Daniel Grao: "La interpretación me ha ayudado a transformar el dolor en herramientas"
Daniel Grao cierra el verano en Ibiza de la mano de Don Papa Rum, tras una temporada de éxitos en Netflix y en la gran pantalla. En conversación con Vanitatis, el actor revela, por primera vez, la desconocida historia de su vida, de principio a fin
“¿Qué me está queriendo decir la vida con esto?”, se preguntó Daniel Grao al observar cómo ´La Casa de Papel´ adquiría dimensión global tras haber aspirado a encarnar a El Profesor o a Berlín, cuando la serie todavía era un proyecto discreto de la parrilla de Antena 3. “En aquel momento iba a estrenar como protagonista ´La catedral del mal´ en la cadena y, aunque les gusté mucho, me enteré después de que decidieron apostar por caras nuevas, actores menos conocidos… mira cómo es la vida: algunos se han transformado en fenómenos globales”, comenta con una sonrisa que delata su buen humor, mientras posa en Ibiza durante su viaje junto a Don Papa Rum, el distinguido ron filipino, y lo hace con carácter, como si la cámara lo transformara.
Aunque aquella oportunidad se esfumó, la carrera de Grao se desplegó como un trayecto de encuentros inesperados y escenarios insólitos: junto a Blanca Suárez, son los primeros actores con roles estelares en pisar los yacimientos de Atapuerca; su personaje en ´HIT´ rebasa los límites de la pantalla convirtiéndose en referente en centros educativos; se adentra en la construcción de un maltratador en la serie número uno en Netflix, Ángela; fue conducido por la mirada Almodovariana… Nada de esto estaba previsto: la interpretación irrumpió en su vida de manera abrupta y, durante años, se sostuvo alternando trabajos como stripper y gogó para costearse las clases que lo formarían.
La interpretación me ha ayudado a transformar el dolor en herramientas de trabajo
Daniel creció en una pequeña localidad barcelonesa, donde las primeras escenas de su memoria lo sitúan acompañando a su madre en la mercería del barrio. Con apenas tres o cuatro años se encaramaba al mostrador y, sin sombra de pudor, improvisaba imitaciones de políticos o cantantes de moda: “Hacía de Felipe González o de lo que se me ocurriese, no tenía vergüenza ninguna. Era muy payasete”, recuerda.
Esa inclinación cómica, sin embargo, se desdibujó con el tiempo. La separación de sus padres marcó una adolescencia de introspección y silencio, hasta que el teatro irrumpió como tabla de salvación y, más tarde, su oficio terminó por darle un sentido nuevo a las dificultades. “Mi formación interpretativa fue más una terapia que la persecución de un sueño. Allí comprendí que lo negativo, lo sufrido, podía transformarse en material creativo. Pasé de preguntarme ‘¿por qué a mí?’ a pensar ‘qué bien que me haya tocado esto’. La labor de un actor consiste en conocerse, y cuanto más has vivido, más herramientas posees para crear o empatizar con ciertos personajes”, explica.
Ese despertar se lo debe a un maestro decisivo, Jesús, su profesor de literatura, que organizaba talleres donde los alumnos leían en voz alta los textos que elegían. Daniel, adolescente de dieciséis años en un colegio de Candelas de Montjuic, llevó a clase ´La nana del caballo grande´ de Lorca en la versión de Camarón, acompañado por la Filarmónica de Londres. “Se quedó fascinado con mi propuesta y me habló de un taller de teatro. Empecé a ir”. Años después, cuando se encontraba desorientado, su padre le ofreció una advertencia tan elemental como luminosa: ¿qué es lo que más feliz te ha hecho en la vida? “Recordé aquellas clases y decidí formarme en interpretación”.
He empezado ha hablar de mi etapa como stripper porque hay que darle normalidad
Para costearse las clases de interpretación aceptaba pequeños trabajos de animación en despedidas de soltera. Hasta que, un día, recibió una oferta que triplicaba sus ingresos y le permitía financiar de golpe todo un año de formación. “Sí, era de stripper; hacía la temporada de despedidas de soltera”, admite sin resquicio de incomodidad. “Durante mucho tiempo no me planteé hablar de ello, pero ahora pienso que debe normalizarse. Es cierto que algunos tópicos vinculados al mundo de la noche tienen fundamento, pero yo lo vivía como otra vía de expresión artística: poseía soltura sobre el escenario… Al final terminé agotado y pasé a ser gogó”.
La conversación se abre entonces hacia un terreno casi analítico: ¿dónde reside la diferencia entre stripper y gogó? Grao lo formula con una claridad pragmática: “El gogó baila en su cubículo de la discoteca; el stripper se quita la ropa”.
Surge, de inmediato, otra cuestión inevitable: ¿qué cambia cuando el oficio lo ejerce un hombre o una mujer? La respuesta, lejos de cualquier artificio, apela a la experiencia: “Cambia el público. En mi caso nunca me sentí en peligro. Una mujer, en cambio, puede enfrentarse a grupos de energúmenos o de babosos. Las que yo conocí en esa industria eran mujeres de armas tomar, con límites muy definidos, y además solían estar acompañadas por alguien de la agencia que velaba porque todo estuviera bajo control. Había quienes, como yo, lo entendíamos como un trabajo de tránsito para alcanzar otros sueños, y quienes lo ejercían de manera vocacional y absolutamente digna”.
A lo largo de su trayectoria, Grao ha habitado personajes de muy distinta naturaleza, aunque reconoce que dos han dejado una huella indeleble. En teatro, Rafael Rodríguez Rapún —secretario de La Barraca y compañero de Federico García Lorca— en ´La piedra oscura´. “Hubo algo casi místico en aquella interpretación: al estreno asistieron también las sobrinas de Rafael”, recuerda, mientras reflexiona sobre el estado de la escena. “El teatro está muy vivo. Como en todo, existen propuestas independientes más difíciles de sostener, pero es más complicado llenar un cine que un teatro. A mí mismo me sucede que quiero ir a ver una obra y ya no quedan entradas”.
Pero él está de estreno en la gran campaña: hace apenas una semana llegó a los cines ´La coleccionista´. “El director es un apasionado del llamado folk horror, ese género de atmósferas rurales y bosques sombríos que tuvo su auge en los ochenta. Quien conozca esas referencias las reconocerá, y quien no, se encontrará con una historia que transita entre el horror y las pesadillas de quienes arrastran un pasado no resuelto. La película aborda la salud mental, la culpa, la imposibilidad de liberarse de aquello que creemos no haber hecho bien”, explica sobre esta ficción que se articula en torno a la figura de una bruja del siglo XXI.
Fue más duro rodar las escenas de violencia verbal que física
El otro papel decisivo es más reciente y ha mantenido a Grao durante medio verano en el número uno de Netflix: Gonzalo, el maltratador de Ángela. “No ha sido fácil, porque un actor no puede juzgar: debe intentar comprender para encarnar. Y es arduo empatizar con alguien tan violento, tan dañino… Gonzalo es, en definitiva, un psicópata”. Lo que más le interesa de la serie, subraya, es cómo desvela la cara oculta de la familia aparentemente perfecta: “Un hogar acomodado, mi personaje es arquitecto como Ángela, con una posición profesional sólida; ella no depende de él económicamente, y aun así está sometida a un maltrato psicológico y físico”.
El rodaje le enfrentó a escenas de una intensidad perturbadora. “Las físicas son duras de ver, pero están coreografiadas. En cambio, la violencia verbal era más difícil de sostener. Había frases que yo mismo incorporaba, como ese ‘¿tú eres tontita?’, y luego me costaba mirar a la cara a Verónica Sánchez; llegué a pedirle perdón”. Para Grao, retratos de esta crudeza no buscan el morbo sino la reflexión: “Desde lo más primitivo, los cuentacuentos o el teatro han sido un espejo de lo que somos como sociedad y ahora la ficción tiene también esa función”.
Precisamente al hablar de números uno en Netflix, Grao sonríe al recordar el instante en que ´La casa de papel´ pasó de ser una serie semanal a convertirse en fenómeno mundial. “Rodábamos ´El árbol de la sangre´ con Úrsula, una noche tomábamos unos vinos con ella y con Álvaro Cervantes”, relata, como si desplegara aún una escena intacta en su memoria. Corberó les propuso continuar la velada en su casa: emitían entonces el tercer capítulo.
Vieron juntos el episodio y, al terminar los créditos, ella encendió un cigarro, salió a la terraza y preguntó qué les había parecido. Ambos coincidieron en que estaba realmente bien. Su respuesta, casi premonitoria, fue otra: “Cada día bajamos audiencia; es una pena, pero no nos renuevan ni de broma”. Meses después pasó a ser el mayor fenómeno de Netflix de la historia.
Otro estreno que se ha instalado en el top 10 de Netflix es ´La huella del mal´, protagonizada por Grao junto a Blanca Suárez. La ficción marca un hito: es la primera película rodada en los yacimientos de Atapuerca. “Es curioso: Manuel Ríos no es solo el director, sino también el autor de la novela en la que se basa el film. Cuando me la envió a casa, en la dedicatoria escribió: ‘Si esto se llevara a la ficción, serías un gran protagonista’”, recuerda Grao, que años después encarnaría al inspector Daniel Valverde.
Es también su primera experiencia compartida frente a Blanca Suárez. “Ha sido maravilloso. Nunca habíamos trabajado juntos y la buena energía surgió desde el primer momento. Ella irradia tranquilidad, transmite que todo está bajo control. Ha sido muy agradable rodar con ella”, comenta, mientras señala que en el museo de Atapuerca ya existe una ruta dedicada a la película, accesible para los visitantes.
Creo en la importancia de las terapias familiares
A pesar de todos estos éxitos, Daniel mantiene una relación serena con la fama. “Si me paran por la calle, siempre lo hacen con respeto. Empecé a trabajar cuando ya no era tan joven, y quizá por eso no atravesé ese fenómeno fan exacerbado de la adolescencia, lo que ha facilitado las cosas. Vivo muy tranquilo en ese sentido; sinceramente, no sé cómo reaccionaría si un trabajo me expusiera al nivel de, por ejemplo, los actores de ´La casa de papel´, de lo que hablábamos antes. Aunque también la fama es algo efímero, son oleadas de popularidad que es positivo si eso te trae nuevos proyectos”, confiesa.
Terminamos recordando HIT, uno de los grandes éxitos de RTVE, un retrato de los trastornos y conflictos que afectan hoy a los jóvenes. “Es una serie que aborda lo que rara vez se cuenta: adicciones, trastornos, intentos de suicidio… y todo desde la mirada de un profesor que, dentro de su imperfección, no se limita a aleccionar, sino que se adentra en las casas de los jóvenes. Creo profundamente en las terapias familiares y en la importancia del pasado: la serie muestra que muchos jóvenes conflictivos tienen contextos difíciles detrás, y para ayudarlos hay que enseñarles a gestionarlo”, explica Grao sobre su personaje, el profesor que da nombre a la serie.
La documentación de HIT ha sido tan rigurosa que ha servido de ejemplo en numerosos centros. “Hubo una chica que trabajaba en un centro femenino para jóvenes de catorce a dieciocho años con problemas o delitos previos. Me dijo que utilizaban la serie: ponían un capítulo y extraían conclusiones. Me invitó a conocerlas y organizamos un foro donde ellas preguntaban y yo también. Conocí historias impactantes, muchas con pasados muy complicados”, recuerda, antes de llegar a una reflexión que condensa su mirada sobre la profesión: aprender no solo a ponerse en la piel de otras realidades, sino a conocerlas de primera mano.
Así termina una larga conversación, en la que una de las lecciones no versa sobre la ficción, sino sobre la vida misma: el pasado, aunque a veces doloroso, no es un error, sino un laboratorio de experiencias. Cada vivencia, incluso la más difícil, se convierte en materia para crecer, comprender y transformar el presente. Eso hizo Grao. Eso seguirá haciendo.
“¿Qué me está queriendo decir la vida con esto?”, se preguntó Daniel Grao al observar cómo ´La Casa de Papel´ adquiría dimensión global tras haber aspirado a encarnar a El Profesor o a Berlín, cuando la serie todavía era un proyecto discreto de la parrilla de Antena 3. “En aquel momento iba a estrenar como protagonista ´La catedral del mal´ en la cadena y, aunque les gusté mucho, me enteré después de que decidieron apostar por caras nuevas, actores menos conocidos… mira cómo es la vida: algunos se han transformado en fenómenos globales”, comenta con una sonrisa que delata su buen humor, mientras posa en Ibiza durante su viaje junto a Don Papa Rum, el distinguido ron filipino, y lo hace con carácter, como si la cámara lo transformara.