Así fue la infancia y juventud de Dani Mateo: "Mi primer desamor llegó en primero de EGB y me partió el corazón"
El humorista se asoma a su álbum más íntimo y revive una infancia entre risas, despistes y familia, donde ya asomaban las claves de su mirada cómica y su vocación
Cada rostro conocido tiene una historia que comienza a escribirse mucho antes de alcanzar, con suerte, los focos, los aplausos y la fama. En 'Mis primeros veinte' nos trasladamos a los años que moldearon los sueños y el carácter de algunos de los personajes más conocidos del panorama mediático. Una mirada a su infancia y juventud para descubrir cómo eran antes de convertirse en figuras públicas.
Un viaje que estrenamos con Dani Mateo, cuya infancia está llena de recuerdos y escenas cotidianas que con el tiempo han terminado por definir su forma de ver la vida. Entre meriendas y la sombra de sus abuelos, el humorista reconstruye para Vanitatis un universo íntimo donde la felicidad necesitaba solo la certeza de estar en el lugar correcto.
Ese entorno sencillo, evoca la esencia de la mirada de Francisco Ibáñez, para quien el cómic era "algo que hace brotar la sonrisa o incluso reír, de ombligo para dentro". Nacido en Granollers, Barcelona, en 1979, su relato oscila entre la ternura y la ironía, dibujando un crecimiento marcado por un humor espontáneo que ya entonces parecía anunciarse.
PREGUNTA. ¿Cuál es el primer recuerdo de tu infancia que conservas con nitidez?
RESPUESTA. Es curioso porque, cuando pienso en mi infancia, siempre acude a mi memoria el recuerdo de una tarde en casa de mis abuelos, merendando solo a la sombra de uno de los árboles del patio. Me resulta peculiar porque, sin ser espectacular, fue tal vez el momento de mayor felicidad de toda mi vida. Estaba solo, pero estaban todos. Me sentía querido, protegido y feliz. El bocadillo de mi yaya, el sol atravesando las hojas verdes, “Cebolleta”, mi perrita, con la cabeza apoyada en mi muslo… Lo tenía todo y no necesitaba nada más. Tengo muchos recuerdos felices, pero este es mi favorito.
P. ¿Hubo alguna persona en tu infancia que marcara especialmente tu forma de ser?
R. Sí. Seguramente, mi madre y mi abuelo fueron las dos personas que más influyeron en mi personalidad. He salido mucho a ellos, en lo bueno y en lo malo… Con ella hablamos mucho del tema y nos reímos bastante al ver hasta dónde pueden llegar las coincidencias.
P. ¿Eras más de obedecer o de cuestionarlo todo?
R. De obedecer, sin duda. Yo era el niño más bueno y más dócil del universo. Luego llegó la adolescencia y, como diría Mariano Rajoy, “ya tal…”. Pero de las gamberradas de mi adolescencia prefiero no hablar si no es en presencia de mi abogado.
P. ¿Cuál fue tu primera gran travesura o la vez que más te metiste en problemas?
R. Si me metía en algún lío era por torpe o despistado, porque siempre he sido muy de estar en Babia. Eso hacía que perdiera cosas continuamente, que saliera de la zapatería con un zapato puesto y otro no, o que le contara un chiste tras otro a mi padre mientras se derramaba toda la pintura del bote que le estaba sujetando... Cruzar con seis años una calle de cuatro carriles para ir a comprar palomitas. Ese tipo de cosas.
P. ¿Cuál fue el primer sueño o meta que recuerdas haber tenido? ¿Qué queda de él hoy?
R. El de ser payaso y, en fin, no hace falta añadir más.
P. ¿Tuviste algún ídolo o referente que influyera especialmente en ti?
Francisco Ibáñez. Me parecía la persona más graciosa, talentosa y genial del mundo. Yo no leía sus historietas; las devoraba.
P. ¿Había alguna asignatura o profesor que te marcara?
R. Seguramente literatura de sexto o séptimo de EGB con mi profesora Neus, a la que adoraba y que me animó a desarrollar mi lado creativo como nadie antes o después. Si lo pienso bien, le debo mucho a esta profesora.
P. ¿Qué amistad de adolescencia fue clave en tu vida y por qué?
R. Mi amigo Dani Canut. Creo que nunca me he reído tanto con nadie como con él en aquellas tardes sentados en los portales, comiendo ganchitos y viendo la vida pasar.
P. ¿Cómo recuerdas tu primer amor? ¿Y tu primer desamor?
R. Mi primer amor fue en primero de EGB. Se llamaba Laura, llevaba coletas y era una lozana andaluza de seis años que me robó el corazón. Fue mi novia una semana y luego me cambió por mi amigo Andreu, porque todos los niños de la clase fuimos pareja suya durante unos días aquel año. Fue mi primer desamor y me partió el corazón, pero, pensándolo fríamente, me parece muy justo. Justo y democrático.
P. ¿Te independizaste joven? ¿Qué te llevó a dar ese paso y cómo lo recuerdas? Y, si no fue así, ¿qué viaje o experiencia fuera de tu entorno te marcó más?
R. Me independicé a los veintitrés años. Recuerdo que tenía unas ganas locas de salir de mi casa y de mi pueblo para descubrir la vida en la ciudad. Me mudé a un estudio de 17 m² con balcón en la calle Ausiàs March, en Barcelona. La cocina estaba dentro de un armario y el sofá cama era lo único que cabía allí dentro sin tener que salir tú, pero pocas veces he sido más feliz.
La infancia de Dani Mateo
Los primeros veinte años de tu vida determinan quién eres y los siguientes veinte, cuarenta u ochenta sirven para perfeccionar y pulir aquello que no te gusta. Madurar es aprender a esculpir
Cada rostro conocido tiene una historia que comienza a escribirse mucho antes de alcanzar, con suerte, los focos, los aplausos y la fama. En 'Mis primeros veinte' nos trasladamos a los años que moldearon los sueños y el carácter de algunos de los personajes más conocidos del panorama mediático. Una mirada a su infancia y juventud para descubrir cómo eran antes de convertirse en figuras públicas.