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Adiós a Ruphert, peluquero, santero, encubridor de infidelidades y estilista de Ramón Mendoza
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UN CONFIDENTE FIEL

Adiós a Ruphert, peluquero, santero, encubridor de infidelidades y estilista de Ramón Mendoza

Murió el sábado en su casa de Valencia y ha sido enterrado en Tomelloso, de donde era originario. Deja un legado enorme de generosidad que no siempre devuelta

Foto: El peluquero Ruphert, en una imagen de archivo. (Gtres)
El peluquero Ruphert, en una imagen de archivo. (Gtres)

Ruphert era en realidad Ruperto Murillo. Era la época en que artistas internacionalizaban su nombre por aquello de tener esa vertiente menos local. El cantante Raphael puso su H y el joven manchego lo hizo en el suyo. A partir de esa elección en la que tuvo mucho que ver su hermana, que siempre fue su mano derecha, izquierda y todo, Ruphert decidió que quería conocer mundo.

Ya sabia desde los 14 años cuál iba a ser su presente y su futuro. Cuando le preguntabas que cuándo descubrió sus habilidades profesionales contestaba: "Desde siempre. Me gustaba arreglar y poner guapas a las mujeres de mi familia, a las vecinas, a las amigas, a cualquiera que entraba por la puerta de casa o yo en las suyas”.

Añadía que, como había sido en otra vida el gran maestro de la belleza capilar, peinando y cambiando la imagen de grandes mujeres, había heredado esas cualidades que le permitieron ser un número uno.

placeholder El peluquero Ruphert, en una imagen de archivo. (Gtres)
El peluquero Ruphert, en una imagen de archivo. (Gtres)

Esos cambios no solo fueron referentes a la hora de crear nuevos cortes, colores y técnicas, sino que convirtió su peluquería en una extensión de su casa. Allí recibía a la duquesa de Alba, a su musa, Naty Abascal, a la condesa de Romanones, Aline Griffith, a Lola Flores, a la mujer de Manuel Fraga, Carmen Esteve, a las esposas de otros ministros y a las 'generalas' que así llamaba a las esposas de militares de alta graduación.

Por decreto, como él decía, nunca utilizó las clásicas capas anodinas con sus clientas. Eran kimonos que le traían directamente desde Japón. Eso decía, y seguramente sería cierto, porque Ruphert cuidaba el detalle hasta la mínima expresión. Ofrecía champán, bombones, pastas inglesas y hasta pedía el almuerzo a Hevia, una de las cervecerías clásicas del barrio de Salamanca, muy cerca de su local en la calle de Serrano.

Su salón de cien metros cuadrados lo distribuyó en varios apartados. Unos visibles para los arreglos clásicos (lavar, cortar, teñir y peinar) y otros más especializados donde se teñía y diseñaba con tijeras el pubis femenino. Algunas de las grandes actrices fueron en aquellos años las protagonistas de esos cambios que se hacían en su salón.

placeholder Ruphert, junto al periodista Paco Lobatón. (Europa Press)
Ruphert, junto al periodista Paco Lobatón. (Europa Press)

Por ejemplo, Ruphert fue el primero que introdujo la peluquería unisex y los masajes craneales. Uno de los clientes fijos fue Ramón Mendoza. El que fuera presidente del Real Madrid, pareja de Jeanine Girod -exmujer del marqués de Griñón- y novio oficial de Naty Abascal, acudía cada semana para disfrutar de esos masajes. Después era fácil que se quedara tiempo charlando con algunas de las clientas o informando al peluquero de las últimas movidas políticas, económicas y amorosas que se sucedían en la capital. Y en aquellos años ochenta y noventa, los divorcios y las infidelidades afectaban de gran manera al mundo económico.

La frase "voy a ver a Ruphert" fue para algunas mujeres de la alta sociedad la manera de vivir historias amorosas extramatrimoniales. Si preguntaban por ellas a través del teléfono fijo, la contestación era la misma, “ahora la están lavando”. Él unico que tenía el contacto directo era Ruphert, que a continuación contactaba con la dama en cuestión. "Los móviles fueron el gran desastre para esconder las infidelidades", decía.

Otra de las facetas llamativas del artista era su inclinación a la santería, la devoción a las vírgenes del Cobre, del Rocío y su veneración a la diosa madre tierra Pachamama. Cada año, en una fecha determinada invitaba a los amigos a su casa de la calle Joaquín Costa. No había horario y la fiesta de puertas abiertas era desde la mañana hasta medianoche.

placeholder Ruphert, en una imagen de archivo. (EFE/Alberto Martín)
Ruphert, en una imagen de archivo. (EFE/Alberto Martín)

Lo único que había que llevar era un postre o algo dulce que se colocaba a modo de ofrenda a los pies de una imagen tamaño natural de una mujer, que lo mismo podía ser una virgen que una diosa. Ruphert, vestido de blanco, recibía con un abrazo y pasaba una cuentas de colores por la cabeza y frente. Con eso ya se cumplía la tradición de la buena suerte y hasta el año siguiente.

Ruphert tenía carisma, era buena persona, divertido, estrafalario y de una gran generosidad que no siempre fue devuelta en los tiempos complicados. Murió el sábado en su casa de Valencia y ha sido enterrado en Tomelloso, de donde era originario. Se va un grande, pero nos deja un legado de inteligencia, sabiduría y buen hacer. Descansa en paz querido Ruphert.

Ruphert era en realidad Ruperto Murillo. Era la época en que artistas internacionalizaban su nombre por aquello de tener esa vertiente menos local. El cantante Raphael puso su H y el joven manchego lo hizo en el suyo. A partir de esa elección en la que tuvo mucho que ver su hermana, que siempre fue su mano derecha, izquierda y todo, Ruphert decidió que quería conocer mundo.

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