Los hermanos Cortina Lapique se llevan una alegría con Las Iruelas, la finca heredada de su padre
La empresa rústica que fue el gran refugio de Alfonso Cortina cierra el año en verde y confirma la buena salud del legado familiar
Las Iruelas es algo más que una finca. Fue el refugio personal de Alfonso Cortina, ex presidente de Repsol, uno de los grandes ejecutivos del capitalismo español y, en paralelo, un apasionado del vino con un conocimiento tan profundo como poco ostentoso. En aquellas tierras de Retuerta del Bullaque, en la ladera sur de los Montes de Toledo, Cortina volcó una de sus grandes pasiones, mucho antes de que su nombre quedara definitivamente ligado a Vallegarcía, hoy una de las bodegas de referencia del vino español contemporáneo.
El recuerdo de aquella finca quedó inmortalizado en una entrevista ya mítica firmada por José Peñín en 2001, cuando Cortina aún no había levantado la bodega que acabaría siendo su gran legado enológico. Entonces, el ejecutivo hablaba de su bodega personal (50.000 botellas, ocho mil de ellas bajo su propia casa) con la misma naturalidad con la que detallaba reuniones con Blair o Aznar. “El personaje se mueve entre dos colores: el oro negro del petróleo y el oro rojo de sus vinos”, escribió Peñín tras catar con él algunas de las joyas más codiciadas de Borgoña, Burdeos o Ribera del Duero. Aquella finca toledana, descrita como una Toscana española, era ya el embrión de un proyecto mucho mayor: una bodega concebida por gravedad, con viñedos de cabernet sauvignon, merlot, syrah y viognier, impulsada por la amistad con Carlos Falcó y por una idea clara de excelencia.
Tras la muerte de Alfonso Cortina, sus hijos heredaron no solo un patrimonio, sino también una manera de entender la tierra, el vino y el largo plazo. Las Iruelas, la sociedad familiar dedicada a la explotación de fincas rústicas, quedó en manos de los hermanos Carlos y Felipe Cortina Lapique, que asumieron el compromiso de cuidar y preservar ese legado. Una tarea constante y no siempre sencilla, que ahora les ha dado una alegría en forma de números.
Poco antes de Nochebuena, los hermanos depositaron en el Registro Mercantil las cuentas correspondientes a dos ejercicios consecutivos, 2023 y 2024, una actualización poco habitual que permite por fin analizar con perspectiva la situación real de esta empresa dedicada a la gestión de la finca. El dato más relevante es que Las Iruelas ha vuelto a cerrar el año en positivo, tras un 2023 marcado por pérdidas moderadas. En 2024, la sociedad registró beneficios y dejó atrás los números rojos, una señal clara de estabilidad y buena salud.
Más allá del resultado puntual, las cuentas reflejan una empresa muy sólida desde el punto de vista patrimonial. Con más de 20 millones de euros en activos, Las Iruelas se apoya casi por completo en su patrimonio: fincas, terrenos e inmuebles que concentran el grueso de su valor. No hay deuda bancaria y la compañía está financiada prácticamente en su totalidad con fondos propios, reforzados además por nuevas aportaciones de los socios, una muestra del respaldo continuado de la familia al proyecto heredado de su padre.
La mejora también se percibe en la liquidez y en la gestión del día a día. La empresa reduce compromisos a corto plazo, refuerza su posición de caja y mantiene una estructura estable, con una plantilla ligada a los trabajos agrícolas y de mantenimiento. Todo ello dibuja el perfil de una sociedad patrimonial sin sobresaltos financieros y con vocación de continuidad.
El administrador único es Felipe Cortina Lapique, aunque la propiedad corresponde a ambos hermanos. Felipe, el menor de los dos, ha construido además su propio camino empresarial al margen del legado familiar como fundador de Jimmy Lion, la marca de calcetines que se ha convertido en un fenómeno internacional del comercio digital y el diseño. Su vinculación emocional con la finca es profunda: allí se casó, en el mismo enclave que durante décadas fue el centro de la vida familiar de los Cortina.
Su hermano Carlos Cortina, igual de discreto en lo público, comparte esa herencia cultural y sentimental ligada al campo y al vino, una pasión transmitida directamente por Alfonso Cortina y reforzada por el entorno intelectual y gastronómico en el que se movía. Ambos han optado por mantener un perfil bajo, alejado del ruido, mientras consolidan con hechos (más que con gestos) la continuidad de un legado singular.
Hoy, con Las Iruelas cerrando el año en verde y mostrando una buena salud financiera, los hermanos Cortina Lapique pueden celebrar algo más que unos buenos resultados. Pueden constatar que aquella finca que fue el orgullo de su padre tiene futuro y sigue fiel al espíritu con el que Alfonso Cortina la concibió.
Las Iruelas es algo más que una finca. Fue el refugio personal de Alfonso Cortina, ex presidente de Repsol, uno de los grandes ejecutivos del capitalismo español y, en paralelo, un apasionado del vino con un conocimiento tan profundo como poco ostentoso. En aquellas tierras de Retuerta del Bullaque, en la ladera sur de los Montes de Toledo, Cortina volcó una de sus grandes pasiones, mucho antes de que su nombre quedara definitivamente ligado a Vallegarcía, hoy una de las bodegas de referencia del vino español contemporáneo.