Las excursiones de Betty Arrastia, madre de Preysler, a Navarra en busca de sus raíces
  1. Famosos
BONITOS RECUERDOS

Las excursiones de Betty Arrastia, madre de Preysler, a Navarra en busca de sus raíces

Rememoramos la parte familiar menos conocida de la madre de la socialite, que falleció el pasado domingo

Foto: Beatriz Arrastia, en una imagen de archivo. (Cordon Press)
Beatriz Arrastia, en una imagen de archivo. (Cordon Press)

Beatriz Arrastia, madre de Isabel Preysler, falleció el domingo 22 de agosto a los 98 años en la casa familiar de Puerta de Hierro. Todos los que la conocieron la definían como una mujer de trato agradable y muy cariñosa. A estas cualidades de su personalidad se unía una manera de disfrutar de la vida y ser independiente. Le gustaba viajar y mientras pudo tenía su periplo particular.

Dejó Filipinas al quedarse viuda y se instaló en la mansión Preysler. Desde el hogar madrileño organizaba sus vuelos a Manila para reencontrarse con alguno de sus nueve hermanos –Estela, Tessy, Baby, Lili, Elvira, Mercy, Valentín y Francisco-; a Roma, donde Mercy Tuason (apellido del marido) es embajadora ante la Santa Sede, y a Miami para disfrutar de sus nietos Chabeli, Enrique y Julio José.

En los últimos años, los viajes largos desaparecieron, pero no sus ganas de moverse. Y lo hacía por España. Uno de los itinerarios preferidos de Betty, que así la conocían familiarmente, era la ruta por Navarra, de donde procedía su abuelo Valentín Arrastia. El que hoy sería bautizado como emprendedor emigró a Filipinas cuando el país aún era colonia española antes del Tratado de París.

placeholder Isabel Preysler, junto a su hija Tamara Falcó, su sobrina Joanna Preysler y su madre, Betty Arrastia. (Instagram @joannapreyslermanila)
Isabel Preysler, junto a su hija Tamara Falcó, su sobrina Joanna Preysler y su madre, Betty Arrastia. (Instagram @joannapreyslermanila)

El antepasado de Isabel Preysler era un agricultor contratado por una empresa de Estella que se dedicaba a la explotación de espárragos y en ultramar a la caña de azúcar. Emigró a las colonias y ejerció de capataz en una hacienda en Lubao. Las guerras nacionalistas obligaron a los terratenientes a guarecerse en la ciudad por miedo a revanchas campesinas.

El aguerrido navarro se quedó al mando de la plantación y al finalizar la guerra, como nadie le pidió explicaciones, continuó explotando el campo ya como propietario. Tuvo varios hijos y uno de ellos, al que llamaron Enrique, continuó con la tradición agraria. Se casó con Teodorica Ramos, una bella nativa y tuvieron nueve hijos, entre ellos a Betty, la madre y abuela de la tribu Preysler.

placeholder Beatriz, a su llegada al velatorio de Miguel Boyer. (EFE)
Beatriz, a su llegada al velatorio de Miguel Boyer. (EFE)

Este origen navarro fue el que en su día quiso conocer Beatriz Arrastia y que la llevó a viajar a esa zona de España. Su guía turístico fue Julio Ayesa, el relaciones públicas más importante de los años 80 y 90, muy amigo de Isabel Preysler: “Era una señora estupenda, divertida y con una conversación muy amena. Todo le parecía bien y le encantaba recorrer los pueblos, visitar las iglesias, los monasterios y, por supuesto, también su ruta gastronómica”. Entre los monasterios que más le gustaban estaba el de Santa María de Irache y el de Nuestra Señora del Puy.

Durante cinco años, Beatriz Arrastia mantuvo la misma rutina. Llegaba a Pamplona en tren acompañada de una amiga. De allí se trasladaba a Olite o a Estella. El cuartel general variaba dependiendo de las hospederías que los responsables de los monasterios tienen abiertas al público. Unas solo son para hombres y otras, como la de las clarisas, para mujeres. Beatriz se levantaba a las cinco de la mañana para rezar el rosario. Ayesa fue, sin lugar a dudas, el mejor anfitrión y embajador de Olite, donde tiene su casa de puertas abiertas para los amigos.

Una gran dama

En el primer viaje iniciático en busca de sus orígenes, Betty Arrastia llegó hasta la localidad de Ayo, de donde era el abuelo Valentín. Según cuenta Julio Ayesa, “fue muy emocionante. La recibieron en el ayuntamiento y le dieron la partida de bautismo de su pariente. Cada año volvía y recorríamos en coche la zona”. Como dato anecdótico, Beatriz Arrastia contaba que en la hacienda de Lubao el padre de su padre nunca abandonó sus costumbres españolas.

El 7 de julio, festividad de San Fermín, copatrón junto a San Francisco Javier de los navarros, organizaba una misa en la plantación seguida de una fiesta para los españoles y las familias locales. Betty disfrutaba contando historias de su vida en Filipinas que entusiasmaban a los que la escuchaban y, por descontado, a sus nietos. “Era una gran dama. La echaremos de menos”, concluía Julio Ayesa en este recordatorio de los viajes de la nieta del emprendedor Arrastia.

Isabel Preysler
El redactor recomienda