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Nadia Calviño: la vida íntima detrás de sus dos mil días en el poder
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LIBRO

Nadia Calviño: la vida íntima detrás de sus dos mil días en el poder

Analizamos el libro de la exministra en clave personal, de su afición por U2, el bulo sobre que le gusta cocinar, el acoso a su familia o su "feminismo no excluyente"

Foto: Nadia Calviño, en una entrevista reciente. (EFE / Borja Sánchez-Trillo)
Nadia Calviño, en una entrevista reciente. (EFE / Borja Sánchez-Trillo)

En 'Dos mil días en el Gobierno' (Plaza & Janés), Nadia Calviño decide contar por primera vez qué hubo al otro lado del despacho: la vida familiar, los miedos, los límites y un puñado de escenas que humanizan a quien ha sido una de las mujeres más poderosas de la política española moderna.

El relato nace desde un lugar emocional muy concreto: el blindaje consciente de su intimidad. Ella misma lo explica en uno de los pasajes más reveladores del libro, a propósito de un perfil que le hicieron al llegar a Bruselas: "Durante esas primeras semanas en Bruselas, me hicieron un perfil personal en el que era entonces el periódico que recogía las novedades y cotilleos en torno a las instituciones comunitarias, ‘European Voice’. Tomaron como base unas conversaciones sueltas durante una cena informal y en ese texto se consolidaron algunos mitos y medias verdades que se han ido extendiendo hasta hoy. Por ejemplo, que me gusta cocinar, tema que siempre da lugar a alguna pulla cariñosa por parte de mis hijos. Desde ese momento, mi fuerte instinto de protección de la intimidad me ha hecho no comentar, precisar ni desmentir ninguna de las muchas falsedades que se han dicho en los medios sobre mí y mi familia".

Ese gesto —el de no desmentir, no alimentar, no entrar al trapo— explica buena parte de lo que viene después: una vida pública intensa y una vida privada cuidadosamente preservada. El libro, sin embargo, abre una rendija. Y lo hace con una dedicatoria sencilla pero elocuente: “A mi familia”.

La familia, en primera línea del desgaste

El relato arranca el sábado 2 de junio de 2018, cuando Pedro Sánchez acababa de tomar posesión y telefoneó a Calviño para ofrecerle el Ministerio de Economía. La escena, contada ahora, parece cinematográfica. “Lo primero que hice fue consultarlo con mi familia, que estaba en shock ante la llamada. Habíamos tenido una comida con amigos y el teléfono sonó justo cuando nos disponíamos a ver una película tranquilos. Se quedaron en ascuas al verme coger el móvil, ponerme en pie de golpe y responder con voz firme: ‘Presidente’. Ellos me apoyaron siempre, incondicionalmente, desde el primero momento”.

Ese apoyo no fue circunstancial. Venía de una trayectoria compartida, desde que en 2006 aceptó el puesto de directora general adjunta de Competencia en la Comisión Europea. “Desde el punto de vista personal, irme a Bruselas con mi familia tenía un coste, pero también era una oportunidad, pues abría a nuestros hijos la posibilidad de crecer en un entorno internacional y conocer otras culturas, otros idiomas. Siempre podíamos probar un par de años y volver a España si no encajábamos bien”.

Aquella etapa fue también un reto de conciliación: “Provocó muchas resistencias en un organismo con largas carreras verticales, poca movilidad, escasas mujeres directivas —y menos aún con hijos— y muchas personas con planes de promoción que se veían trastocados por mi llegada”. Un recordatorio de que su ascenso no solo fue profesional, sino también un ejercicio permanente de resistencia familiar.

"Ellos han estado en primera línea de la política, sufriendo de forma directa ataques personales, en público y en privado. Con ellos, todo tiene sentido".

Ese sostén doméstico se puso a prueba en uno de los momentos más dolorosos que narra Calviño: las negociaciones de la reforma laboral. “En ese momento, no veía ningún sentido a mi trabajo. Sufríamos el acoso diario de los escraches en la puerta de casa, mis hijos recibían amenazas, trabajábamos veinticuatro horas al día para tratar de salvar la economía... Y parecía que a nuestro alrededor todos actuaban de forma irresponsable, poniendo en riesgo lo verdaderamente importante”.

De ahí que el epílogo del libro vuelva, con insistencia agradecida, a quienes estuvieron en esa trinchera invisible: su familia, “que me ha apoyado siempre y ha aguantado estos años tan duros sin perder la sonrisa”. Y lo reafirma en el último párrafo, casi un susurro: “Finalmente, agradezco siempre a mi familia su paciencia, su amor y apoyo incondicional durante estos duros años. Ellos han estado en primera línea de la política, sufriendo de forma directa ataques personales, en público y en privado. Con ellos, todo tiene sentido”.

Feminismo "gracias al trabajo de hombres y mujeres"

Calviño dedica varias páginas a explicar su postura sobre la igualdad. No lo hace desde la teoría, sino desde la experiencia acumulada en espacios históricamente masculinos: el económico-financiero y el tecnológico. “Gracias al trabajo de hombres y mujeres, el impulso feminista ha posicionado España como un país de referencia en derechos sociales, en inclusión de las minorías, un país progresista y moderno”.

Sobre igualdad: "El desequilibrio es particularmente notable en los ámbitos en que he desplegado mi carrera: el económico-financiero y el tecnológico".

Pero subraya que queda camino por recorrer: “El desequilibrio es particularmente notable en los dos ámbitos en que he desplegado mi carrera profesional: el económico-financiero y el tecnológico”. Esa constatación la llevó a tomar decisiones simbólicas y firmes, como negarse a posar en fotografías oficiales si era la única mujer en ellas. Un modo —pequeño en apariencia, contundente en significado— de convertir la presencia en política en una herramienta de cambio, sin caer en trincheras ideológicas.

Bono, Ivanka Trump, Madrid...

Dentro de un libro marcado por la alta política, Calviño reserva espacio para las curiosidades que también han marcado sus años de Gobierno: encuentros inesperados, anécdotas culturales y fotografías mentales que no suelen colarse en los comunicados oficiales.

Su agenda internacional la llevó, por ejemplo, a un G-20 donde la presencia femenina era una rareza. “En la gran mesa redonda de los líderes hay poca representación femenina: en aquella reunión, Theresa May, Angela Merkel y Christine Lagarde eran las únicas presentes, además de Ivanka Trump que, sorprendentemente, junto con su esposo formaba parte y tenía una participación activa en la delegación americana”.

Años antes, durante una cumbre de Davos en 2019, vivió un reencuentro que la devolvió a la adolescencia: “¡Y me encontré con Bono! En el lugar más inesperado, ocho años después de nuestro primer encuentro —justo antes de su concierto en Bruselas en la 360º Tour—, volví a coincidir por casualidad con el líder de U2, uno de mis músicos favoritos desde la adolescencia, y tuve con él una buena conversación sobre la ayuda al desarrollo, el papel de la política y el estado de Europa y del mundo”.

En el ámbito personal, confiesa que la cultura ha sido un salvavidas: “La cultura juega un papel muy importante en mi vida, por razones profesionales y también personales. Tanto el arte como la cultura me ayudan a recargar las pilas y mantener el equilibrio con puestos de trabajo de alta intensidad. Durante estos años en el Gobierno intenté reservar tiempo para la actividad cultural todas las semanas, aprovechando la gran oportunidad de vivir en Madrid, una de las ciudades más vivas e interesantes del mundo y con una oferta de primera calidad en museos y exposiciones, presentaciones de libros, obras de teatro, cine y conciertos de música clásica, ópera, moderna y flamenco”.

En 'Dos mil días en el Gobierno' (Plaza & Janés), Nadia Calviño decide contar por primera vez qué hubo al otro lado del despacho: la vida familiar, los miedos, los límites y un puñado de escenas que humanizan a quien ha sido una de las mujeres más poderosas de la política española moderna.

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