Él, acostumbrado a celebrar cumpleaños con fiestas privadas que superaban los 35.000 euros. Él, rodeado de lujos y privilegios. Él, sintiéndose por encima del bien y del mal. Él, engreído, despótico. Él, “tonto útil” para millonarios que piensan que todo está a la venta. Él… Andrés Mountbatten-Windsor nunca pensó que iba a celebrar su 66 cumpleaños arrestado por el caso Jeffrey Epstein.
De momento, se le investiga por supuestas revelaciones de información confidencial para beneficio económico del pedófilo convicto en la etapa en la que el entonces duque actuaba como representante de comercio internacional del Gobierno británico, un puesto diplomático muy controvertido que le permitió viajar por medio mundo y relacionarse con los más poderosos.
Andrés Mountbatten Windsor. (Getty)
En cualquier caso, la policía también está analizando acusaciones sobre una segunda mujer enviada al Reino Unido por Epstein para un supuesto encuentro sexual con el entonces royal, lo que empeora aún más el caso que lo persigue desde hace ya más de una década, cuando Virginia Giuffre lo acusó por primera vez en 2011 de violación siendo menor de edad.
Se trata del momento más delicado para la monarquía británica en casi 400 años. Ningún divorcio, ninguna abdicación, ninguna aventura extramatrimonial del pasado se acerca a la gran crisis institucional creada en torno a un hombre que se creía por encima de la ley y que ahora se enfrenta a un delito severo que en su forma más extrema puede acarrear cadena perpetua.
Carlos III ha emitido un comunicado en el que asegura con rotunda claridad que “la ley debe seguir su curso” y que, como ha dicho anteriormente, “las autoridades cuentan con todo su apoyo y plena cooperación”. El pasado mes de octubre, el monarca ya retiró todos los títulos y honores a su hermano menor, al que desalojó también del Royal Lodge, la residencia en Windsor donde vivía desde hacía más de veinte años y que había sido su último refugio simbólico dentro del sistema.
Pero el relato que quiere imponer ahora Casa Real de “es un asunto personal” ya no funciona. La clave es que estos presuntos delitos habrían ocurrido cuando Andrés era príncipe, por lo que se plantea la idea que más daño hace a cualquier institución: no el hecho inicial, sino el encubrimiento; la sospecha de quién sabía qué, cuándo y por qué no se actuó durante años.
Isabel II aprobó su nombramiento como enviado comercial en 2001 y el Gobierno de Tony Blair lo respaldó. Durante una década, Andrés viajó con credenciales oficiales, acceso privilegiado y el respaldo implícito de la Corona. Si hoy se investiga si compartió información sensible con Epstein, la pregunta no es solo si lo hizo, sino bajo qué cultura de protección operó.
Los correos que se investigan ahora datan de 2010, lo que demuestra que Andrés no solo siguió teniendo relación con el empresario cuando salió de prisión en su primera condena por pederasta sino que le reenviaba detalles de sus viajes oficiales con oportunidades de inversión.
Y, a pesar de todo, la reina Isabel II -que supuestamente anteponía la Corona a todo y todos- lo sostuvo hasta el final. Resistió tras la condena de Epstein en 2008. Resistió tras la publicación de la fotografía con Virginia Giuffre en 2011. Resistió incluso después de la entrevista suicida en la BBC en 2019, cuando Andrés intentó justificar lo injustificable. Solo cuando la presión pública se volvió insoportable fue apartado como miembro activo de la familia real. Y aun así, el blindaje emocional de madre fue evidente.
El acuerdo extrajudicial con Giuffre en 2022 —por una cifra cercana a los 12 millones de libras, que a día de hoy no se sabe de donde salieron— cerró el frente civil, pero no el moral. “Fue dinero para silenciar”, sostiene Robert Jobson, veterano cronista real, quien señala que no se puede reescribir la historia diciendo que todo recae en un individuo al que ahora se le han retirado títulos y residencia. Si la investigación entra “a fondo, de raíz”, como él pronostica, habrá que entrevistar a quienes estaban en nómina, a los miembros de la oficina privada del entonces príncipe. En definitiva, para una institución que vive de la autoridad moral, esto es dinamita pura. Palacio intentó contener el escándalo en lugar de afrontarlo.
Ahí es donde el terremoto deja de ser individual y se vuelve sistémico. Carlos III hereda este incendio sin haberlo provocado. De hecho, durante años se rumoreó que, como príncipe de Gales, se mostraba escéptico sobre el papel diplomático de su hermano. Pero el peso de la historia es implacable. La monarquía es continuidad, no compartimentos estancos. Lo que ocurrió bajo Isabel II no desaparece bajo Carlos III.
El rey Carlos III junto a su hermano Andrés. (Gtres)
Además, la detención llega en un momento particularmente delicado. El estado de ánimo público ha cambiado. Los archivos Epstein han alimentado una sensación de indignación hacia redes de poder que parecían operar con impunidad. Ricos, influyentes, intocables. Y en ese contexto, la imagen de un antiguo príncipe interrogado bajo advertencia penal tiene una potencia simbólica devastadora.
Tras la muerte de Isabel II, Carlos III heredó no solo una institución, sino también un aparato anacrónico y vulnerable al escrutinio contemporáneo. Su misión ha sido doble: reducir el tamaño de la familia real —lo que en Palacio llaman una slimmed-down monarchy— y restaurar la autoridad moral de la Corona. El caso de Andrés representa todo lo contrario: privilegio, opacidad y complacencia.
Carlos III ha optado por la ortodoxia constitucional: cooperación total con la policía y continuidad en la agenda oficial. Pero en la era de la transparencia radical y las redes sociales, la contención silenciosa ya no basta. Los abucheos en actos públicos en las últimas semanas muestran que parte de la opinión pública no está dispuesta a separar tan fácilmente al individuo de la institución, donde aún sigue por cierto como octavo en la línea de sucesión.
Él, acostumbrado a celebrar cumpleaños con fiestas privadas que superaban los 35.000 euros. Él, rodeado de lujos y privilegios. Él, sintiéndose por encima del bien y del mal. Él, engreído, despótico. Él, “tonto útil” para millonarios que piensan que todo está a la venta. Él… Andrés Mountbatten-Windsor nunca pensó que iba a celebrar su 66 cumpleaños arrestado por el caso Jeffrey Epstein.