Las cartas pronostican que Máximo Huerta podrá cumplir su sueño económico en París
Máximo Huerta se sienta en Zodiac para presentar su libro: Mamá está dormida. Y para hablar del Alzheimer de su madre, de su huida de la política, de sus sueños en París y de la herida invisible de los cuidadores en España
Huerta acude para hablar de su nueva novela, Mamá está dormida, una ficción atravesada por una verdad incontestable: el Alzheimer que padece su madre y que ha cambiado para siempre la dinámica familiar. El título ya es una declaración delicada, casi una metáfora. Dormida. No ausente, no perdida. Dormida.
Maxímo Huerta en 'Zodiac', el podcast de Vanitatis.
Durante la entrevista, el escritor no busca frases efectistas. Habla con la serenidad de quien ha repetido muchas veces las mismas preguntas en su cabeza. “A los enfermos de Alzheimer hay que mentirles”, afirma. Y lo dice sin cinismo. “Hay que seguirles la corriente, porque si no les descolocas”.
El país de los cuidadores invisibles
En España hay alrededor de 900.000 personas con Alzheimer. El dato sobrevuela la conversación como una cifra enorme y, al mismo tiempo, insuficiente para dimensionar la realidad. Porque cada diagnóstico implica, casi siempre, un cuidador principal. Alguien que reorganiza su vida, su tiempo y su economía en torno a una enfermedad que no da tregua.
Huerta reivindica esa figura. Habla de la falta de apoyo estructural, de la burocracia extenuante, de la soledad emocional. “No estamos amparados”, viene a decir. El sistema sanitario atiende al enfermo; la familia sostiene el resto.
Define su situación con una expresión tan cruda como honesta: “Es una tortura obligatoria y una obligación moral”. Tortura porque duele ver cómo se diluye la memoria de quien te enseñó a recordar. Obligatoria porque el amor no admite delegaciones fáciles. Obligación moral porque, en el fondo, cuidar es una forma de devolver lo recibido.
En la novela, Huerta transforma esa experiencia en materia literaria. No escribe un diario clínico ni una denuncia panfletaria. Escribe desde la observación minuciosa de los gestos, desde el detalle doméstico: la taza que ya no se reconoce, la pregunta que se repite, el silencio que pesa más que cualquier conversación.
Dinero: la pregunta con acento francés
El formato de Zodiac estructura la charla como una tirada de cartas simbólica: dinero, trabajo y amor. Y es en el bloque dedicado al dinero donde emerge una confesión inesperada.
El periodista y escritor Máximo Huerta durante la grabación de 'Zodiac'. (Sergio Beleña)
“¿Podré comprarme una casa en París?”, pregunta Huerta con media sonrisa. No es una ocurrencia frívola ni una fantasía de postal. Vivió una temporada en la capital francesa y allí encontró una sensación de anonimato y libertad que aún añora. París representa, para él, la promesa de una jubilación sin estridencias: escribir, pasear, mirar el Sena sin que nadie le pregunte nada.
El sueño no tiene que ver solo con el poder adquisitivo, sino con la idea de refugio. Después de años de exposición pública —televisión, política, polémicas—, la imagen de un apartamento discreto en una ciudad extranjera adquiere tintes casi terapéuticos.
Trabajo: del foco al silencio
Durante años, Máximo Huerta fue un rostro reconocible de la televisión española. Compartió plató y confidencias con profesionales como Ana Rosa Quintana, y su presencia era habitual en las mañanas televisivas. Sin embargo, en Zodiac explica que aquel ritmo dejó de encajar con su necesidad vital.
La televisión le dio popularidad, estabilidad y experiencia. Pero también le impuso un nivel de exposición constante. El directo no admite fisuras. Y él empezó a necesitarlas. Su salida del medio no fue un portazo dramático, sino un desplazamiento progresivo hacia lo que siempre le sostuvo: la escritura. De esa transición nace uno de sus proyectos más personales, La librería de Doña Leo, en Buñol, un pequeño municipio valenciano que para él es sinónimo de raíces.
El periodista y escritor Máximo Huerta posa en el set de 'Zodiac'. (Sergio Beleña)
La librería —bautizada con el nombre de su perro— no es solo un negocio. Es una declaración de intenciones. Un espacio donde el tiempo se mide en capítulos y no en audiencias. Donde cada lector que cruza la puerta importa más que cualquier share televisivo. Allí, dice, ha encontrado una forma de éxito que no depende del aplauso inmediato.
En Zodiac, las cartas de dinero, trabajo y amor funcionan como excusa para recorrer una biografía marcada por cambios bruscos y decisiones valientes. Sin embargo, el verdadero hilo conductor es otro: la búsqueda de coherencia.
Máximo Huerta ya no parece interesado en ocupar todos los focos. Prefiere elegirlos. Prefiere escribirlos. Prefiere, incluso, apagarlos cuando la vida real —esa que sucede en una habitación donde una madre pregunta por el pasado— reclama toda la atención.
Entre París y Buñol, entre la televisión y la librería, entre la política y la literatura, hay un hombre que ha aprendido que a veces la verdad más profunda no es la que se dice, sino la que se cuida. Y que, en determinadas circunstancias, mentir un poco puede ser la forma más sincera de amar.