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La otra herencia de Adriana Domínguez: disciplina, internados, preparación militar y una mirada larga
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ENTREVISTA

La otra herencia de Adriana Domínguez: disciplina, internados, preparación militar y una mirada larga

La empresaria ha dirigido un documental sobre el diseñador que nos ha permitido conocer mejor a una de las sagas fundamentales para entender la moda española

Foto: Presentación de la película sobre Adolfo Domínguez ‘El eco de otras voces’ (Europa Press).
Presentación de la película sobre Adolfo Domínguez ‘El eco de otras voces’ (Europa Press).

Adriana Domínguez habla de legado, familia y empresa con una mezcla poco frecuente de lucidez, calma y honestidad. A propósito de 'El eco de otras voces', el documental con el que revisita la historia personal y empresarial de su familia, la presidenta de Adolfo Domínguez reflexiona sobre la sucesión, las heridas que dejó ese proceso, el peso de la herencia recibida y la responsabilidad de sostener un proyecto con identidad propia en un momento especialmente complejo para la moda.

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A lo largo de la conversación aparecen también recuerdos muy íntimos de su infancia: una educación marcada por la exigencia, los cambios constantes de país, los internados, la disciplina impuesta por su padre y una relación muy poco convencional con la naturaleza, el arte y la libertad. El resultado es el retrato de una mujer que entiende el liderazgo no solo como gestión, sino también como deber, continuidad y construcción de sentido.

P: Has pasado de dirigir una empresa de moda a dirigir un documental. ¿Qué te llevó a dar ese paso?

R: La verdad es que, una vez hecho, también me ha sorprendido comprobar que, en realidad, esa parte creativa ya la cubro bastante dentro de la empresa. En la película aparecen muchos extractos de desfiles, sesiones de fotos y colaboraciones que hemos hecho con actores y artistas, y los hemos utilizado para expresar determinadas ideas del documental. Todo eso pertenece realmente al universo de la empresa y, haciendo esas cosas, creo que ya incorporo mucha creatividad. Por eso no tengo tan claro que eche tanto de menos el mundo del cine como pensaba de manera abstracta. En realidad, no. Además, ha sido una experiencia muy distinta. Hemos estado un año y medio con esta película, lo cual ha sido increíble, porque en moda solemos trabajar con proyectos de un mes para otro. Esto, en cambio, ha sido mucho más largo.

placeholder Adriana Domínguez (Cortesía)
Adriana Domínguez (Cortesía)

P: Este proyecto llega después de un proceso de sucesión hace siete años muy duro según has dicho en el documental. ¿Qué papel ha jugado ese momento en la necesidad de contar esta historia?

R: Fundamental. De hecho, la escena en la que digo que este proyecto llega después de un proceso de sucesión en el que nos hicimos mucho daño fue la última que rodamos. Quería que la película funcionara sin ella, pero el cine necesita sus tensiones, sus capas, sus conflictos. Y, al final, ese era en parte el propósito de la película; dejarlo fuera era dejar fuera una parte muy importante. Así que finalmente me decidí.

Para mí fue duro decirlo, y para mi padre, cuando le enseñé la película por primera vez, el sobresalto fue enorme. Lo que ocurre es que mi padre es muy valiente y también muy artista. Sabe reconocer cuándo algo es verdad y cuándo funciona dentro de la película, así que me dejó hacerlo.

Mi padre fue quien lo llevó a una dimensión industrial y grande. Pero que él reconoce que está sostenido sobre treinta años de esfuerzo de sus padres

P: Has hablado de “heridas” en ese proceso. ¿Qué has descubierto al mirar atrás desde otro lugar?

R: Quizá lo más importante es precisamente lo que da título a la película: 'El eco de otras voces'. Pienso mucho en la escena en la que mi padre habla de sus padres, de quienes le precedieron. Yo soy tercera generación: la primera fueron mis abuelos. Mi padre es una persona a la que mucha gente percibe como alguien completamente hecho a sí mismo, como si él hubiera empezado todo y lo hubiera construido todo, porque es verdad que fue quien lo llevó a una dimensión industrial y grande. Pero que él reconozca y entienda que lo que hizo está sostenido sobre treinta años de esfuerzo de sus padres, y ese sentimiento de deuda tan profundo, esa conciencia de identidad… eso para mí ha sido muy revelador.

Yo no era tan consciente de que eso fuera así. Es más, hasta que volví a trabajar en la empresa y asumí responsabilidades, pensaba casi como si fuera una segunda generación. He tardado en comprender que esa parte del legado nos constituye y condiciona profundamente quiénes somos, qué empresa somos y qué familia somos.

placeholder El diseñador Adolfo Domínguez posa (A. Pérez Meca / Europa Press)
El diseñador Adolfo Domínguez posa (A. Pérez Meca / Europa Press)

P: Si tuvieras que quedarte con una de las siete lecciones, lo aprendido sobre moda —y sobre vida— en todo este proceso, ¿cuál sería?

R: Justamente esa: la conciencia de que somos un eslabón dentro de una cadena. Yo estaba haciendo otras cosas con mi vida, así que dar un paso al frente en un momento difícil para la empresa fue importante. Hay que pensar que las empresas de moda solo funcionan económicamente cuando sus marcas están de moda. Y mantenerse vigente durante cincuenta años, que es lo que cumplimos este año, es muy difícil. Estar de moda de manera constante durante medio siglo es prácticamente imposible.

Comprender que otros antes hicieron sus propios sacrificios también me marcó mucho. Mi padre habría querido ser escritor, pero fue empresario y se dedicó a la moda. Así que sí, para mí hay una llamada al deber, a devolver, a construir en red y en comunidad, y no vivir cada uno su vida por separado.

P: Adolfo Domínguez ha estado de moda durante más de 50 años. ¿Cómo se consigue acertar tantas veces sin perder identidad?

R: Creo que, para hacerse un hueco en el mundo de la moda hoy, es muy importante tener una voz propia, una diferenciación clara. Y en ese sentido yo tengo mucha suerte, porque estoy al frente de una empresa que ya nació con una vocación de diferencia. La cuestión está en saber desarrollarla y mantenerla viva.

Intento mantener una mirada larga porque creo que es la única que nos permite sobrevivir.

Por ejemplo, yo no miro las ventas todos los días. Evidentemente tengo equipos que sí lo hacen, porque es necesario, pero yo no lo hago porque me interesa preservar una mirada larga. También estoy en el día a día, por supuesto, pero intento que el día a día no me absorba por completo. La presión es enorme: cerramos un ejercicio fiscal y, al día siguiente, cuando empieza otro, puede estallar una guerra en Oriente Medio que el día anterior no existía. Nosotros tenemos muchas tiendas allí, producimos en muchos países y transportamos mercancía constantemente, así que todo el movimiento geopolítico nos afecta muchísimo.

Intento mantener una mirada larga porque creo que es la única que nos permite sobrevivir. Si te quedas en el cortoplacismo, en la tendencia inmediata o en lo que está haciendo el de al lado, acabas perdiendo identidad. Y sin identidad no puedes sobrevivir cincuenta años como hemos hecho nosotros ni aspirar a los siguientes cincuenta.

P: En un contexto dominado por grandes conglomerados, ¿qué significa hoy seguir siendo una empresa independiente? ¿Dirías que esa independencia ha marcado también vuestra manera de entender la moda?

R: Sí, completamente. Yo creo que hoy, para tener un lugar en la moda, necesitas un sonido propio. Y en ese sentido ser independiente obliga todavía más a sostener una diferencia real, no una diferencia superficial. Nosotros no podemos competir desde la escala de los grandes conglomerados, así que tenemos que competir desde la identidad, desde la coherencia y desde una manera de hacer que no se diluya.

placeholder Adriana Domínguez (Cortesía)
Adriana Domínguez (Cortesía)

Ahí está también la dignidad del proyecto. Si uno se deja arrastrar por el cortoplacismo o por lo que hace el vecino, acaba perdiendo aquello que le hace reconocible. Y cuando eso ocurre, desaparece la posibilidad de durar.

P: Después de este proyecto, ¿ha cambiado tu forma de entender la marca y su legado?

R: Sí, bastante. Sobre todo porque he entendido mejor hasta qué punto ese legado no es algo decorativo ni una historia bonita que se cuenta, sino una fuerza real que te constituye. Si yo quiero que esta empresa llegue a cumplir cien años, hay una parte del trabajo que consiste en ordenar el legado, saber quién eres, de dónde vienes, cuál fue el espíritu de quienes la fundaron y cómo las siguientes generaciones reinterpretamos esos mismos valores. Creo que eso da fuerza.

Incluso aunque la película hubiera sido un proyecto pensado solo para quienes trabajamos dentro de la marca, ya tendría sentido. Y para nuestros clientes también, porque les ayuda a entender mucho mejor la marca. Eso ya está ocurriendo.

P: ¿Cómo se afronta personalmente asumir una responsabilidad así?

En realidad somos una empresa cotizada, así que, aunque existan dinámicas de empresa familiar, predominan las de una compañía cotizada. La decisión la toma un consejo de administración en el que mi familia es minoría. La mayoría son consejeros independientes que representan a otros accionistas, y ese ha sido sobre todo mi apoyo durante estos casi nueve años al frente.

Mi padre tiene más tensión; yo creo que soy más tranquila. En eso seguramente me parezco más a mi madre.

Por otro lado, creo que el hecho de que yo sea familia también genera confianza en el sentido de que voy a darlo todo por sacar este proyecto adelante y por llevarlo a la siguiente generación. Pero, estrictamente hablando, que yo esté en este lugar no fue una decisión familiar, sino empresarial.

P: Este documental lo haces también desde el lugar de hija. ¿Cómo influye haber crecido con un padre como Adolfo Domínguez en tu forma de mirar y contar su historia?

Influye completamente, claro. Nos parecemos mucho, sobre todo en valores y en gustos. Quizá menos en el carácter. Mi padre tiene más tensión; yo creo que soy más tranquila. En eso seguramente me parezco más a mi madre. Pero sí, nos parecemos mucho, incluso físicamente.

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Y, al mismo tiempo, creo que mi mirada tiene que ver con esa mezcla de cercanía y distancia. Yo quería entender mejor no solo quién ha sido mi padre públicamente, sino también qué voces le precedieron a él y cómo todo eso llega hasta mí. Por eso para mí la película no habla solo de una figura individual, sino de una cadena.

P: Decías que os han educado de una forma muy poco convencional, ¿cómo ha condicionado tu manera de liderar?

Fue un educador poco convencional. Si pienso en cosas peculiares que hizo, son muchas, porque tenia ideas poco comunes. Teníamos ocho perros, pastores alemanes, en el campo. Cuando salíamos a jugar no había muchos niños, pero sí estaba esa especie de manada. Mis hermanas y yo tenemos una relación muy cercana con el monte, con la naturaleza, con estar solas acompañadas de perros, casi como lobos. Hay algo ahí muy de Félix Rodríguez de la Fuente.

Luego estuvimos internas desde los ocho hasta los dieciséis años, lo cual también es bastante singular. Además, con cambios de país cada dos años y nunca juntas: iba una y después iba la otra. La exigencia para nosotras era enorme, porque éramos pequeñas, nos íbamos solas y a un idioma que no conocíamos. Y cuando por fin dominabas ese idioma, cambiabas otra vez de sistema educativo, de lengua, de país, de amistades, de todo. Lo vivimos en Inglaterra, en la Suiza francófona, en Alemania, de nuevo en Inglaterra y luego en España. Fueron muchísimos cambios de sistema educativo, pero al mismo tiempo siempre obteníamos muy buenas notas, hacíamos deporte y respondíamos bien académicamente. No era que fuéramos por detrás, al contrario, íbamos muy bien. Nos salía bien, sí, pero era una exigencia enorme. Mi padre era muy militar.

placeholder La presidenta ejecutiva de Adolfo Domínguez (A. Pérez Meca / Europa Press)
La presidenta ejecutiva de Adolfo Domínguez (A. Pérez Meca / Europa Press)

Otra cosa curiosa fue que, cuando teníamos unos diez años, se dio cuenta de que tenía tres hijas y dijo: “Vosotras no vais a hacer la mili, así que os tengo que entrenar yo. Si algún día hay una guerra y estáis en un helicóptero y hay que saltar por una cuerda, quiero que tengáis el coraje de hacerlo. No quiero que vuestra vida corra peligro por no saber hacer cosas”. Entonces nos entrenó. Colocó en el jardín una estructura metálica de unos cinco metros de altura, con cuerdas y barras, una especie de circuito militar, y nos entrenaba todas las tardes. Luego se iban sumando también mis primas, que vivían allí, y aquello acabó pareciendo un bootcamp.

En verano tampoco existía la idea de “tenéis todo el día libre y haced lo que queráis”. Teníamos que tocar el piano una hora, dibujar dos horas, leer una hora y luego ya podíamos jugar. Así todos los días. Y él lo controlaba: volvía de la fábrica y comprobaba que lo hubiéramos hecho todo. Además, como mis padres han viajado y trabajado muchísimo, muchas veces nos llevaban con ellos, así que vivimos el negocio muy desde dentro desde pequeñas.

P: También hablabas de una educación muy exigente, pero al mismo tiempo muy libre. ¿Cómo convivían esas dos cosas en casa?

R: Convivían completamente. Mi padre ha sido muy, muy militar. Ahora bien, todo eso convivía con un contexto muy nudista y muy años setenta, por decirlo de alguna manera. Mis padres eran muy libres, muy modernos. Nos llevaban mucho al cine; éramos una familia muy cinéfila. Veíamos películas en casa, pero también íbamos muchísimo al cine. Mis padres tenían un Golf descapotable y las niñas ni siquiera abríamos las puertas: saltábamos dentro y fuera del coche con total naturalidad.

Y hacían algo muy peculiar: iban dejando a cada niña en el cine donde proyectaban la película que quería ver. Era una ciudad pequeña, pero recuerdo perfectamente que a mi hermana, con cuatro años, como quería ver dibujos animados, la dejaban sola en un cine y le decían al taquillero: “No la dejes salir, que luego volveremos a recogerla”.

P: ¿Y tú has querido repetir algo de esa educación con tus hijos?

Tengo a un hijo en un internado en Inglaterra. Lo hemos retrasado un poco; se fue con diez años. Así que sí, evidentemente hay algo de esa educación que yo valoro.

Mi padre ha sido muy militar, muy militar. Ahora bien, todo eso convivía con un contexto muy nudista y muy años setenta

P: Adolfo defiende su pasión por la naturaleza y los animales, de ese contraste entre el ruido humano y su silencio. ¿Cómo está presente esa mirada en vuestra vida?

R: Con una educación así, en la que cambias tanto de amigos y de entorno, tu eje central acaba siendo la familia. Es una fórmula que la mayoría de la gente no conoce porque vive de otra manera, pero funciona, y funciona muy bien en términos de valores. Mis hermanas y yo compartimos muchísimas cosas.

Y luego, aunque hayamos vivido muy separadas durante años, eso también reforzó mucho el núcleo familiar. Mis hermanas y yo hemos convivido muy poco. Con una de mis hermanas he vivido realmente solo un año en la misma casa, con la pequeña, porque cuando yo ya me había ido, ella todavía estaba; y cuando yo volví, ella se marchó. Es precisamente Tiziana, con la que trabajo ahora.

P: En la presentación, él decía que “si no nos expusiéramos, los demás no aprenderían”. ¿Hasta qué punto este documental es un ejercicio de exposición?

El ser humano vive mucho de narrativas, de las historias que se cuenta. Esa es una de sus grandes fuerzas: la capacidad de agruparse en torno a historias en las que cree, que lo motivan y que le dan estructura e identidad. Las empresas también funcionan así.

Pero, además, yo hice la película pensando en alguien muy concreto: un chico coreano, diseñador gráfico, sensible, creativo, pero no necesariamente vinculado a la moda; joven, de otro país, alguien que quizá no conoce la marca ni sabe gran cosa de España ni de los movimientos políticos que se vivieron aquí hace cincuenta o treinta años. Me interesaba que una historia así pudiera darle alas a un creativo, o a cualquier persona que sueñe en grande y esté en un lugar donde todo parezca improbable, y que pudiera pensar: sí, se puede.

placeholder La presidenta ejecutiva de Adolfo Domínguez (A. Pérez Meca / Europa Press)
La presidenta ejecutiva de Adolfo Domínguez (A. Pérez Meca / Europa Press)

Y también había algo importante para mí: en la generación Z hay mucho deseo de soñar en grande y mucha ambición, pero quizá no siempre tanta ética del trabajo o tanta resiliencia. Esta película también habla de lo que ha exigido ese éxito para quien lo encarnó, que es mi padre. Hay muchos momentos de brillo, sí, pero también hay caídas, sombras y oscuridad. Quería mostrar esa textura a quienes aspiran a grandes cosas, para que entiendan también la dureza del camino.

P: Adolfo ha dicho que el rodaje fue duro, incluso incómodo, que nadie le hacía preguntas. ¿Cómo lo viviste?

R: Lo viví como un proceso exigente, también porque yo intenté durante bastante tiempo que la película pudiera sostenerse sin entrar de lleno en ciertas partes más delicadas. Pero al final entendí que no. Era necesario exponerse para que la historia tuviera verdad. Y en ese sentido sí, fue incómodo a veces, porque obligaba a mirar de frente cosas que no siempre son fáciles. Pero precisamente ahí estaba el valor de hacerlo.

P: ¿Qué crees que va a descubrir el público de Adolfo Domínguez que no conocía?

Creo que va a descubrir mejor la complejidad del personaje. Mucha gente ve a mi padre como alguien hecho a sí mismo, casi como una figura aislada, y la película permite entender que no es así, que lo que construyó se sostiene también sobre el esfuerzo de quienes vinieron antes. Y también creo que se ve mejor el precio que tiene levantar una trayectoria así: no solo los momentos de éxito, también las renuncias, las sombras, la dureza del camino.

Y quizá también se vea algo que para mí es importante: que detrás de esa figura pública hay una persona muy artista, muy valiente y muy consciente de la verdad narrativa.

P: Ha dicho que nunca calculó su vida, que le ha ido “sobresaltando”. ¿Te reconoces en esa forma de vivir o eres más estratégica?

Hoy, cuando le preguntas a mi padre cómo ha conseguido todo esto, él responde: “Yo creo que tuve suerte”. Y lo deja ahí. Pero yo le digo: “No, eso no me basta. Si tú no sabes cuáles han sido tus claves, ya las buscaré yo”. El factor suerte, por supuesto, ha influido. Le ayudó el momento histórico de España, una ola que lo arrastró favorablemente, pero hubo muchas otras cosas.

Se ve mejor el precio que tiene levantar una trayectoria así: no solo los momentos de éxito, también las renuncias, las sombras, la dureza del camino.

Y, en mi caso, creo que lo que comparto con él es precisamente esa llamada del legado. Por eso la película se llama El eco de otras voces. Yo tenía mis propias ideas sobre lo que quería hacer con mi vida y, sin embargo, me he encontrado ocupando el lugar del siguiente eslabón de otras voces que me precedieron: las de mis padres, mis abuelos y todo lo que vino antes.

P: Y en esa historia familiar, la figura de tu madre también aparece como una presencia muy fuerte. ¿Qué papel ha tenido?

Vengo de una familia con bastante matriarcado. Mi abuela trabajó siempre y llevó la mitad del negocio junto con mi abuelo. Todas mis tías y todas mis primas son empresarias; para nosotras eso es completamente normal. En cuanto a mi madre, esa idea de que está detrás de mi padre y en la sombra tiene más que ver con cómo la percibe el público y con que ella no quiere exponerse más de la cuenta. Pero en la empresa, para quienes la conocen, mi madre ha sido diseñadora toda la vida y es una mujer de muchísimo carácter. Lo que ocurre es que desde fuera puede parecer otra cosa.

Adriana Domínguez habla de legado, familia y empresa con una mezcla poco frecuente de lucidez, calma y honestidad. A propósito de 'El eco de otras voces', el documental con el que revisita la historia personal y empresarial de su familia, la presidenta de Adolfo Domínguez reflexiona sobre la sucesión, las heridas que dejó ese proceso, el peso de la herencia recibida y la responsabilidad de sostener un proyecto con identidad propia en un momento especialmente complejo para la moda.

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