El ocaso de los nobles: rebelión en las cuatro casas ducales más importantes de España
Los aristócratas andan revueltos. Representantes de un mundo vetusto y anticuado que en nada se parece al actual, los nobles se encuentran en pie de guerra.
Los aristócratas andan revueltos. Representantes de un mundo vetusto y anticuado que en nada se parece al actual, los nobles se encuentran en pie de guerra. Mientras algunos piden regresar al orden tradicional donde el hombre ejerce su preeminencia sobre la mujer, la sociedad civil ya no entiende los honores y privilegios que la historia les ha otorgado. La esencia del sentido aristocrático también ha tocado fondo y sus principales valedores proponen, en una medida de urgencia, regresar a los valores de antaño.
Estos días, la Diputación de la Grandeza ha visto cómo algunos de sus miembros, como la familia del duque del Infantado, se han dado de baja en la Institución, por entender que ésta no se ha opuesto lo suficiente a la Ley de Sucesión en Títulos y Grandezas. A su vez, las cuatro grandes casas ducales de España atraviesan momentos de cambio, de transición. ¿Es este el fin, el ocaso, de las dignidades a las que están acostumbrados nuestros aristócratas? ¿Sigue siendo relevante la nobleza de la sangre en un mundo, donde la democracia y la igualdad entre todos están más cerca de la realidad que de la utopía, donde el materialismo se impone a pasos agigantados?
El escritor José Miguel Carrillo de Albornoz se ha convertido en el fiel cronista de este apocalipsis del rancio abolengo en el libro Duquesas. Un póquer de damas en siglo XX, que ya viven las cuatro casas ducales más importantes del país: la de Alba, con Cayetana Fitz James Stuart; Medina Sidonia con la muerte de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la ‘duquesa roja’; Victoria Eugenia Fernández de Córdoba, Medinaceli, y Ángela María de Solís- Beaumont, duquesa de Arcos y heredera de Osuna. En la práctica totalidad de los predios de estas cuatro aristócratas, que tienen muchos puntos en común, la sucesión, la conservación del patrimonio y el reparto de los títulos nobiliarios han llevado a una situación de intrigas, rivalidad y envidias familiares que harían las delicias de cualquier película de suspense.
La duquesa roja, el palo de diamantes
Aunque la duquesa de Alba es la más popular, la fallecida duquesa de Medina Sidonia ha sido, sin duda alguna, la más polémica, a quien el autor de este recorrido por los linajes de mayor fuerza de la geografía nobiliaria de España le entrega el palo de diamantes, “por su heterodoxia, su azarosa vida, su fuerza personal y su compleja herencia”. Algo con lo que su hijo Gabriel González de Gregorio, que ha pasado un mes en el Archivo Histórico Nacional apara demostrar la “falsedad” que ha sufrido la historia del siglo XIX y XX, no está de acuerdo. En breve, emprenderá una campaña mediática para demostrar el clasismo y los planes maquiavélicos urdidos por su madre para dejarle fuera, tanto a él como a su hermana Pilar, duquesa de Fernandina, de la herencia, que vale mucho más por el archivo familiar que por sus posesiones.
Escucharle echando pestes de la mujer que le trajo al mundo, tan sólo encuentra su lógica explicación en el dolor que la ausencia de la duquesa le provocó durante su infancia. Aun así, los desencuentros familiares entre Liliana Dahlmann, la viuda de la duquesa de Medina Sidonia, con quien se casó apenas horas antes de morir a causa de un cáncer de pulmón en el que ha sido considerado por muchos un auténtico golpe maestro, el actual duque de Medina Sidonia, Leoncio Alonso, y su mujer con el otro bando, integrado por Pilar y Gabriel, han llegado a los Tribunales y todavía siguen su curso. La guerra sucesoria no ha hecho más que empezar.
La duquesa de Arcos, el palo de tréboles
El caso de la duquesa de Osuna es quizá el más desconocido para el gran público. Y también uno de los más complicados al no existir fundación alguna que controle el reparto de patrimonio en el momento en el que Ángela María Téllez- Girón y Duque de Estrada, actual duquesa de Osuna, condesa duquesa de Benavente y otros títulos más, fallezca. Por lo pronto su heredera, Ángela de Solís Beaumont, duquesa de Arcos, “no está nada preocupada por su futuro más cercano, aunque es consciente de su responsabilidad”, en palabras de José Miguel Carrillo de Albornoz.
Lejos del concepto de vida contemplativa que pueda destilar la existencia de una Grandeza de España cualquiera, la heredera desempeña su labor profesional en una consulta psicológica en la que, al parecer, le va muy bien. ¿Comenzarán los problemas entre las hermanas, duquesas de Plasencia, Uceda y Medina de Rioseco, cuando la duquesa de Osuna muera y el balón pase a su tejado? La historia de otras casas ducales parece indicar que así será.
La duquesa de Medinaceli, el palo de picas
Con cincuenta títulos nobiliarios, además de once Grandezas de España, Mimi, así es conocida entre sus familiares Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa, es una mujer reservada alérgica al mundo del corazón a pesar de que sus nietos, Rafael, duque de Feria, y Luis Medina son personajes habituales del colorín.
El autor del libro le ha otorgado el rango de palo de picas, “porque por su linaje y sangre es la heredera de la primogenitura real de la corona de Castilla, y desde siempre, en España, los duques de Medinaceli han sido los primeros entre los nobles del reino por esa sangre primogénita real que hace que su casa se intitule real y ducal casa”, afirma.
La duquesa de Alba, la reina de corazones
Quince veces Grande de España por derecho propio, todo el mundo conoce a la duquesa de Alba. Además, su romance con el funcionario Alfonso Díez copa portadas y más portadas de las revistas. Siempre con el mundo por montera, la duquesa de Alba ha reunido el patrimonio familiar en una Fundación, a la que se encuentra a la cabeza Carlos, duque de Huéscar, a pesar de que las posesiones de los Alba son tan extensas que extrapolan del grosso de lo que la Fundación alberga. Aunque lo que más preocupa en estos días a sus hijos es que la duquesa se vuelva a casar, lo que complicaría las cosas.
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