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Elizabeth Taylor y sus joyas: las historias reales detrás de sus diamantes, 15 años después de su muerte
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UN MITO IRREPETIBLE

Elizabeth Taylor y sus joyas: las historias reales detrás de sus diamantes, 15 años después de su muerte

No eran solo piezas de lujo: cada una estaba ligada a una etapa de su vida, a una relación intensa o a un momento clave, convirtiendo su colección en un reflejo íntimo de quién fue dentro y fuera de la pantalla

Foto: Elisabeth Taylor, con una tiara, en una foto de 1956. (Getty Images)
Elisabeth Taylor, con una tiara, en una foto de 1956. (Getty Images)

Hace 15 años que Elizabeth Taylor murió, pero su nombre sigue brillando con la misma intensidad que las joyas que la acompañaron toda su vida. Nunca fue solo lujo ni exceso —o no únicamente—, había algo más profundo: cada pieza estaba ligada a un hombre, a un momento, a una emoción concreta, casi como si su vida pudiera leerse a través de diamantes. En su libro, 'Elizabeth Taylor: Mi historia de amor con las joyas', ella misma ordena ese recorrido y pone contexto a piezas que, sin esa historia, serían solo cifras millonarias en una subasta.

Las esmeraldas de Bulgari marcaron el inicio de su relación con Richard Burton y quedaron ligadas directamente al rodaje de 'Cleopatra', en Italia. Fue ahí donde empezó todo: el romance, la exposición mediática y una forma de vivir rodeada de lujo que acabaría definiendo esa etapa. Más que por su valor, estas piezas quedaron asociadas a ese contexto. En la subasta de Christie’s de 2011, el conjunto —collar, pendientes, broche y anillo— alcanzó los 5,6 millones de euros. Una cifra que refuerza el peso que terminaron teniendo más allá de lo puramente material.

placeholder Julianne Moore con el collar de esmeraldas de Bulgari de Elisabeth Taylor. (Getty Images)
Julianne Moore con el collar de esmeraldas de Bulgari de Elisabeth Taylor. (Getty Images)

El diamante Krupp, que con el tiempo pasó a conocerse como el Elizabeth Taylor Diamond, ocupó un lugar distinto dentro de su colección porque fue una de las pocas piezas que realmente formaron parte de su día a día. Se lo regaló Richard Burton en 1968, en una etapa en la que su relación ya estaba consolidada. No era una joya reservada para grandes ocasiones; lo llevó con frecuencia y terminó integrándolo en su propia imagen pública, hasta el punto de que acabó siendo una de sus piezas más reconocibles. Terminó vendiéndose por cerca de seis millones de euros y se consolidó como una de las piezas más valiosas de toda su colección.

La Peregrina —una de las más conocidas de su colección— no fue para Elizabeth Taylor una pieza intocable, pese a su historia ligada a la monarquía europea. Se la regaló Richard Burton en 1969, en pleno auge de su relación, cuando ambos vivían entre rodajes, viajes y una exposición constante. En lugar de conservarla como reliquia, decidió modificarla junto a Cartier para poder llevarla con más frecuencia, integrándola en un collar más acorde a su estilo. La llevaba con naturalidad hasta el punto de perderla en un hotel y acabar encontrándola en la boca de uno de sus perros. Acabó vendiéndose por más de nueve millones de euros en 2011.

Una obsesión de un millón

El diamante Taylor-Burton resume, mejor que ninguna otra pieza, el punto más desmedido de su relación con Richard Burton. No fue un regalo cualquiera: él se obsesionó con conseguirlo y no paró hasta hacerse con él en subasta. A partir de ahí, dejó de ser una joya privada para convertirse en noticia constante, expuesta y comentada en todo el mundo. Es la etapa en la que todo en su vida era exceso, foco y ruido. Y el diamante encaja exactamente en ese contexto. Años después, la actriz lo vendió por 4 millones de euros —el galés pagó algo más de un millón—.

El colgante Taj Mahal estuvo ligado a una etapa distinta de su relación con Richard Burton. En concreto, cuando el romanticismo seguía presente, pero ya con un componente más consciente. Se lo regaló por su 40 cumpleaños. La pieza, con forma de corazón, encajaba perfectamente en ese tipo de gestos: cargada de simbolismo y pensada para impresionar y emocionar. Más que una joya puntual, funcionaba como una declaración dentro de una relación que ya se movía entre lo íntimo y lo público sin separación clara. En la subasta de Christie’s de 2011 alcanzó los siete millones de euros, muy por encima de las estimaciones iniciales.

placeholder Richard Burton con el colgante de diamantes del Taj Mahal que le regaló a Elizabeth Taylor. (Getty Images)
Richard Burton con el colgante de diamantes del Taj Mahal que le regaló a Elizabeth Taylor. (Getty Images)

La tiara que le regaló Mike Todd quedó ligada a un momento muy distinto dentro de su vida. Fue un regalo durante su matrimonio, la etapa que ella siempre recordó como la más feliz. No era una joya pensada para el espectáculo ni para ser fotografiada, tenía otro peso. Dentro de su colección funcionaba casi como una excepción, porque no respondía a esa dinámica de gestos grandilocuentes o mediáticos. Años después, fue vendida por cuatro millones de euros. Sin embargo, en este caso, la cifra decía poco: lo importante era el momento al que estaba ligada.

placeholder Elisabeth Taylor, con la tiara, y Mike Todd. (Getty Images).
Elisabeth Taylor, con la tiara, y Mike Todd. (Getty Images).

Aunque muchas de sus joyas quedaron ligadas a sus relaciones —especialmente a la etapa con Richard Burton—, su colección no se limitó a una sucesión de regalos. También hubo decisiones propias, compras conscientes y piezas que le interesaron por su historia más allá de quién se las entregara. Ahí entran ejemplos como la propia Peregrina o el colgante Taj Mahal, que arrastraban siglos de recorrido antes de llegar a sus manos. También adquisiciones en subastas que respondían más a su criterio que a un gesto romántico. Ese matiz cambia la lectura: no era solo la mujer que recibía joyas, también era quien elegía qué quería tener y por qué.

Hace 15 años que Elizabeth Taylor murió, pero su nombre sigue brillando con la misma intensidad que las joyas que la acompañaron toda su vida. Nunca fue solo lujo ni exceso —o no únicamente—, había algo más profundo: cada pieza estaba ligada a un hombre, a un momento, a una emoción concreta, casi como si su vida pudiera leerse a través de diamantes. En su libro, 'Elizabeth Taylor: Mi historia de amor con las joyas', ella misma ordena ese recorrido y pone contexto a piezas que, sin esa historia, serían solo cifras millonarias en una subasta.

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