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La guerra de los Rothschild: la batalla judicial entre suegra y nuera por el millonario patrimonio familiar
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SOCIALITÉ FRANCESA

La guerra de los Rothschild: la batalla judicial entre suegra y nuera por el millonario patrimonio familiar

Nadine de Rothschild y su nuera, viuda del único hijo de la socialité, lucha, a sus 93 años, por recuperar parte de una herencia que considera suya, pero a la que renunció en su momento

Foto: Nadine de Rothschild, con su nuera Airane, a la derecha de la foto. (Getty)
Nadine de Rothschild, con su nuera Airane, a la derecha de la foto. (Getty)

Una guerra, un apellido poderoso y una jugosa herencia. Podrían ser los ingredientes de cualquier película de sobremesa, pero es una historia real. Sus protagonistas, Nadine y Ariane de Rothschild, suegra y nuera, inmersas en una dura y mediática batalla judicial a cuenta del millonario patrimonio familiar.

La historia de Nadine comienza en 1932 en una familia obrera que abandonó a los 16 años. Empezó como modelo para un artista y cayó de lleno en el París bohemio de los años 50. Hizo pequeños papeles en cine, probó suerte en el teatro y llegó a actuar junto a Louis de Funès. Según las crónicas de la época, ambición, olfato social y una meta clara. Tanto que el actor Darry Cowl la bautizó como "la fiebre del oro".

No tardó en conseguir sus metas, al menos sociales. A los 27 años se casó con Edmond de Rothschild, el más rico de una familia banquera y financiera muy conocida. A partir de este momento, Nadine vivió una época dorada, disfrutando de una vida de lujos entre 14 propiedades. En ellas organizó inolvidables recepciones abriendo sus puertas a los Kennedy, Audrey Hepburn o Maria Callas.

placeholder Nadine y Edmond de Rothschild. (Getty)
Nadine y Edmond de Rothschild. (Getty)

Cada castillo y mansión familiar se convirtió en una pasarela de alta sociedad en la que Nadine se movía con soltura, a pesar de su origen humilde y las ideas políticas de su padre, afines al comunismo. Aprendió tan bien los códigos sociales y protocolos que, con los años, acabaría explicándolos en varios libros sobre buenas maneras y etiquetas.

Aunque la residencia principal estaba en Suiza, en el Château de Pregny, una finca histórica sobre el lago Lemán que la familia de Edmond había comprado en el siglo XIX. Allí la baronesa Julie de Rothschild recibió a la emperatriz Sissi la víspera de su asesinato en 1898. Pregny era el corazón familiar: allí vivían y morían los hombres del clan.

Y allí es donde Edmond falleció en 1997, dejando viuda a Nadine y un imperio financiero en plena forma, una fortuna enorme, patrimonio inmobiliario y la gran colección de arte de la familia custodiada en el castillo. En su testamento, cedió una parte de esas obras a Nadine, aunque ella no las reclamó entonces. La razón, tal y como contó entonces el periodista suizo Sylvain Besson, es que todo estaba pensado para que lo heredara el único hijo de la pareja. No sospechaba entonces la socialité que ese gesto se convertiría años después en la chispa que encendería la guerra familiar.

placeholder Nadine y Edmond de Rothschild. (Getty)
Nadine y Edmond de Rothschild. (Getty)

Los Rothschild solo tuvieron un hijo, Benjamin, nacido en 1963. Su relación con su madre nunca fue especialmente cálida, más bien al contrario. Nadine no tenía reparos en reconocer que fue una madre bastante ausente, algo que además reflejó en uno de sus libros, 'La baronesa vuelve a casa a las cinco'. Benjamin se educó con niñeras y, ya adulto, confesó en 'Paris Match' que muchas veces se sintió más heredero que hijo.

Quizá por eso se enamoró de una mujer radicalmente opuesta a su madre, Ariane, con la que se casó en 1999. Universitaria, discreta, con carrera en finanzas y muy centrada en su familia.

Tras la muerte de su marido, Nadine se apartó del gran castillo y se lo dejó a su hijo y su nuera, mudándose a un pabellón contiguo. Estaban cerca físicamente, pero muy lejos emocionalmente. Los dos edificios funcionaban como mundos independientes que solo se visitaban por invitación formal, algo poco habitual. La frialdad entre madre e hijo era tal que, con 82 años, Nadine retiró todo su dinero del banco familiar Edmond de Rothschild, llevándose los más de 160 millones de francos suizos al rival Pictet.

placeholder Nadine de Rothschild, con su nuera Ariane. (Getty)
Nadine de Rothschild, con su nuera Ariane. (Getty)

Su hijo Benjamin, al frente del grupo financiero, estalló. Y de igual forma, la relación con su nuera siguió erosionándose. Para ella, Ariane, su nuera representaba justo lo que ella censuraba en sus manuales. De hecho, era ella la que llevaba las riendas del negocio y presumían de familia unida. Al lado contrario estaba Nadine, a la que su hijo acusó en una entrevista de no saberse ni el nombre de sus nietas.

Aquella entrevista no llegó a publicarse: Benjamin moriría poco después, en enero de 2021. Dejaba a una mujer viuda y a cargo de cuatro hijas veinteañeras, aunque con la fortaleza suficiente para manejar las holgadas finanzas familiares. Según alguien cercano a la familia, una de las nietas llamó a Nadine para darle la noticia y ella colgó. Luego volvió a llamar para dar instrucciones sobre el funeral, un control que Ariane y las chicas no esperaban. Nadine no acudió al entierro: dijo que solo le avisaron con dos horas de antelación.

Fue entonces cuando aquella herencia que Nadine no quiso reclamar para que fuera a su hijo, se puso de nuevo sobre la mesa. Decidió reclamar aquellas obras de arte y pidió un inventario. Al no obtener respuesta, envió al castillo a sus hombres de confianza: el abogado Nicolas Didisheim y el gestor Binggeli, los mismos que la habían asesorado para cambiar su fortuna de banco.

placeholder Ariane de Rothschild, en una conferencia en Milán, en 2011. (Getty)
Ariane de Rothschild, en una conferencia en Milán, en 2011. (Getty)

Les cerraron la puerta, pero Nadine sostuvo que, como la propiedad pertenecía al Cantón de Ginebra y los Rothschild tenían el usufructo, ella podía autorizar entradas, por lo que demandó a Ariane, a pesar de que eran sus nietas las herederas directas. La justicia terminó dando la razón a Nadine en ese primer pulso, lo que la llevó a crear la Fundación Edmond y Nadine de Rothschild para reunir las obras que le correspondían y exponerlas en un museo de Ginebra.

Fue entonces Ariane la que hizo un movimiento judicial ya siendo ya directora del grupo financiero familiar, demandando a su suegra por el uso del nombre Rothschild. Pero Nadine pudo sumar otra victoria, ya que los jueces decidieron que podía utilizar el apellido de su marido en el nombre de la fundación.

Llegó entonces otra jugada, esta vez por parte de la suegra, que decidió llevar a sus nietas a los tribunales para reclamarles esas obras de arte que su marido le había legado tres décadas antes. El proceso se complicó porque la lista del testamento era ambigua, sin numeración clara de piezas. Y en junio de ese año el tribunal dio la vuelta al tablero: esta vez falló a favor de las jóvenes, concediéndoles además el uso del castillo.

placeholder Ariane de Rothschild, en una conferencia en Milán, en 2011. (Getty)
Ariane de Rothschild, en una conferencia en Milán, en 2011. (Getty)

Viéndose atada de pies y manos y sin acceso a las obras de arte que consideraba suyas, intentó una tregua el verano pasado, invitando a Olivia, Noémie, Alice y Eve a una merienda bajo el paraguas de la confidencialidad. Fue una reunión agradable a la que siguió otra no tanto: en esta segunda cita de abuela y nietas, Nadine les anunció que quería sacar las obras de la colección y pasarlas a su fundación. Incluso quería rehabilitar el viejo pabellón de Pregny para convertirlo en un pequeño museo dedicado a Sissi, con tienda de recuerdos incluida y las iniciales de ella y de Edmond por todas partes.

Un mes después y con las cuatro hijas de Benjamin de Rothschild aún atónitas por el anuncio de su abuela, Nadine rompió la confidencialidad que les había exigido para contar todo en una entrevista con 'L’Illustré'. En esa publicación suiza, acusó a sus nietas de impedir que Ginebra disfrutara del museo y avisó de que, si no lo lograba allí, legaría su parte a un museo en Israel.

Amenazó entonces de que el asunto se resolvería mientras ella viviera. Pero unos meses después de aquellas palabras, la guerra por el patrimonio familiar está sin resolver y Nadine de Rothschild parece más determinada que nunca, a pesar de su edad, a salirse con la suya.

Una guerra, un apellido poderoso y una jugosa herencia. Podrían ser los ingredientes de cualquier película de sobremesa, pero es una historia real. Sus protagonistas, Nadine y Ariane de Rothschild, suegra y nuera, inmersas en una dura y mediática batalla judicial a cuenta del millonario patrimonio familiar.

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