Rocío Jurado: de los rulos en casa a las lentejuelas de Carlos Arturo Zapata
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ANECDOTARIO

Rocío Jurado: de los rulos en casa a las lentejuelas de Carlos Arturo Zapata

La artista siempre llenaba la casa de amigos mientras ella ejercía de matriarca supervisando que a nadie le faltara el champán, los refrescos y que el catering no se quedara corto

placeholder Foto: Rocío Jurado. (CP)
Rocío Jurado. (CP)

Han pasado 15 años desde que Amador Mohedano salía de madrugada a la puerta del chalé de La Moraleja donde se encontraba la prensa para comunicar que Rocío Jurado había fallecido. No quiso que fuera otra persona la que informara de la tragedia familiar. Fue él mismo, como representante y aguantando el llanto, el que quiso transmitir la muerte de la artista. “Se ha ido tranquila, sin angustias y como ella quería, rodeada de los suyos y con la medalla de su Virgen de Regla”.

Hubo un minuto de silencio en la callecita sin salida de la urbanización por la que se llegaba a Villa Jurado, que así se bautizó a su último domicilio familiar. Un chalé de puertas abiertas donde la artista recibía a los periodistas cada vez que había algo que celebrar: sus cumpleaños, los de Pedro Carrasco, la primera comunión de la niña, los discos de platino, los premios de los cronistas de espectáculos de Nueva York y Miami, o el santo de Juan de la Rosa, que más que un secretario era un amo de llaves de la villa. En realidad fue el guardián de sus secretos y el cuidador de Rociito cuando su madre hacía las Américas. Fue también el que tapaba las escapadas de la niña, que tuvo una adolescencia de hija mimada y consentida. Rocío fue más permisiva que Pedro Carrasco en la educación de la hija y ambos la adoraban.

placeholder Rocío Jurado, Pedro Carrasco y Rocío Carrasco. (Foto: Revista Tiempo)
Rocío Jurado, Pedro Carrasco y Rocío Carrasco. (Foto: Revista Tiempo)

Y en estos encuentros festivos la casa se llenaba de amigos y conocidos donde Jurado ejercía de gran matriarca supervisando que a nadie le faltara el champán, el whisky, los refrescos y que el catering no se quedara corto. De hecho, era al contrario y en broma animaba a los invitados a que no se cortaran a la hora de repetir. “Es que si no estamos en casa comiendo croquetas y sándwiches una semana”, decía.

A veces se ponía nostálgica y describía cómo vivían cuando aún era soltera: “Mi casa era muy pequeña. Tenía dos habitaciones, una cocina y un patio que en verano lo utilizábamos como comedor. En una dormían mis padres con mi hermano menor (Amador) y en la otra, Gloria y yo. Siempre había gente”, decía. Esa costumbre heredada del bullicio doméstico la mantuvo en todos los cambios de domicilio. Y no solo en el aspecto de afectos, sino también en determinadas costumbres como el olivo que iba trasplantando de un sitio a otro.

“En el patio de la casa de mis padres había un olivo y yo desgajé una rama grande, y la trasplanté aquí”, aclaraba y enseñaba el jardín de aquel primer chalé en la urbanización Monteclaro (Boadilla del Monte) al que llamó Los Cipreses. Estaba muy cerca de donde vivían Raphael y Natalia Figueroa, Paloma San Basilio, Pedro Ruiz y otros famosos que formaban parte de esa tribu de artistas. Con el tiempo, algunos de ellos se trasladaron como ella a la otra zona noble. Rocío Jurado se llevó su olivo que formaba parte de ese cordón umbilical con su pasado.

placeholder Un artículo sobre Rocío, en la revista 'Tiempo'.
Un artículo sobre Rocío, en la revista 'Tiempo'.

Haciendo las Américas

En esta etapa fue también cuando compró su primera casa de Miami, más que como inversión como una manera de centralizar sus giras en América que podían durar hasta dos y tres meses. “Es un lugar que me encanta. El clima es precioso y la gente muy cariñosa. Además, es una manera de ahorrar porque me gasto un dineral en hoteles”.

En ese primer apartamento se volvía a repetir la historia de España. Recibía a los periodistas y, cuando terminaban sus galas de fin de contrato, organizaba la gran fiesta a la que acudían todos sus amigos y la guinda del encuentro era un recital privado. Tenía un público incondicional y solía recibir el Año Nuevo en Miami. El 31 de diciembre a las 12 horas de España, se tomaban las uvas a ritmo de gong y a continuación un minirrepertorio suyo o de otras figuras importantes como Rocío Dúrcal, que a veces también pasaba esas fechas en Estados Unidos.

Uno de los grandes amigos que formaban parte de ese círculo más privado era el modisto colombiano Carlos Arturo Zapata, su amigo y confidente. Se encargó de vestirla en su boda con Ortega Cano y mucho antes le diseñaba su vestuario para sus galas y conciertos.

placeholder Ortega Cano y Rocío Jurado. (CP)
Ortega Cano y Rocío Jurado. (CP)

Si coincidía que el momento de probarse uno de los modelos de Zapata era antes o después de una entrevista, Rocío le comentaba al periodista que se quedara para dar su opinión. Con los rulos puestos, pedía que la acompañara a su dormitorio en el piso de arriba y le hacía un pase de modelos improvisado. Se cambiaba una, dos y hasta tres veces mientras el fotógrafo y el redactor la miraban improvisando un público entregado.

La habitación, como el resto de la casa, estaba llena de recuerdos y fotos familiares. Y lo más curioso, muebles que había diseñado ella misma. Durante un tiempo hubo una botella con agua del mar de Chipiona. Contaba en aquellos años que con esa agua lavó por primera vez los pies a Rociito. Han pasado quince años de su muerte y ha sido en este año de aniversario cuando su hija ha querido contar su verdad a través del docudrama que nunca hubiera existido de no haber fallecido.

Rocío Jurado
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