Adiós al doctor Radi, el empresario palestino que cambió el skyline de Barcelona
Radi Mahmoud Al Shuabi, médico y empresario, fue uno de los impulsores del hotel Juan Carlos I. Relacionado con la familia real árabe, defendió la causa palestina hasta el final
Uno siempre aprendía algo del doctor Radi, ya fuera sobre política internacional, sobre el funcionamiento de una gran empresa o sobre la amistad. Porque este sabio era generoso hasta la médula y si algo le gustaba en la vida era compartir todo lo que tenía. De sus vastos conocimientos a su fortuna.
El pasado 4 de agosto Barcelona perdía a uno de esos personajes únicos, de los que ponen en el mapa mundial todo lo que tocan. El palestino Radi Mahmoud Al Shuabi -esposo de Pilar, bella valenciana, y padre de dos hijos, Ramzi y Amira, a quienes adoraba- fallecía víctima de una dolencia cardíaca.
Y este sábado, 13 de septiembre, su familia ha organizado un homenaje de despedida en la que fuera su casa durante décadas: el hotel Juan Carlos I, llamado ahora Gran Meliá Torre Melina, bajo la marca de lujo de Meliá Hotels International. Aunque para los barceloneses siempre será el Juan Carlos o el hotel de los árabes, así sin más.
De Jerusalén a Valencia
El doctor Radi, que es como le conocía todo el mundo, nació en 1940 en Jerusalén, ciudad apasionante y llena de contrastes, los mismos que vivió él de niño. A los 17 años ya trabajaba como profesor en su tierra, donde empezó los estudios que le llevaron a obtener un grado en educación científica. Después se trasladó a Valencia, donde estudió Medicina y donde conoció a Pilar, la mujer de su vida, que entonces tenía 13 años.
La historia de Radi y Pilar podría ser objeto de varias novelas de aventuras, históricas, románticas y hasta podrían protagonizar ensayos de geopolítica internacional. Más, podrían servir de ejemplo en algún tratado de economía o para un libro de autoayuda. Pero estamos aquí en Vanitatis y el espacio es limitado, así que nos centraremos en contarles más cosas de este palestino. Como que intimó con personajes de la talla de Yassir Arafat.
La pareja llegó a Barcelona donde el doctor se especializó en Ginecología, disciplina que le llevó a trabajar en el Hospital Vall d’Hebrón de la ciudad catalana durante más de un decenio. Pero se dio cuenta de que su profesión no era vocacional; a él le gustaba tratar con todo tipo de gente, personas de las que se nutría su inteligencia apabullante.
Dos bodas con Rosa Clará
Recaló en Riad, conoció a personas relacionadas con la Casa Real de Al Saud, y su vida cambió. De pronto vio un filón del que tirar para poder cambiarlo todo. “Todo empezó -contaba él en una entrevista- cuando yo hacía de acompañante y traductor de personas llegadas de Arabia, Kuwait o Dubai que venían a Barcelona a operarse en las clínicas oftalmológicas de Arruga y Barraquer. Me di cuenta de que no tenían un hotel a su gusto, donde hospedarse con su gente”.
Dicho y hecho: el doctor Al Shuabi impulsó la construcción del citado hotel, al que bautizaron con el nombre de un gran amigo de la casa real saudí: el entonces rey de España. El doctor presidía la sociedad Barcelona Projects SA, propiedad a su vez del fondo del príncipe Turkin bin Nasser bin Abdelaziz Al Saud, empresa que contaba además con el Palacio de Congresos y otras aventuras financieras en España.
En el hotel Juan Carlos recibió el doctor a sus amigos durante años, allí celebró las bodas de sus dos hijos, ambas recordadas para siempre por la cantidad de invitados. En la de Amira, además, una de las princesas de la Casa Real saudí fue la invitada estrella y como agradecimiento regaló a todos los asistentes una kefia (pañuelo palestino) de colores que muchos todavía guardamos como recuerdo. Los vestidos de novia los firmaba Rosa Clará y la diseñadora se sentaba en una mesa mimada y cuidada con delicadeza.
Clínica Barraquer
Por donde pasaba dejaba huella y quienes lo han conocido lo recuerdan siempre. En sus inicios, cuando tras su visita a la capital saudí el doctor empezó a ayudar a los pacientes de origen árabe que visitabn Barcelona, se hizo amigo de la mayoría de los oftalmólogos que trabajaban en la Barraquer, los mejores médicos venidos de todas partes del mundo. Como el prestigioso doctor Carlos Dante Heredia García, buen amigo del doctor Radi, a quien acompañó a algún viaje a Arabia Saudí y con quien tuvo una buena relación que todavía hoy recuerda con cariño.
Así era el doctor Radi. Tan solo con entrar en un restaurante con él y su esposa -ya fuera el mejor y más caro de la ciudad, ya fuera el más sencillo regentado por árabes de origen humilde- uno se daba cuenta de que su aura envolvente le acompañaba a todas partes.
Lo conocían todos: los camareros le saludaban con una sonrisa de agradecimiento (sus propinas eran famosas entre el servicio) y los jefes de sala y chefs salían a saludarle con respeto y afecto. De las mesas se levantaban los prohombres de la alta sociedad catalana -desde Isidre Fainé a Artur Mas-, para ir a saludarle y hasta le enviaban botellas a su mesa para celebrar su presencia.
Palestina en el corazón
El poder que emanaba iba más allá de los miles de millones que movía al año: era la autoridad de alguien que ha conocido la miseria en la que vive sumida Palestina desde hace décadas y que ha logrado superarla para luchar contra ella. Porque ese fue su fin, al que se dedicó además en cuerpo y alma, en especial al final de sus días. Quería la paz para su país, que Palestina fuera reconocida como Estado.
La causa palestina fue su vida, y creó numerosas entidades para ayduar ya no sólo a los palestinos o los árabes que viven en Espña, sino a sus hermanos musulmanes. Fue el creador de asociaciones como la Federación de Comunidades Palestinas, del Centro Árabe de Cataluña... Y durante años quiso impulsar la creación de una gran mezquita en Barcelona para que los musulmanes no tuvieran que rezar en garajes y sótanos, como siguen haciendo. No lo logró, como tampoco ha podido ver la paz en su tierra. Una lucha sin solución que él llevaba a cabo desde esos pobres garajes y desde los ricos rascacielos barceloneses.
Uno siempre aprendía algo del doctor Radi, ya fuera sobre política internacional, sobre el funcionamiento de una gran empresa o sobre la amistad. Porque este sabio era generoso hasta la médula y si algo le gustaba en la vida era compartir todo lo que tenía. De sus vastos conocimientos a su fortuna.