Carmen Lomana: "David Broncano no me lleva a 'La Revuelta' porque le parezco una pija fascista"
Carmen recuerda junto a Vanitatis amores, pérdidas y conquistas que relata en 'Pasión por la vida', un retrato vitalista y sin miedo que recorre su historia con libertad, memoria y sentido del humor
Carmen Lomana, en una fotografía de joven. (Cortesía)
Hay quienes se exponen; Carmen Lomana se ha cincelado. No por ocultarse, sino por elegir qué mostrar. Ha convivido con su propia caricatura sin necesidad de desmontarla: la mujer nacida entre sedas, que vivió un amor de película, quedó viuda demasiado pronto, cayó en la oscuridad y buscó refugio en un convento.
Carmen Lomana en una imagen de niña que aparece en las páginas de 'Pasión por la vida'. (Cortesía)
Podría haberse diluido en el tiempo, pero se reinventó justo cuando la televisión y los primeros destellos virales empezaban a transformar la fama. Fue pionera en convertirse en fenómeno cuando aún no existía la palabra “influencer”. Y, más de una década después de instalarse en el imaginario colectivo, recoge los hilos de su vida en ‘Pasión por la vida’, unas memorias que son testimonio, ajuste de cuentas y vindicación.
Carmen Lomana en un posado para la portada de su libro 'Pasión por la vida'. (Cortesía)
Frente a Vanitatis, concede una de sus conversaciones más desprejuiciadas y libres. Recuerda cuando entraba en Gucci y encontraba a Georgina Rodríguez tras el mostrador; rememora los tres meses en clausura con las monjas clarisas, o revela —por primera vez— el miedo que siempre ha llevado dentro y nunca había verbalizado. Porque, mientras algunos solo vieron oropel, Lomana tejía una biografía de fondo, cultivada a golpe de pérdida, curiosidad y una frivolidad muy bien entendida.
"La frivolidad es un símbolo de inteligencia"
Carmen Lomana, en un posado de joven. (Cortesía)
“La frivolidad es un síntoma de inteligencia. Te permite relativizar. Tiene un punto de ironía que te aleja del drama”, dice. “No soporto a la gente que dramatiza todo. Es muy distinto ser frívolo a ser superficial. La superficialidad implica no profundizar en nada. Yo, en cambio, siempre he estado comprometida con el tiempo que me ha tocado vivir”.
"Soy gamberra... pero solo lo saben los que me conocen. Los demás se limitan a llamarme pija"
Carmen Lomana, en una imagen posada de hace unos años. (Cortesía)
¿Conservadora? “Lo tradicional conduce a lo moderno. Mira los ingleses: los más convencionales, pero luego inventan el punk. Yo no soy distinta: soy hippie, gamberra… pero claro, eso solo lo saben los que me conocen. Los demás se limitan a llamarme pija”.
"En la adolescencia, tuve amigos que me enseñaron a mirar la vida desde el prisma de la izquierda y el pensamiento crítico"
Carmen Lomana, en una fotografía de joven. (Cortesía)
Se ríe al recordar su adolescencia, cuando a los diecisiete se integró en un grupo que recuerda con cariño. “Eran mayores que yo, progresistas, irreverentes, cultos. Estaba Perico Moreno Solís, que luego se casó con Meye Maier y mucha gente más. Me acogieron con ternura, y aunque yo era una niña, me fascinaban. Me enseñaron a mirar el mundo desde el prisma de la izquierda y el pensamiento crítico" relata Carmen.
Carmen Lomana, en una fotografía de joven. (Cortesía)
“Rodrigo, que era futbolista, mi primer amor y parte de aquel grupo, fue también con quien perdí la virginidad. Es curioso cómo se viraliza ese detalle íntimo y se ignora el resto del libro, lleno de historias divertidas y atrevidas, como aquella cita en un centro comercial a la que fui sin ropa interior”. Lo cierto es que sumergirse en el libro de Lomana es como adentrarse en una película de época, donde cada escena se revela en fotogramas nítidos y plenos de matices. ¿Cómo es posible narrar con tal nivel de detalle episodios vividos hace más de cuarenta años? “Lo tengo todo en la cabeza”, responde. “Es una memoria casi enfermiza… a veces incluso recuerdo olores”.
Carmen Lomana en una fotografía de álbum familiar que aparece en 'Pasión por la vida'. (Cortesía)
Londres, París, Bali… forman parte del mapa emocional que traza en su relato, igual que Asturias, donde pasaba los veranos de niña. En un paseo con su madre entre Celorio y Barro, le dijo: “Si no tengo hijos, me sentiré la mujer más desgraciada del mundo”. Aquel deseo temprano se truncó tras un embarazo extrauterino y una operación en la que, por error, le extirparon ambas trompas de Falopio.
Carmen Lomana, en una tierna foto junto a su ahijada. (Cortesía)
“Desde niña sentí una inclinación profunda hacia los niños. Ser madre era mi gran anhelo. Cuando supe que no podría serlo, le pedí a Guillermo que me dejara”, dice con una contención que revela tanto como oculta. Guillermo Capdevila, su marido —fallecido en un accidente de tráfico en 1999 — sigue presente en los pliegues más íntimos de su vida: Carmen todavía lleva su anillo de casada.
"Es duro que la mujer tenga un sentimiento de culpabilidad por no poder ser madre"
Carmen Lomana, en una fotografía junto a Guillermo. (Cortesía)
"Guillermo me hizo fuerte en vida. Cuando le propuse separarnos, porque sentía que no podía ofrecerle una familia, me dijo: ‘No me casé contigo por los hijos. Me casé porque te amo. Y si no los tenemos, seguiremos siendo novios eternos’. Y así fue: vivíamos como dos enamorados, sin concesiones al deber ni al desencanto”.
"Me gusta tanto la gente joven porque siento que son como los hijos que no pude tener"
Carmen Lomana junto a Guillermo el día de su boda. (Cortesía)
“Es muy duro que las mujeres arrastren esa culpabilidad o sientan que no son suficientes por no poder ser madres. La vida me arrebató eso, pero me ha dado mucho cariño a cambio. En 2008, cuando las televisiones empezaron a llamarme y comencé a convertirme en personaje público, quienes más me seguían eran los jóvenes. Me sigue pasando: apenas tengo amigos de mi edad".
"Ahora lloro mucho, antes no. Creo que no lloraba por una cuestión de educación"
Carmen Lomana, en una imagen junto a su marido Guillermo. (Cortesía)
“Ellos me adoran, y yo a ellos; siento que esa conexión surge también porque son como los hijos que nunca pude tener”, dice Carmen, mientras se emociona. “Ahora lloro mucho, antes no. Creo que no lloraba por una cuestión de educación. Mi madre me contó que desde niña, cuando me regañaban o recibía malas noticias, hacía un trabajo de contención para no soltar ni una lágrima”.
Carmen Lomana, en una imagen junto a su madre de álbum familiar. (Cortesía)
Las palabras de Carmen me transportan a un momento vivido hace unos meses, cuando visité el mercadillo solidario que organiza anualmente para ayudar a los niños enfermos de la Fundación Nupa. Justo en ese instante llegó una visita de uno de los pequeños afectados, y Carmen rompió a llorar cuando se marcharon. Tras recordar aquello, Lomana comienza a hablar del capítulo más doloroso de su vida, el que la sumió en una depresión.
Carmen Lomana junto a los niños de la Fundación NUPA.
“Yo tenía una vida de ensueño junto a Guillermo, no le tenía miedo a nada. Viajábamos, disfrutábamos, aprendía de él... Cuando se fue, todo perdió sentido. Recuerdo verme rodeada de personas sonriendo y preguntarme: ‘¿por qué se ríen?’’ Yo, que siempre había sido una persona vitalista. Antes te decía que no soporto el drama, y aún rota de dolor, busqué respuestas no desde el victimismo, sino desde la espiritualidad. No pensé: ‘¿por qué a mí?’ sino: ‘¿qué me está pidiendo la vida?’ o ‘¿qué me quiere decir Dios?’”.
Carmen Lomana junto a su marido Guillermo en una fotografía de su boda. (Cortesía)
Fue entonces cuando decidió ingresar en un convento de las monjas clarisas, del que saldría tres meses después, aún frágil, pero con una voluntad renovada por reconstruirse. Tras tratar su depresión, su madre insistía en que regresara a Madrid, convencida de que la ciudad, el entorno familiar y cierta rutina social le harían bien. Un día, Ana Peña —hija de Fernando Peña y hoy una de sus amigas más íntimas— organizó un tentadero y una fiesta en su finca. Carmen acudió sin ganas, casi arrastrada, pero admite que, en cuanto cruzó la puerta, varias miradas se volvieron hacia ella.
Carmen Lomana en una imagen en los toros de joven. (Cortesía)
“No me sentí culpable por volver a sentirme deseada. Estaba bailando, algo que no hacía desde hacía dos años. Es asombroso cómo algo tan simple se convirtió en el detonante de mi salvación. En ese instante vi luz, intuí que un nuevo camino se abría ante mí, que podía volver a conectar con lo que antes me hacía reír, vibrar, disfrutar. Que todavía había vida… Fue, literalmente, un baile a la vida”.
"Tengo miedo a la soledad, me aterra que la gente que quiero desaparezca"
Carmen Lomana en una imagen de joven. (Cortesía)
“El amor es necesario. Desde que murieron mis padres, mi mayor temor es dejar de sentirme querida. Me aterra que la gente que amo desaparezca. A veces llamo a alguna amiga con la que no he hablado en un tiempo solo para preguntar: ‘¿Estás bien? ¿Te he hecho algo?’”. Sonríe. “Tengo grandes amigos, y me esfuerzo por darles lo mejor de mí. Ser generosa, estar presente, acompañar”.
"Me alegra que hayan cortado 'La familia de la tele', la sociedad ha reaccionado"
Carmen Lomana, en una tierna imagen junto a su madre. (Cortesía)
“He estado rodeada de personas excepcionales… pero también de muchos lobos. Cuando tienes repercusión, el mundo te aplaude mientras encajes en lo esperado y mantengas el silencio. Pero si te equivocas o te ocurre algo complicado, ahí habría que ver cuantos están. Hay programas que han hecho mucho daño, y personas también. Si te soy sincera, me alegra que hayan retirado el programa de ‘La familia de la tele’. Es como si, de pronto, la sociedad hubiera reaccionado. Como si se hubiese negado a financiar ese tipo de formato con su dinero”.
Carmen Lomana en televisión. (Mediaset)
Sin embargo, ´La Revuelta´ es todo un éxito. “Lo sé, fui un día porque Ana Mena, a quien adoro, me lo pidió. Al entrar, ella vino a saludarme con cariño. David estaba justo al lado, me vio perfectamente… y ni se dignó a saludar. No me lleva a su programa porque, en su mentalidad estrecha, probablemente me vea como una pija fascista o me tiene miedo. Yo a él, desde luego, no”.
"Los nuevos ricos me ponen los pelos de punta"
Carmen Lomana, de invitada en 'La Revuelta' saludando a la cantante Ana Mena
Su opinión sobre el presentador deriva en una reflexión sobre la intolerancia creciente. “Ahora te lo piensas dos veces antes de decir algo. No se perdona nada. Me impresionó la polémica de la chica vista con Lamine Yamal; leí auténticas barbaridades. Y luego pienso en Carlos V, que con diecisiete años se enamoró de su abuelastra, la viuda de Fernando el Católico. Aquello tampoco causó un escándalo grave. Hoy todo parece el fin del mundo. En vez de cebarnos con una adolescente de vacaciones, podríamos preocuparnos por lo que está pasando en el mundo”.
Carmen Lomana ,en una fotografía de joven que sale en 'Pasión por la vida'. (Cortesía)
“Cuando empecé a salir en televisión, a muchos les fascinaba mi vida. Una vida con la que yo había crecido, que me resultaba completamente normal y que jamás sentí la necesidad de exhibir. Ahora, sin embargo, hay una ola de nuevos ricos que me pone los pelos de punta. Personas que no tenían nada y, al alcanzar cierto nivel económico, se entregan al exceso, al derroche, a una vulgaridad llamativa y sin medida”. ¿Y cómo se distingue a un nuevo rico? Carmen no duda: “Por muchas cosas. Pero para mí, la más reveladora es cómo tratan a quienes trabajan para ellos. La educación es lo primero. Y lo demás… salta a la vista”.
"Georgina Rodríguez me atendió en Gucci, no era la mejor vendedora, pero estaba ideal"
Carmen Lomana, en un posado durante el verano. (Cortesía)
Carmen sigue desgranando anécdotas y, entre una y otra, abre las páginas de ´Pasión por la vida´ para mostrarme fotografías de su juventud. En blanco y negro, o ligeramente sepia, emergen momentos que parecen sacados de otra época: celebraciones con Lola Flores,confidencias con Orson Welles…
"Lola Flores es la mujer que más me ha impactado conocer"
Carmen Lomana junto a Lola Flores en una fotografía. (Cortesía)
“Mi padre era íntimo de Ordóñez, que a su vez era muy amigo de Orson. Estuvo en mi puesta de largo; me decía: ‘Sonríe, Carmen, que cuando te ríes estás guapísima’. Y Lola… Lola es una de las mujeres que más me ha impresionado conocer”, recuerda, pasando las hojas como quien acaricia el tiempo. Las fotos no son solo imágenes: son relatos comprimidos, escenas detenidas que, vistas hoy, adquieren el peso de lo mítico.
Carmen, en una imagen junto a Mario Vargas Llosa. (Cortesía)
Porque Carmen Lomana no solo ha vivido: ha convertido su vida en crónica. Una crónica hecha de luces y sombras, de pérdidas y resplandores, que ya no le pertenece solo a ella, sino a esa memoria colectiva que todos compartimos cuando alguien logra contarse tan bien. Pudo haber acabado monja. Terminó siendo un icono. Una mujer sin miedo a la palabra, capaz de volver cada entrevista una revelación. Y si creías conocerla por su naturalidad en los medios, por las horas frente a cámara o los titulares provocadores… al leer ´Pasión por la vida´, comprenderás que apenas habías arañado la superficie.
Lo que hay dentro es una vida de verdad. Y no cualquiera: una vida vivida como arte.
Hay quienes se exponen; Carmen Lomana se ha cincelado. No por ocultarse, sino por elegir qué mostrar. Ha convivido con su propia caricatura sin necesidad de desmontarla: la mujer nacida entre sedas, que vivió un amor de película, quedó viuda demasiado pronto, cayó en la oscuridad y buscó refugio en un convento.