Mantener la nevera ordenada parece, en teoría, la tarea doméstica más sencilla del mundo: abrir, colocar y cerrar. Sin embargo, la forma en la que distribuimos los alimentos puede determinar si se conservan en buen estado… o si se estropean antes de tiempo. Y, según los expertos en seguridad alimentaria, hay un error tan común como silencioso que casi todos cometemos: guardar los huevos y la leche en la puerta del frigorífico.
Paradójicamente, ese espacio diseñado específicamente para estos productos —muchas veces con huevera incorporada o incluso pegatinas que indican su ubicación— es el peor lugar para conservarlos. La puerta es la zona menos fría y más inestable de la nevera: cada vez que se abre, recibe un impacto directo de aire caliente que eleva la temperatura de forma brusca. Y estos cambios repentinos, explican los especialistas, son letales para alimentos que necesitan frío constante.
Los plátanos no aguantan más en la nevera. (Pexels / Ron Lach)
El caso de los huevos es especialmente curioso. En los supermercados españoles están siempre fuera de la nevera, lo que genera confusión. Pero esto tiene una explicación técnica: se mantienen sin refrigerar para evitar que sufran cambios bruscos de temperatura entre la calle, la tienda y la casa del consumidor. Una vez en el hogar, sin embargo, sí deben conservarse en el frigorífico. Según la tecnóloga de alimentos Beatriz Robles, un cambio de temperatura puede crear condensación en la cáscara —una superficie porosa— y facilitar la entrada de microorganismos. La nevera es obligatoria, pero no la puerta: deben ir en la zona más estable, la parte alta.
Para ordenar correctamente la nevera, Robles propone aplicar la regla FIFO: First in, first out (el primero que entra, el primero que sale). Funciona igual que en los supermercados. Cada vez que llenes el frigorífico, coloca los productos nuevos al fondo y trae hacia delante los que llevan más tiempo. Así evitarás que queden olvidados y reducirás el desperdicio alimentario.
Debemos limpiar nuestra nevera con regularidad. (Pexels / Mike Jones)
Pero más allá de qué colocar primero, importa dónde va cada alimento. La parte más baja del frigorífico —la más fría— debe reservarse para la carne y el pescado crudos, sobre todo porque pueden soltar líquidos y contaminar otros productos. Si tu nevera tiene dos cajones, uno debería destinarse a carnes y pescados y el otro a frutas y verduras; si solo hay uno, aunque tenga dibujitos de vegetales, úsalo como zona para alimentos crudos de origen animal.
Las baldas intermedias ofrecen una temperatura moderada y estable, lo que las convierte en el lugar perfecto para frutas, verduras, restos de comida, platos cocinados, embutidos y quesos. Todo debe ir bien tapado para evitar contaminaciones cruzadas. En la parte más alta, más templada, es donde realmente deben ir los huevos, la leche abierta, los yogures y las semiconservas. La puerta, por su parte, queda relegada a productos que toleran bien las variaciones térmicas: bebidas, zumos, salsas abiertas, mermeladas o condimentos. Es el lugar con mayor oscilación de temperatura, así que solo debería usarse para aquello que no depende de un frío constante.
Mantener la nevera ordenada parece, en teoría, la tarea doméstica más sencilla del mundo: abrir, colocar y cerrar. Sin embargo, la forma en la que distribuimos los alimentos puede determinar si se conservan en buen estado… o si se estropean antes de tiempo. Y, según los expertos en seguridad alimentaria, hay un error tan común como silencioso que casi todos cometemos: guardar los huevos y la leche en la puerta del frigorífico.