1966

El exilio, cuando dura demasiado, acaba por falsear completamente la idea que uno se hace del paraíso perdido. Mi padre, aseguraba don Juan Carlos en aquellos años, “vivía rodeado de hombres que, en su mayor parte, eran exiliados desde la guerra civil. Hablaban de una España que no existía más que en los libros. Cuando pensaban en la monarquía, recordaban la de Alfonso XIII. Levantaban el futuro de España sobre viejos sueños (…) A menudo, cuando iba a Estoril y hablábamos de tal o cual problema, mi padre se irritaba: “¡Demonios! ¡Me hablas desde el punto de vista de Franco!”. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Yo vivía en la España de Franco. Y cuando Franco me hablaba de España, hablaba de una España que yo conocía y cuya existencia mi padre admitía solo difícilmente. Mi padre soñaba con España. Yo la vivía”.”

Conde de Barcelona. (Gtres)
Conde de Barcelona. (Gtres)

La primera crisis importante entre don Juan y su hijo se produjo a principios de marzo de 1966. Don Juan Carlos debía asistir al almuerzo organizado en un hotel de Estoril con motivo del veinticinco aniversario de la muerte del rey Alfonso XIII. Un acto en el que los monárquicos respaldaron públicamente un manifiesto de exaltación a don Juan como “heredero indiscutible” de la Corona de España. Por lo tanto, la participación de su hijo implicaría su conformidad con el manifiesto.

Y en consecuencia, su renuncia a aceptar el título de sucesor de Franco en la jefatura del Estado como futuro rey de España, si aquello implicaba truncar el orden dinástico. Aunque don Juan Carlos adquirió el pasaje de avión para viajar a Estoril, tenía serias dudas sobre la conveniencia de su desplazamiento. Doña Sofía le animó a que no fuese. Casualmente, o no, Franco les había citado ese mismo día en El Pardo.

Finalmente, con la excusa de que padecía una infección intestinal, comunicó a su padre que no acudiría. Le envió un telegrama. También habló con él por teléfono. Y fue consciente de su profundo enfado. Don Juan dedicó duros calificativos a su hijo durante esa conversación telefónica. Después comentó en el almuerzo que el príncipe había “desobedecido una orden mía”, se había “salido de su autoridad. La unidad de la dinastía está rota”. Y añadió: “Resultaría absurdo mantener la ficción y, por tanto, ha llegado el momento de plantearse una nueva política”.

9. El bautizo de don Felipe

(…) Y tuvo lugar la ceremonia del bautizo en la Zarzuela, oficiada por el arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo. La reina Victoria Eugenia y don Juan fueron los padrinos. El pequeño fue bautizado con los nombres de Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos.

El conde de Barcelona aprovechó su estancia en Madrid para mantener encuentros con algún alto mando militar y políticos de distintas tendencias. Advirtió ya el riesgo de que su hijo actuase por su cuenta y aceptara la condición de sucesor si se lo proponía Franco. Y aunque estaba convencido de que el general no designaría sucesor en vida, pidió a su hijo en mayo que se fuese a vivir a Estoril durante unos meses. Don Juan Carlos escribió una carta a su padre, en contestación, para recordarle que siempre había ido de un lado para otro por orden suya. Y que residía en la Zarzuela también porque él lo acordó con Franco.

“En estos años nada hice que te perjudique a ti o a la Institución. Tú has jugado una carta; yo otra, por tu mandato. Sigue tú con la tuya y yo con la mía. Si gana tu carta, me descubro, chapeau, pero no lo veo probable. Hemos de pensar en España y en la Institución.

Días después don Juan Carlos aseguró que, si insistía su padre, se iría, pero no a Estoril, sino “al destino que me corresponda en el ejército”.

El por entonces príncipe Felipe durante la ceremonia en Covadonga. (Gtres)
El por entonces príncipe Felipe durante la ceremonia en Covadonga. (Gtres)


10. El juancarlismo

Ya durante el año 1977, la figura de don Juan Carlos penetraba con cierta fuerza e ilusión en la inmensa mayoría de los hogares españoles. Fueron los comienzos del juancarlismo.

Don Juan había soñado con regresar a España, a Cartagena, junto a los restos mortales de su padre, el rey Alfonso XIII, muerto en el exilio en 1941, en Roma. Imaginó presentarse como “rey de todos los españoles” para devolver las libertades a un país atenazado por el régimen militar, cuyo principal mérito para los monárquicos había sido poner fin al convulso periodo republicano.

Y cuando entendió que Franco le había privado definitivamente de la Corona española, al acceder formalmente su hijo al trono, acarició la posibilidad de cumplir su sueño. Aunque, ciertamente, no para reinar, sino para abdicar públicamente en la persona de su heredero, don Juan Carlos. En su discurso de renuncia, don Juan evocó la figura de su padre, el rey Alfonso XIII. Recordó que en el lecho de muerte, en el exilio, “pidiendo perdón y perdonando a todos», le transmitió un último mandato: “Majestad: sobre todo, España”. Algo a lo que también se ha referido el rey don Juan Carlos: “Morir en el exilio debe ser lo peor que le puede suceder a un hombre. Estoy seguro de que durante su largo exilio esa idea debió de atormentar mucho a mi padre. Sobre todo, durante la guerra civil. Si la república hubiera ganado la guerra, se hubiera acabado la posibilidad de nuestro retorno”.

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