La herencia de Juan Ignacio Balada: qué pasó con los millones que les dejaron a Leonor y Sofía
Las hijas de Felipe VI y doña Letizia han renunciado a su parte del patrimonio que dejó el empresario a los miembros de la Casa Real, quien buscaba que su riqueza se quedara en manos públicas para disfrute de los menorquines
La princesa Leonor y la infanta Sofía, en una foto de archivo. (Gtres)
Durante años, el legado del empresario menorquín Juan Ignacio Balada Llabrés ha sido un tema que regresaba de tanto en tanto a los corrillos políticos de Menorca, a la prensa patrimonial y, también, a los pasillos de Zarzuela. No tanto por la cuantía, aunque la cifra impresionaba, cercana a los diez millones de euros. Más bien por el modo, la intención y el destino final de aquel patrimonio que, desde 2009, quedó en manos de los entonces príncipes Felipe y Letizia, y de los ocho nietos de Juan Carlos I.
Una herencia inesperada, envuelta en misterio y con cláusulas casi novelescas, que marcó durante más de una década el rumbo de varios inmuebles de alto valor histórico y social. Hoy vuelve a la actualidad con una decisión que puede cambiar definitivamente su trayectoria: la princesa Leonor y la infanta Sofía han donado su parte correspondiente a la Fundación Hesperia, abriendo una nueva etapa para uno de los patrimonios más singulares vinculados a la Casa Real.
La decisión llegó pocos meses después de que la pequeña alcanzara la mayoría de edad y pudiera, al fin, disponer legalmente de su porcentaje. Hasta entonces, el capital permanecía repartido, pero congelado, a la espera de que cada heredero definiera qué hacer con su porción.
La princesa Leonor, Felipe VI, la reina Letizia y la infanta Sofía, durante la entrega del Toisón de Oro. (Gtres)
Es aquí donde se produce el movimiento que marca un antes y un después: las hijas de los Reyes han cedido el 3,12% que a cada una le correspondía del legado de Balada. Lo han hecho sin reservas, sin beneficiarse económicamente, y sumando su cuota al 50% del patrimonio que Felipe y Letiziaya donaron íntegramente a la misma fundación en 2010.
Queda ahora por saber si los otros seis nietos —Froilán, Victoria de Marichalar, Juan, Pablo, Miguel e Irene Urdangarin— seguirán el mismo camino. En Zarzuela no se pronuncian al respecto, ni tampoco la Fundación, y lo cierto es que cualquier decisión por su parte podría tardar.
Un legado peculiar que casi cambia de país
La historia de la herencia es tan sorprendente que parece escrita para una serie documental. Soltero, sin descendencia directa y de carácter reservado, Juan Ignacio Balada dejó por escrito que, en caso de rechazo por parte de la Casa Real, su patrimonio pasaría íntegro al Estado de Israel. No había vínculos familiares, no existía trato continuado con los Borbones, pero sí una voluntad clara: que su dinero tuviera un fin social gestionado desde la alta institución del país.
Leonor, junto con algunos de sus primos. (Gtres)
Aceptar no fue inmediato. Hubo dudas, reuniones y consultas jurídicas. Finalmente, los entonces príncipes optaron por asumirlo y canalizarlo a través de la creación de una fundación. Hesperia nació en 2010 con el objetivo concreto de promover iniciativas de interés público, especialmente vinculadas a Menorca, y dar continuidad al espíritu benéfico del testador.
Desde entonces, el mayor reto no fue económico, sino operativo. ¿Qué hacer con los inmuebles heredados? ¿Cómo gestionarlos sin perder rentabilidad social? ¿Cómo evitar que años de trámites con nietos aún menores de edad bloquearan decisiones clave? La respuesta nunca fue sencilla, y mientras el reloj corría, varias de las propiedades permanecieron cerradas, pendientes de uso, reformas o venta.
El palacete del enigma
Entre esos bienes destaca uno que se ha convertido en símbolo del legado: el Palacete Balada. Es un inmueble de unos 500 metros cuadrados en el corazón de Ciutadella. Fachada color teja, balaustrada neoclásica y un silencio que se instaló tras su puerta durante más de una década.
El palacete de Balada en Ciutadella. (EFE / Josep Pons Fraga )
Llegó a estar en venta por 1,6 millones de euros, pero nunca apareció comprador. La casa siguió allí, cuidada, pero deshabitada, envuelta en un halo magnético que alimentaba la curiosidad de vecinos y paseantes.
El Ayuntamiento ha solicitado en varias ocasiones su cesión para uso social, como ha explicado durante estos años 'Menorca Es Diari'. Querían hacer un centro de día, una residencia tutelada o espacio cultural. La propuesta existía, pero la propiedad compartida entre ocho nietos complicaba cualquier resolución.
Ahora, con la donación de Leonor y Sofía, el tablero cambia. No se resuelve por completo —faltan las cuotas de los otros seis— pero el movimiento abre camino a una futura gestión más clara y alineada con el deseo original de Balada: que su fortuna beneficiara a la comunidad.
Viviendas alquiladas, reformas millonarias y patrimonio en espera
El legado no se limitaba al palacete. Incluía pisos, solares, locales, una farmacia modernista catalogada como Bien de Interés Cultural, e incluso un piano y una colección de radios antiguas. Las decisiones para dar viabilidad al conjunto no siempre fueron fáciles, y algunas operaciones se movieron con lentitud.
Los Reyes, durante la reinauguración de la farmacia Llabrés en 2023. (EFE / David Arquimbau Sintes)
Parte de los inmuebles se pusieron a la venta en 2017, pero solo uno encontró comprador. El resto continúa bajo administración, sin prisas y con la intención de no perjudicar a los inquilinos con alquileres antiguos o rentas protegidas. Hesperia, fiel a su misión social, ha priorizado la conservación y reforma frente a la venta inmediata.
Uno de los proyectos más significativos del patrimonio ha sido la rehabilitación de la Farmacia Llabrés, un espacio emblemático que pasó años en decadencia. La obra costó alrededor de 850.000 euros, fue asumida por la fundación y hoy está gestionada por una asociación de personas con discapacidad. Los Reyes asistieron a su inauguración en 2023, en un acto que visibilizó el impacto real del legado en la vida social menorquina.
El empresario detrás del mito
¿Quién era realmente el hombre que dejó su dinero a la familia real? Balada Llabrés fue hijo de un empresario catalán y de Catalina Llabrés, primera farmacéutica de la isla. Pianista en Barcelona durante su juventud, era lector del 'Financial Times', curioso, culto y reservado.
Juan Ignacio Balada Llabrés, en una foto de archivo. (EFE / Carlos Dubón)
Hizo fortuna en el sector inmobiliario y nunca se casó ni tuvo hijos. Su voluntad fue construir algo que trascendiera su propia existencia, un gesto que tres lustros después continúa generando decisiones y titulares.
Es aquí donde la figura de la princesa Leonor y la infanta Sofía adquiere sentido histórico. Al donar su parte a Hesperia, alinean el futuro del patrimonio con la intención inicial del benefactor, favoreciendo que más inmuebles puedan convertirse en proyectos sociales, culturales o asistenciales para Menorca.
Lo que ocurra con el resto de herederos definirá el capítulo final, pero las piezas ya han empezado a moverse por el tablero. Cuando los portones del palacete se abran —porque tarde o temprano lo harán— el eco del gesto será tan visible como las paredes que guarda desde hace quince años la memoria de un benefactor al que nunca conocieron, pero al que han decidido honrar.
Durante años, el legado del empresario menorquín Juan Ignacio Balada Llabrés ha sido un tema que regresaba de tanto en tanto a los corrillos políticos de Menorca, a la prensa patrimonial y, también, a los pasillos de Zarzuela. No tanto por la cuantía, aunque la cifra impresionaba, cercana a los diez millones de euros. Más bien por el modo, la intención y el destino final de aquel patrimonio que, desde 2009, quedó en manos de los entonces príncipes Felipe y Letizia, y de los ocho nietos de Juan Carlos I.