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DESENLACE DEL CASO NÓOS

Iñaki Urdangarin, de ojito derecho de papá a denostado en su país

Recorrido por la vida del marido de la infanta Cristina, desde su infancia en Barcelona hasta su desgraciado final. El sexto de siete hermanos, estaba llamado a grandes gestas

Foto: Iñaki Urdangarin en una imagen de archivo. (Getty Images)
Iñaki Urdangarin en una imagen de archivo. (Getty Images)

Era una costumbre. Después de cada partido, ganaran o perdieran, se iban a tomar unas cañas. Y aquella tarde escogieron un conocido bar de patatas bravas de Sarriá para despedir la semana. Los jugadores de balonmano del Barça eran más que un equipo, eran una familia, así que el padre de Txiki, como todos llamaban a Iñaki Urdangarin, era siempre bienvenido.

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Caminaban hacia el bar cuando Juan Mari Urdangarin rodeó por el hombro a dos de ellos y ralentizó el paso. “Os tengo que pedir un favor. A mi hijo le van a salir amigos de debajo de las piedras... Sé que sois buena gente y os pido que no deis un paso atrás, que ayudéis a mi hijo, que estéis con él. Me da miedo lo que pueda pasar”. Las palabras del patriarca resuenan en la cabeza de los amigos estos días, con la sentencia de Nóos en boca de todos.

Juan Mari Urdangarin falleció en 2012, pocos meses después de que hubieran imputado a su hijo (a finales de 2011), sin saber lo que le iba a suceder. Y eso que lo conocía, que sabía que estaba más pendiente de las diversiones de la vida que de pensar en el futuro, que era un chico jovial, alegre, divertido, que no pensaba en si alguien podría traicionarle. En unos meses iba a casarse con la infanta Cristina y temía que su hijo pequeño no supiera digerir la fama y el poder que van parejos a entrar a formar parte de la familia real.

Todo muy rápido

Anunciaron su compromiso el 30 de abril de 1997, el 3 de mayo se celebró la petición de mano oficial en los jardines de Zarzuela y se casaban el 4 de octubre de 1998 en la catedral de Barcelona. Todo en apenas unos meses. Lo aquí escrito es fruto del trabajo de años de investigación y de entrevistas a decenas de personas relacionadas con los Urdangarin, trabajo que se reflejó en el libro ‘Iñaki y Cristina, historia de un matrimonio’, publicado en 2016 por La Esfera.

La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin en su boda. (Gtres)
La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin en su boda. (Gtres)

El camino ha sido largo y la pareja ha perdido amigos, sobre todo él. Hubo quien desapareció cuando vio cómo evolucionaba el carácter de Txiki al casarse con la hija del Rey. Por eso, el padre Urdangarin había hablado con ellos, para que intentaran que mantuviera los pies en el suelo. Fue en vano, tal y como se ha podido ver con el desenlace de los acontecimientos. La vida pone trampas y está en nuestras manos el no pillarnos los dedos.

"El príncipe azul"

Empezaron a llegar los elogios de la prensa. 'El País' le llamó “el chico perfecto” y 'La Vanguardia' habló de él como de “el príncipe azul”. “Esos piropos me encantan”, dijo Urdangarin a la periodista Margarita Puig meses antes de casarse, “pero no creo que sean necesarios”.

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Eso decía, pero actuaba de otro modo. “Daba lecciones”, recuerdan, “incluso nos decía cómo debíamos coger los cubiertos”. Y eso que se conocían desde que Txiki tenía siete años y se apuntó a balonmano en su escuela, los Jesuitas de Caspe, en Barcelona. De Zumárraga se había trasladado el matrimonio formado por Juan Mari y Claire Liebaert cuando el sexto de sus siete hijos tenía apenas meses de vida. Por eso siempre recordó Iñaki que él no hablaba euskera, que hablaba catalán.

Iñaki Urdangarin con sus padres, Juan María Urdangarin y Claire Liebaert Courtain. (I.C)
Iñaki Urdangarin con sus padres, Juan María Urdangarin y Claire Liebaert Courtain. (I.C)

El Nacho del Caspe

Alto y corpulento, despuntó rápido y empezó a ser conocido por otros equipos de la liga escolar. El Nacho del Caspe, le llamaban. En la adolescencia lo fichó Valero Rivera, su gran amigo y valedor en tiempos difíciles, el mismo que quiso llevárselo a Catar como segundo entrenador cuando en España el caso Nóos le asfixiaba.

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El sexto de siete hermanos, el pequeño de los chicos, siempre fue el triunfador. Primero como deportista, cuya carrera llegó a lo más alto. Entró en el Barça y se convirtió en uno de los mejores jugadores que ha habido en el equipo. Su camiseta sigue colgada en el Palau Blaugrana, hecho que se cuestionó y debatió en su momento pero que ya ha pasado a la historia. Como jugador, merece estar allí, consideraron desde la entidad deportiva.

Un deportista brillante

Además del Barça, la selección de balonmano fue otro de los lugares en los que brilló como deportista. En los Juegos Olímpicos de Atlanta, cuando su equipo ganó la medalla de bronce, saludó por primera vez a la que sería su mujer, la infanta Cristina. Pero no hubo flechazo en aquel momento, fue un saludo rutinario, de campeón a representante de las instituciones del país. Todo se desencadenó en una fiesta posterior, en Barcelona, donde ambos coincidieron. No hubo vuelta atrás, la Infanta no dio tregua hasta que logró conquistar a aquel “alto y rubio” por el que preguntó aquella noche.

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Criado en el barrio del Eixample, en una casa justita para siete hermanos, solían pasar los fines de semana en Viladrau, un pueblo del Montseny donde todavía mantiene casa Ana Urdangarin, la mayor de los siete. Fue ese rincón ideal el que sirvió de escondite a la pareja durante su noviazgo secreto. Nadie les delató.

El cambio de vida

Una vez casados, Urdangarin adoptó rápida y fácilmente las costumbres de la familia de su mujer. Dejó de ir a Viladrau para pasar los veranos en Mallorca y los inviernos en Baqueira. Nacieron los hijos y cada vez había más gastos. Nada insoportable. Pese a que siempre había tenido dificultades en los estudios, Urdangarin se licenció en Esade y acabó un máster en tiempo récord. Lo recordaba hace unas semanas el periodista Albert Martín en el diario 'Ara', donde se ha publicado una serie exhaustiva sobre la metodología que usó la universidad privada con el yerno del rey Juan Carlos I.

Irene Urdangarin en Baqueira Beret.
Irene Urdangarin en Baqueira Beret.

Una vez terminó los estudios, empezó su rápido ascenso laboral, una carrera que culminó en Telefónica. Pero el entonces duque de Palma quería más y así lo decía a sus amigos. No quería ser "un florero como Marichalar", por lo que aprovechó los contactos universitarios para emprender. Fue Diego Torres, un profesor de Esade que le habían presentado (no coincidieron en el aula) quien mejor encajaba en sus proyectos.

El socio perfecto

El talento y la rapidez de Torres y los contactos y la gracia de Urdangarin. Fue una fórmula casi perfecta. Muchos periodistas de le época se cuestionaban el modus vivendi de la familia de Cristina de Borbón. El alto nivel adquisitivo era sospechoso, sobre todo cuando se compraron una fantástica casa en el barrio de Pedralbes, en una de las zonas más prohibitivas de la ciudad. Entonces saltaron las alarmas.

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La familia había pasado de vivir en la avenida Diagonal a tener una casa de más de 2.000 metros cuadrados que entre la compra y la reforma llegaba a los ocho millones. A los gastos de hipoteca y de la reforma se debía sumar el elevado tren de vida de la pareja y sus hijos. Cuatro niños, todos en el Liceo Francés de Barcelona, fiestas por todo lo alto, viajes, vacaciones, cenas... No faltaba nada y los pocos amigos de él que quedaban se fueron bajando del barco: no podían seguirles.

El palacete de Pedralbes en la época que los Urdangarin lo acababan de vender. (Gtres)
El palacete de Pedralbes en la época que los Urdangarin lo acababan de vender. (Gtres)

Turbulencias sentimentales

Hubo también traiciones personales, perdonadas por la infanta Cristina, la principal afectada. Las relaciones de Urdangarin con las mujeres de alguno de sus amigos llegaron al público a la vez que a oídos de su esposa. Con el caso Nóos en pleno apogeo, él logró parar el golpe para lo que tuvo que acudir a sede judicial, donde su declaración lo dejaba en evidencia.

Poco quedaba ya por hacer. Iñaki Urdangarin, Txiki, el Nacho del Caspe, ese chaval que prometía comerse el mundo, se quedó solo. Como su padre habia vaticinado años atrás, nadie pudo detener las alabanzas excesivas que colocaron al exduque en una nube de impunidad. Y allí, desde las alturas, nadie pudo avisarle. No al menos los suyos.

Iñaki Urdangarin entrenando en la playa, en una foto de archivo. (Gtres)
Iñaki Urdangarin entrenando en la playa, en una foto de archivo. (Gtres)

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