La increíble historia de Isabel Fernandina, la infanta hipocondriaca, inquieta y temperamental
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SEGUNDO CENTENARIO

La increíble historia de Isabel Fernandina, la infanta hipocondriaca, inquieta y temperamental

Recordamos el segundo centenario de esta nieta del rey Carlos IV, una mujer irredenta, temperamental e independiente que supo hacer bandera de su voluntad

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La infanta Isabel Fernandina, nieta de Carlos IV.

Este 18 de mayo se cumplen 200 años del nacimiento en el Real Sitio de Aranjuez de la polémica infanta Isabel Fernandina de Borbón, hija de aquel infantito del 2 de mayo madrileño, don Francisco de Paula, y de su esposa, la enérgica y vehemente princesa Luisa Carlota de las Dos Sicilias. Y nieta, por tanto, de Carlos IV. Un momento para recordar a esta infanta aventurera y muy dueña de sí misma, que en su tiempo fue la primera que en la familia real española se desanudó los estrechos lazos del corsé que por entonces sujetaba con fuerza la voluntad y la personalidad de las princesas.

Corría el año 1841 cuando, encontrándose sus padres temporalmente en un exilio encubierto en París y ella y sus hermanas internas en el prestigioso convento de las Madres Agustinas de la rue de Sèvres, según la leyenda, una noche ella se descolgó atando las ropas de su cama desde las ventanas de su habitación conventual para encontrarse en la calle con su amado, el arruinado conde polaco Ignacio Gurowski. Una escapada de tintes novelescos que llenó de estupor las cortes europeas, pues se decía que ella había quedado tan prendada del bello Gurowski que ambos orquestaron una fuga nocturna vestidos de sirvientes y huyendo de la policía francesa que su tío, el rey Luis Felipe, lanzó en su persecución.

Pero es que Ignacio, que pasaba por ser su profesor de equitación, tenía ganada reputación de belleza y de apostura, y de él se decía sotto voce que, hasta solamente unos meses antes, había mantenido un singular y sonado menage à trois con el rico y homosexual marqués Adolphe de Custine y con el hacendado inglés Eduard Sainte-Barbe, para pretender después la mano de la famosa actriz Madame Rachel, que le había dado calabazas.

placeholder Retrato de Ignacio Gurowski. (Dominio público)
Retrato de Ignacio Gurowski. (Dominio público)

La historia real quizá fue un tanto más prosaica, pues al parecer la infanta conoció a su amado en los salones de la buena sociedad parisina quedando inmediatamente prendada de él, hecho que motivó su precipitado envío al convento por el temor de sus padres a que aquellos amores inflamados terminasen en el gran escándalo que finalmente produjeron. Pero es que Gurowski contaba con todos los atractivos necesarios para despertar el amor sublimado de una princesa en aquellos años del romanticismo novelesco: pertenecía a una buena familia de la pequeña nobleza polaca, en 1831 había tomado parte en el levantamiento polaco contra el imperio zarista, era guapo y apuesto, y sin duda lo suficientemente temerario como para hacerse un lugar de cierta relevancia a cualquier costa en su precario exilio parisino.

La infanta y el conde huyeron de París aquella noche utilizando identidades falsas, pero alertadas las policías francesa y belga fueron detenidos en Namur y conducidos a Bruselas, a la espera de que pudiese llegarse a un acuerdo que, aunque forzado, aliviase un poco el estigma que desde entonces mancharía siempre la vida de la infanta. Contra su voluntad, los infantes padres tuvieron que aceptar al díscolo yerno y la penosa situación que arrojaba a su hija a la periferia de la realeza europea, pero sabían que Isabel era tozuda, tenía tendencia a entregarse a graves episodios de melancolía y era lo que hoy llamaríamos una gran hipocondriaca. Finalmente, la boda se celebró en Dover, en Inglaterra, y el matrimonio fue obligado a afincarse en Bruselas, desde donde ella escribía: "Soy la persona más feliz que existe con Ignacio, lejos de las personas contrarias a cuestionar mi modo de pensar".

Las puertas de España solo se les abrieron 13 años más tarde, gracias a la Revolución liberal de 1854, cuando ella ya era una figura muy relevante en la corte de Bruselas, donde hasta corrió el rumor de que había mantenido amores con el viudo rey Leopoldo I, el tío favorito de la reina Victoria de Inglaterra, con quien se decía que había tenido una hija adulterina. Mujer generosa, muy caritativa y totalmente ignorante del valor del dinero, siempre viajaba con su médico, labró una íntima amistad con su ginecólogo, el eminente doctor Arsène Pigeolet, que durante años la asistió en sus innumerables penurias económicas, y fue buena amiga del cardenal Pecci, que años más tarde ascendería al solio de San Pedro como papa León XIII.

placeholder La infanta Isabel Fernandina.
La infanta Isabel Fernandina.

De naturaleza inquieta, independiente y errabunda, Isabel Fernandina vivió en Bruselas, en Madrid y en Lisboa antes de afincarse definitivamente en París, donde su buen amigo el conde Bruneel decía que su bondad proverbial fue siempre la fuente de sus atávicos problemas financieros. Probablemente, fue la más inteligente y la de mayor personalidad de las cinco infantas hijas de sus padres. De ella se dijo que perteneció a la masonería, pero sin duda hubiera querido para sus hijas matrimonios más afines a su rango. La mayor, María Luisa, casó con Vicente Bertrán de Lis, que era hijo de una muy acomodada familia valenciana. La segunda, María Isabel, cometió bigamia al casarse con un abogado malagueño tras haber mandado de regreso a los Estados Unidos a su primer marido, Charles Perkins, que era un diplomático bon vivant que dio muchos quebraderos de cabeza a la familia. La tercera, María Cristina, de quien también se dijo que fue masona, casó con un noble portugués de rancio abolengo pero escasa fortuna. En cuanto a sus hijos, Augusto fue oficial del ejército español y Fernando, a quien la reina Isabel II concedió el marquesado de Bondad Real, luchó en el ejército carlista junto al pretendiente Carlos VII falleciendo en 1875 durante la tercera guerra carlista.

Separada de Gurowski desde muchos años atrás, la infanta pasó sus últimos años viviendo en hoteles de segunda en París, pero rodeada de un grupo de amigos fieles, como la princesa Benjamin de Rohan, el doctor Pigelet o Albert de Bruneel, que diría de ella que "poseía, en grado extremo, el arte de la narración y el mayor lamento de sus fieles ha sido el no haber anotado cada noche aquello que sus oídos habían escuchado". Alejada de la corte de Madrid, vivía de la pensión concedida por su sobrino Alfonso XII y ratificada después por la reina regente María Cristina, y falleció en la mayor precariedad en el hotel Victoria de la Chaussée d’Antin. El dueño del hotel tuvo que hacerse cargo de los gastos de su sepelio, que tardaría tiempo en cobrar de la Casa Real española, y fue enterrada en el cementerio de Montmartre.

Su amplia descendencia se reparte entre todos los estratos sociales pues entre ellos encontramos al duque de Alburquerque, a los marqueses de Marañón, Bondad Real o Guad-el-Jelú, a algunos Domecq y a figuras relevantes de la escena como la actriz Marisol Ayuso. Todos ellos se enorgullecen de descender de esta infanta irredenta, temperamental, hipocondriaca e independiente que supo hacer bandera de su voluntad y cuya historia llenó las crónicas románticas de su tiempo.

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