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Ha sido una ceremonia poco tradicional

Harry y Meghan rompen las reglas en la última gran boda real

La familia real al completo ha asistido a la ceremonia más atípica que se podía esperar

Foto: Meghan Markle entrando en la capilla de St. George.
Meghan Markle entrando en la capilla de St. George.

La madre de la novia apareció con rastas y piercing en la nariz. El reverendo encargado del sermón puso una Tablet en el atril de un templo con más de cinco siglos de historia y parafraseó a Martin Luther King. Los niños del coro se cambiaron un por grupo de góspel que interpretó una inspiradora versión de "This Little Light of Mine", de Etta James, uno de los temas favoritos en las iglesias afroamericanas que fue adoptado por el movimiento de los derechos civiles en los 50 y 60. Y la novia entró en la capilla sola porque su padre canceló la asistencia 48 horas antes del enlace, maquillando con supuestos problemas de salud un escándalo con paparazzis. No, definitivamente, la boda de Harry (33 años) y Meghan (36) no ha sido una boda real al uso.

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La casa de Windsor se había modernizado mucho en últimos años. Hasta el punto de permitir al príncipe Carlos, el mismísimo heredero al trono, casarse en segundas nupcias con Camilla, a la que había prometido convertirse en su "tampax" en la tórrida conversación que los tabloides sacaron a la luz en 1992.

Pero el enlace del hijo rebelde de Lady Di con la actriz americana ha dado un paso más uniendo para siempre en santo matrimonio el estricto protocolo de palacio con el show americano, la tradición con la modernización, la raza blanca con la mestiza.

La boda que se ha celebrado este sábado en la capilla de St. George del castillo de Windsor pone el colofón a un cuento de hadas que tuvo su primera versión truncada en 1937. Entonces, Eduardo VIII –tío de la actual reina- se casó con la socialité Wallis Simpson y como regalo de bodas, palacio dio a la pareja un exilio en los Estados Unidos. Lleno de lujos, pero exilio obligado, al fin y al cabo.

Los recién casados.
Los recién casados.

Con Harry todo ha sido distinto. Para la reina Isabel II, su nieto siempre ha sido de alguna manera su ojito derecho. Ve en él, el lado salvaje que en su día le cautivó de su marido, el príncipe de Edimburgo, al que el protocolo le crea también el mismo ahogo. Como presente, la soberana ha otorgado a la pareja el ducado Sussex.

La jefa de Estado y la Iglesia Anglicana dejó este sábado todo el protagonismo a los novios para que pudieran realizar a su manera la que supone "la última gran boda". Harry era el último gran royal que quedaba aún por casar. Las pamelas se guardan en el cajón durante los próximos años.

Harry, el sexto en la línea de sucesión al trono, anunciaba compromiso en noviembre tras un noviazgo fugaz. El príncipe rebelde disfrazado de nazi en cumpleaños y despelotado en fiestas salvajes de Las Vegas sentaba la cabeza con una actriz americana mestiza. La descendiente de esclavos ha entrado por la puerta grande en la familia real que sancionó la esclavitud.

Y lo ha hecho sola, acompañada tan solo de sus damas y pajes en una imagen que no ha hecho más que potenciar su figura de mujer fuerte e independiente. No fue hasta la mitad del pasillo de la capilla cuando Meghan se reunió con el príncipe Carlos, que terminó con ella el camino hacia el altar, acompañándola, que no entregándola a su hijo.

La entrada inusual de la novia al templo no era el único gesto que rompía con el protocolo. Los novios pidieron al arzobispo de Canterbury, Justin Welby, que les llamara por sus nombres de pila. Aunque el reverendo Michael Curry fue más allá al referirse a ellos como "brother and sister" ("hermano y hermana").

Harry y Meghan Markle. (Reuters)
Harry y Meghan Markle. (Reuters)

El primer afroamericano en dirigir la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos (una rama de la iglesia Anglicana) era conocido al otro lado del Atlántico por su defensa de los derechos civiles, de las minorías raciales y del matrimonio gay. Pero desde este sábado, su fama es ya internacional al convertirse en la estrella inesperada gracias a su épico discurso dedicado al amor.

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El reverendo mencionó Facebook y Twitter. Aunque más que el fondo, fueron las formas lo que provocó las miradas atónitas de los asistentes, empezando por la propia reina Isabel II. El estilo británico no está acostumbrado a la efusividad que se ve en películas americanas, aquellas que Meghan ya jamás podrá protagonizar. La americana deja su carrera de actriz y su voz política para aprender la difícil tarea de neutralidad que le exige ahora su ducado.

Por supuesto, durante los votos, no hubo opción de que existiese promesa de obediencia. La propia Diana rompió con todo aquello en su boda en 1981. Y estaba claro que Meghan, que de niña logró cambiar con una carta un anuncio de detergentes calificado de sexista, no iba a dar ahora un paso atrás en la historia de Palacio donde la tradición sucumbió este sábado a un nueva era (fin).

Harry le pone el anillo a Meghan. (Reuters)
Harry le pone el anillo a Meghan. (Reuters)

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