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Mette Frederiksen: quién es la primera ministra danesa que planta cara a Trump por Groenlandia
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Mette Frederiksen: quién es la primera ministra danesa que planta cara a Trump por Groenlandia

De la casa obrera de Aalborg al corazón de la geopolítica ártica, Frederiksen es madre de dos hijas, tuvo un divorcio doloroso y dejó plantado en el altar a su segundo marido tres veces

Foto: Mette Frederiksen y su marido, Bo Tengberg. (EFE EPA / Keld Navntoft)
Mette Frederiksen y su marido, Bo Tengberg. (EFE EPA / Keld Navntoft)

Hasta la fecha, la figura de Mette Frederiksen, la primera ministra de Dinamarca, no había salido de las páginas de Internacional. Pero la insistencia de Donald Trump en "comprar" o anexionar Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca, ha puesto el foco en esta socialdemócrata nacida en la ciudad obrera de Aalborg en 1977 y poco dada a las frivolidades que tendrá que liderar el pulso con Washington.

Es una apasionada de la política desde la infancia, lo que la llevó a convertirse en 2019 en la persona más joven en ostentar el cargo de primer ministro de Dinamarca (tenía 41 años). Antes de ese cargo, ya había sido ministra de Trabajo (2011-2014) y ministra de Justicia (2014-2015) en el gobierno de Helle Thorning-Schmidt, además de líder del Partido Socialdemócrata desde 2015, y miembro del Folketing (parlamento danés) desde 2001. Un detalle que encaja muy bien con esa mezcla suya de disciplina y pragmatismo es su formación académica, construida a la vez que hacía carrera política. Frederiksen cursó una licenciatura (bachelor) en Administración y Ciencias Sociales en la Universidad de Aalborg, que completó en 2007, y más tarde se especializó con un máster en Estudios Africanos en la Universidad de Copenhague, obtenido en 2009.

Sin embargo, hay una Mette Frederiksen que el público casi nunca ve. Es la que, en la cocina de su casa pone música alta (a menudo soul clásico) y baila con sus dos hijos mientras preparan la cena. Este ritual doméstico y alegre es su antídoto contra la presión de gobernar. Frederiksen guarda con celo esta esfera íntima, reconstruida tras una de las pruebas más duras de su vida: un divorcio muy expuesto cuando ya era una figura política de primer nivel. Parece que en el próximo año tendrá que tirar mucho de estos momentos para afrontar la escalada en el Ártico.

Hasta hace relativamente poco, la líder y su familia vivían en un apartamento en el centro de Copenhague, pero hace unos meses Frederiksen se vio obligada a mudarse: "Se podría decir que ha habido un fuerte interés creciente (en torno a mi persona). También se trata de una cuestión de seguridad, y además, de mi vida privada. Al unir todas estas piezas, espero que se entienda que no puedo decir más", afirmó cuando se le preguntó su nuevo lugar de residencia.

Su infancia en Aalborg, en el seno de una familia de fuertes convicciones sociales, no tuvo lujo pero sí calor. La casa estaba llena de libros y discusiones políticas, pero también de las lecciones prácticas de su madre, trabajadora social: el valor de la comunidad y el cuidado por los demás. Sin embargo, Mette tenía un sueño privado que nada tenía que ver con el Parlamento: quería ser profesora de danza. Durante años dedicó sus tardes al ballet y a la danza moderna. Esa disciplina le dejó una huella que quienes la conocen aún reconocen en esa postura firme y la convicción de que, para liderar, a veces hay que aprender a seguir el ritmo de los demás.

placeholder Mette Frederiksen y su marido. (Europa Press)
Mette Frederiksen y su marido. (Europa Press)

Su vida familiar comenzó de forma convencional. A los 25 años, recién llegada al Parlamento, se casó con Erik Harr, un ingeniero ajeno a la política. Juntos construyeron una postal danesa: bicicletas, fines de semana en la casa de verano y dos hijos. Pero la tensión entre una vida pública absorbente y la vida privada terminó pasando factura. El divorcio en 2014 fue un terremoto. En contadas ocasiones ha hablado de lo devastador que resultó "fallar" en la idea de familia que tenía, y de la agonía de gestionar esa ruptura bajo el escrutinio mediático. Durante años asumió en solitario el papel de madre y dirigente, encajando su agenda alrededor de los horarios del colegio y blindando a los niños del foco mediático.

El equilibrio llegó con Bo Tengberg, productor de cine documental, a quien conoció poco después del divorcio y con quien comparte un interés común por la naturaleza y por las historias humanas. Su camino hacia el altar, sin embargo, fue casi una prueba de resistencia. Planear una boda siendo primera ministra resultó ser misión imposible: fijaron y pospusieron la fecha tres veces (elecciones, pandemia y compromisos europeos) hasta que por fin, a la cuarta, pudieron casarse. Fue el 16 de julio de 2020 en una ceremonia íntima y breve en una aldea en la iglesia de Magleby, Zelanda, la isla danesa donde la pareja comparte una casa de vacaciones. En redes, ella lo resumió con la sencillez de quien por fin se permite estar feliz: "Sí", con un corazón y una imagen luminosa, vestido blanco de cuello barco, velo y su mismo moño italiano de todos los días.

En casa, es "mamá Mette", no la primera ministra. Insiste en los deberes, negocia el uso del móvil y se interesa por las amistades de sus hijos. Hay una norma innegociable: nada de trabajo en la mesa durante la cena. Sus hijos son territorio sagrado y están absolutamente fuera de foco para la prensa. No hay fotos públicas de ellas y, cuando puede elegir, Frederiksen prefiere hablar del perro de la familia antes que alimentar la curiosidad alrededor de los niños. Esa protección feroz tiene mucho de carácter, pero también de aprendizaje tras pagar un alto precio por su público divorcio y aprender que la exposición, cuando afecta a la vida privada, nunca es inocente.

Con Bo ha construido un hogar sereno donde lo más valioso es la normalidad: paseos largos, series en el sofá y el silencio reparador de su casa de vacaciones. Le va a hacer falta mucho de eso para recargar pilas.

Hasta la fecha, la figura de Mette Frederiksen, la primera ministra de Dinamarca, no había salido de las páginas de Internacional. Pero la insistencia de Donald Trump en "comprar" o anexionar Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca, ha puesto el foco en esta socialdemócrata nacida en la ciudad obrera de Aalborg en 1977 y poco dada a las frivolidades que tendrá que liderar el pulso con Washington.

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