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La princesa Akiko recupera la tiara de flecos de la familia Nabeshima, una joya perdida con la caída de los Nashimoto rescatada por la Casa Imperial
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UNA TIARA RECUPERADA

La princesa Akiko recupera la tiara de flecos de la familia Nabeshima, una joya perdida con la caída de los Nashimoto rescatada por la Casa Imperial

La pieza histórica, vinculada a una antigua estirpe aristocrática y desaparecida tras la posguerra, reaparece en el saludo de Año Nuevo como símbolo del nuevo papel de la prima del emperador Naruhito dentro de la familia real de Japón

Foto: Las princesas Aiko y Akiko con sus respectivas tiaras, entre ellas la de la familia Nabeshima, el 1 de enero. (Instagram / @kunaicho_jp)
Las princesas Aiko y Akiko con sus respectivas tiaras, entre ellas la de la familia Nabeshima, el 1 de enero. (Instagram / @kunaicho_jp)

En la estricta liturgia de la Casa Imperial japonesa, donde casi nada es casual y todo está cargado de simbolismo, una tiara puede decir mucho más que un discurso. El pasado 1 de enero, durante la tradicional ceremonia de saludos de Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio, hubo un detalle que no pasó desapercibido para los observadores más atentos: la princesa Akiko de Mikasa apareció luciendo una tiara que no era la suya. Un gesto aparentemente menor que, en realidad, encierra una historia de poder, memoria familiar y un delicado ejercicio de recuperación patrimonial.

El emperador Naruhito y la emperatriz Masako presidían el acto desde el Salón Matsu-no-Ma, rodeados por los principales miembros de la familia imperial y representantes institucionales. Junto a la princesa Aiko y a los integrantes de la rama Akishino, estaba Akiko, prima del emperador, que estrenaba no solo estatus, sino también joyas. Por primera vez desde que alcanzó la mayoría de edad, la princesa no llevaba la tiara que le fue entregada a los 20 años, como dicta la tradición nipona, sino una pieza histórica vinculada a otra rama aristocrática hoy prácticamente desaparecida.

Una excepción dentro de una norma inflexible

Las princesas japonesas suelen recibir una única tiara en su vida y la conservan como símbolo permanente de su rango. Son joyas sobrias, casi siempre de diamantes y perlas, sin apenas piedras de color, pensadas más como emblemas institucionales que como adornos personales. Que Akiko haya sumado una segunda tiara a su joyero no es solo inusual: es una anomalía que solo se explica a la luz de su nueva posición dentro del entramado imperial.

En septiembre de 2025, el consejo de la Agencia de la Casa Imperial decidió nombrarla jefa de la rama Mikasa, creando una casa independiente que había quedado en suspenso tras la muerte, en 2024, de la princesa Yuriko, su abuela. Por primera vez en décadas —y casi siglos, si se mira con lupa la historia japonesa— una mujer nacida princesa, y no viuda de un titular, asumía la jefatura de una rama familiar.

La tiara que cruzó océanos, fue vendida y rescatada

La joya que ahora luce Akiko tiene su origen lejos de Tokio. A finales del siglo XIX, el marqués Nabeshima Naohiro, undécimo y último daimyō del dominio de Saga, encargó en París un conjunto de joyas con motivo del matrimonio de su hija, Itsuko Nashimoto, con el príncipe Morimasa Nashimoto en 1900. Entre esas piezas destacaban dos tiaras: una de motivos florales y otra de flecos, ambas de una elegancia muy occidental para la época.

En un retrato realizado poco después de la boda, la princesa Itsuko aparece con la tiara floral sobre la cabeza y la de flecos colocada a modo de collar, un juego de versatilidad que demuestra hasta qué punto aquellas joyas eran excepcionales dentro del contexto japonés. Más de un siglo después, la princesa Akiko ha reproducido ese diálogo entre piezas, aunque invirtiendo el orden, como si subrayara el paso del tiempo y el cambio de manos.

placeholder La tiara y el collar de la princesa Itsuko Nashimoto en diferentes momentos de la hisotira. (Instagram / @the_royal_watcher)
La tiara y el collar de la princesa Itsuko Nashimoto en diferentes momentos de la hisotira. (Instagram / @the_royal_watcher)

Tras la Segunda Guerra Mundial, la suerte de la familia Nashimoto cambió radicalmente. Viuda y con importantes deudas fiscales, la princesa Itsuko se vio obligada a vender parte de sus joyas. Aquella dispersión coincidió con la pérdida de relevancia política de la rama familiar y con la desaparición de muchos de sus símbolos materiales. Durante años se perdió la pista de varias piezas, hasta el punto de que algunos expertos daban por hecho que habían salido definitivamente del entorno imperial.

Sin embargo, según han documentado especialistas en joyería histórica y portales como 'Royal Watcher' o 'Histoires Royales', no se descarta que la propia Casa Imperial recomprara discretamente algunas de estas joyas con el paso del tiempo, integrándolas de nuevo en su patrimonio. La reaparición de la tiara de flecos en la cabeza de Akiko parece confirmar esa teoría.

¿Quién es la princesa Akiko?

A sus 44 años, Akiko de Mikasa es una figura atípica dentro de la monarquía japonesa. Un factor que se acentúa con el simbolismo de las joyas que porta, pues fueron la apertura hacia lo occidental. Es exactamente lo mismo que significa su presencia en la corte nipona: la modernización de una de las monarquías más conservadoras del mundo.

placeholder Akiko de Mikasa, en el funeral de su abuela Yuriko. (EFE)
Akiko de Mikasa, en el funeral de su abuela Yuriko. (EFE)

Doctorada en Oxford, especializada en historia y arte, ha desarrollado toda su carrera al servicio de la Casa Imperial. No está casada y, de hacerlo con alguien ajeno a la familia, perdería automáticamente su estatus, un escenario que ahora, tras su nombramiento como jefa de rama, parece aún más improbable.

Su papel institucional se centra en la diplomacia cultural, la arqueología y, de manera muy especial, en las relaciones entre Japón y Turquía, donde ejerce una función simbólica clave. Su nuevo rango ha venido acompañado también de un aumento de responsabilidades y de presupuesto, en una estrategia clara del emperador Naruhito para reforzar las ramas secundarias ante la fragilidad de la línea sucesoria masculina.

En Japón, donde el poder rara vez se exhibe de forma explícita, los gestos importan tanto como las palabras. Recuperar una tiara ligada a una familia que cayó en desgracia, colocarla sobre la cabeza de una princesa que encarna una tímida apertura dentro de un sistema ultraconservador y hacerlo en el acto más solemne del calendario imperial no es casual. La tiara de flecos es una forma de decir que la historia, incluso en la Casa Imperial japonesa, puede reescribirse con cuidado, paciencia y diamantes.

En la estricta liturgia de la Casa Imperial japonesa, donde casi nada es casual y todo está cargado de simbolismo, una tiara puede decir mucho más que un discurso. El pasado 1 de enero, durante la tradicional ceremonia de saludos de Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio, hubo un detalle que no pasó desapercibido para los observadores más atentos: la princesa Akiko de Mikasa apareció luciendo una tiara que no era la suya. Un gesto aparentemente menor que, en realidad, encierra una historia de poder, memoria familiar y un delicado ejercicio de recuperación patrimonial.

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