Eugenia de Montijo: la aristócrata rebelde que se pintaba los ojos con khôl, se hizo el primer cambio de look radical e inspiró el agua de colonia
Casada con Napoleón III y convertida en emperatriz, si creías que el legado de Eugenia de Montijo se limitaba solo a coronas y descendencia aristocrática, en su bicentenario descubrirás su indudable influencia en el mundo de la belleza
Nació en Granada, pero a los 27 años, María Eugenia Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick, a la que popularmente conocemos como Eugenia de Montijo, se casó con Napoleón III Bonaparte, convirtiéndose así en emperatriz del Segundo Imperio Francés.
Su personalidad, sus inquietudes (defendió los derechos de las mujeres y el sufragio universal) y su estilo la convirtieron en un personaje muy popular en su época además de por sus títulos. Eugenia de Montijo convirtió la moda en su arma de comunicación y publicidad, pero el terreno de belleza en uno de los más beneficiados por sus avances.
En un periodo en el que las normas estéticas defendían el minimalismo y la naturalidad, ella incorporó atrevidos cambios como el maquillaje de los ojos y los labios. Como les ocurriera a Sissí o a María Antonieta, se la acusó de frívola, aunque sus lecciones beauty aún perduran.
La reina Victoria de Inglaterra fue coetánea de Eugenia de Montijo pero, mientras la una defendía la idea de que había que usar maquillaje, pero había que hacerlo de tal modo que no se notara y por ello recurría a ungüentos que dejaran la piel ultraluminosa y bálsamos labiales elaborados con cera de abejas y uvas negras; la española quería que se notara.
En diferentes textos de la época se destaca que, para enmarcar su mirada los repasaba con un lápiz de ojos khôl, cremoso y de un pigmento negro intenso, el contorno de los suyos. Al tener los ojos claros, el lápiz negro los enmarcaba y resaltaba, un truco de belleza nada habitual en la aristocracia de la época.
La emperatriz Eugenia de Montijo en un grabado de W.H.Gibbs. (The Print Collector/Heritage Ima)
“Marcó estilo en su forma de maquillarse, se delineaba los ojos con kohl, cuidaba sus pestañas con abéñula y se pintaba los labios con carmín” señala Paulina López Pita en el Nº 67 de Toletum, Boletín de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.
Su imagen, por tanto, era muy diferente, algo que se aprecia en sus retratos de la época, con cejas definidas, ojos intensificados con forma almendrada y pestañas largas. Frente a su larga melena pelirroja y sus ojos azules, el maquillaje resultaba aún más.
El cabello de Eugenia de Montijo era uno de sus elementos diferenciadores, herencia de su ascendencia escocesa y no tardó en convertirse en protagonista de sus peinados. Para sustentar sus tiaras y coronas, la española ingeniaba peinados. Incorporaba bucles no solo en la parte del cabello que quedaba suelto, sino también en los mechones frontales, sin perder un momento para incorporar alfileres tipo joya.
Retrato de Eugenia de Montijo en su juventud. (Cortesía de Guerlain)
En tiempos complicados, cuando estando junto a su madre en Francia, antes de casarse con el emperador, pasó dificultades económicas y se vio forzada a vender sus joyas, comenzó a colocarse violetas por el cabello para sustituirlas, como apunta Pilar Eyre en su canal de Youtube. Así, convirtió este gesto en una moda en París. La flor se convertiría también en uno de los emblemas de la futura emperatriz.
“Las damas de la corte copiaban sus peinados, sus recogidos en bucles y su cabello adornado con flores naturales; incluso se teñían el pelo de su color caoba rojizo”, puede leerse en el Nº 67 de Toletum.
Años más tarde, tras la muerte de su hijo, cambió su look, haciéndose un flequillo en señal de duelo, pero que también terminó convirtiéndose en una tendencia de moda entre la sociedad, como apunta Carmen de Burgos (Colombine) en su biografía sobre el personaje, ‘La emperatriz Eugenia’. Los cambios de look radicales eran poco habituales en la época y aún quedaban décadas para que la gente se atreviera a llevar flequillo.
Agua de colonia imperial
Sin embargo, el mayor legado estético de Eugenia de Montijo no fue su labor como influencer primigenia, convirtiendo en tendencia todo lo que se ponía sino una de las fragancias más icónicas y que, aun a día de hoy sigue vendiéndose y llevando su emblema, el Eau de Cologne Impériale de Guerlain.
La estrecha relación entre la emperatriz y Pierre-François Pascal Guerlain llevó a Eugenia a convertir al francés en Perfumista oficial de su Majestad en 1853. “El fundador de la Maison Guerlain creó L´Eau Imperiale y el Frasco de Abejas como regalo de bodas de la emperatriz francesa Eugenia de Montijo con Napoleón III”, explican desde la marca, asegurando que esta fue la primera fragancia de la historia hecha a medida para una persona.
Frasco original del Eau de Cologne Impériale de Guerlain de 1853. (Cortesía)
La creación del perfumista, según las tendencias aromáticas del momento en las que primaban las fragancias frescas, lo que denominamos como ‘olor a limpio’, incluía notas cítricas, “la moda en ese momento en la corte dictaba una simplicidad extrema: rosa, flor de azahar y jazmín”. Pero Pierre-François quería elaborar un jugo que fuera mucho más personal y mantuviera a Eugenia de Montijo como protagonista.
Por ejemplo, el perfumista incorporó flor de azahar al agua de colonia a modo de homenaje a la Granada natal de la emperatriz. Y como curiosidad extra, la nota de romero tampoco fue casual, sino que respondía las migrañas que padecía Eugenia, ya que el romero y el ayudaba a mitigar sus migrañas.
Cierran la composición del Eau de Cologne Impériale “frescas notas hespérides de limón y bergamota que se mezclan con el petit grain, y la magia floral del neroli suaviza este bouquet de cítricos”, precisan desde Guerlain.
Frasco de una edición limitada Abeille D’or de 2013 de Guerlain. (Cortesía)
En este homenaje a la emperatriz, casi tan importante como el caldo que la perfumaría, estaba el frasco, una verdadera joya de arte en la que cada detalle giraba alrededor a Eugenia de Montijo.
Tanto en aquella primera versión de 1853 como en la actual -el agua de colonia no ha descontinuado su venta desde entonces-, las abejas que representaban el imperio de Napoleón cubrían todo el frasco. El original estaba diseñado por el vidriero Pochet y se trataba de un frasco semi-manufacturado, una novedad para la época, “estaba inspirado en la cúpula de la columna Vendôme construida para la gloria del Gran Ejército de Napoleón I”.
Curiosamente, desde entonces, la abeja se ha convertido en el símbolo de la Maison Guerlain. En la actualidad, además del Eau de Cologne Impériale, las abejas también decoran los perfumes de edición limitada y Creaciones de Excepción.
200 años después de su nacimiento, aún disfrutamos de las aportaciones de la emperatriz al mundo de la belleza, desde un delineado negro hasta un cambio radical para cerrar una etapa. Eugenia de Montijo lo hizo antes y gracias a ella, oler a limpio ha pasado de sencillo a soberbio.
Nació en Granada, pero a los 27 años, María Eugenia Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick, a la que popularmente conocemos como Eugenia de Montijo, se casó con Napoleón III Bonaparte, convirtiéndose así en emperatriz del Segundo Imperio Francés.