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Lo que no logró el 'Megxit' lo ha rematado el caso Epstein: el cierre de la fundación benéfica de Sarah Ferguson y la caída definitiva de los York
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POLÉMICA TRAS POLÉMICA

Lo que no logró el 'Megxit' lo ha rematado el caso Epstein: el cierre de la fundación benéfica de Sarah Ferguson y la caída definitiva de los York

La entidad benéfica impulsada por la duquesa de York baja la persiana tras años de desgaste reputacional, en un momento clave para una familia marcada por las polémicas del príncipe Andrés y la dificultad de sus hijas, Beatriz y Eugenia, para desligarse

Foto: Sarah Ferguson y el príncipe Andrés, en una imagen de archivo. (Getty)
Sarah Ferguson y el príncipe Andrés, en una imagen de archivo. (Getty)

La filantropía no se entiende sin la celebridad ni la celebridad sería bien vista sin la filantropía. De ello conoce bien Sarah Ferguson, que tras sus discrepancias con el príncipe Andrés por sus constantes polémicas intentó resarcirse volcándose con los más necesitados. Así llegó a formar parte del patronato de hasta siete organizaciones benéficas, las mismas que acabaron dándole la espalda cuando la familia York se convirtió en sinónimo de escándalo por sus vínculos con Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense condenado por delitos sexuales. Un ejemplo claro de cómo, a veces, incluso las buenas intenciones tienen fecha de caducidad cuando la biografía pesa más que el propósito.

En ese contexto nació Sarah’s Trust, la organización benéfica impulsada por la exduquesa de York en 2020 y que ahora ha anunciado su cierre tras un proceso interno de reflexión sobre su continuidad. La decisión, comunicada oficialmente por la entidad, se ha tomado de común acuerdo entre su presidenta y el consejo directivo en un momento especialmente delicado para la figura de Ferguson, coincidiendo con la reaparición de informaciones sobre su antigua relación con Epstein.

Concebida, según su web, para intervenir en crisis humanitarias y medioambientales, así como en situaciones de pobreza extrema vinculadas al hambre, los conflictos armados o la falta de acceso a servicios básicos, Sarah’s Trust articuló en apenas cuatro años una red de colaboración con más de sesenta organizaciones en una veintena de países. A través de ellas canalizó programas de educación, atención médica, ayuda de emergencia y protección ambiental en distintos puntos del planeta.

placeholder Sarah Ferguson, en una foto de archivo. (EFE)
Sarah Ferguson, en una foto de archivo. (EFE)

Entre sus actuaciones más destacadas figuran el reparto de decenas de miles de paquetes de ayuda durante la pandemia de la covid-19, el apoyo sanitario y formativo a población afectada por la guerra en Ucrania o iniciativas educativas dirigidas a menores en Ghana. Un trabajo sostenido sobre el terreno que ahora queda interrumpido, dejando en suspenso proyectos en marcha y alianzas consolidadas.

El cierre de Sarah’s Trust implica la desaparición de una estructura benéfica vinculada a la realeza británica, pero lo más alarmante es la suspensión de iniciativas que dependían de su financiación y visibilidad internacional. Sus siguientes campañas quedan así en un punto muerto, evidenciando hasta qué punto la viabilidad de este tipo de organizaciones está ligada no solo a su impacto humanitario, sino también a la estabilidad pública y reputacional de quienes las encabezan. Y en el caso de Ferguson, tras su estrecha relación con Epstein, se ha visto de lo más mermada.

Sarah Ferguson, la York "trabajadora"

Durante años, la exmujer del príncipe Andrés había construido un relato de redención basado en la constancia y la discreción. Lejos del primer plano institucional de la Corona y más presente en causas sociales, había logrado tejer una segunda vida pública como escritora, colaboradora televisiva y mecenas de organizaciones vinculadas a la infancia o la salud. Ese equilibrio empezó a romperse cuando salieron a la luz antiguos correos electrónicos que la vinculaban de forma directa y afectuosa con Jeffrey Epstein, incluso en periodos en los que el financiero ya había sido condenado y encarcelado por delitos sexuales contra menores.

La publicación de esos mensajes provocó una reacción en cadena. Varias de las fundaciones con las que colaboraba desde hacía años comenzaron a retirarle sus patronatos, alegando la imposibilidad de mantener su imagen asociada a una figura salpicada por ese entorno. Algunas lo expresaron de forma explícita: las revelaciones hacían "inadecuado" que Ferguson siguiera representando a entidades volcadas en la protección de los más vulnerables. En cuestión de semanas, la red filantrópica que había sostenido su rehabilitación pública empezó a desmoronarse.

El golpe fue especialmente duro porque llegaba en un momento en el que la exduquesa parecía haber recuperado cierta estabilidad. Tras décadas de escándalos financieros y sentimentales, había vuelto incluso a frecuentar a la familia real en actos privados y celebraciones señaladas, una señal de reconciliación que se interpretó como el cierre de una etapa. Pero los correos, fechados a lo largo de varios años, revelaban una relación más estrecha y prolongada con Epstein de lo que se había admitido hasta entonces, incluyendo mensajes de agradecimiento, apoyo personal e incluso ofrecimientos que desdibujaban cualquier intento posterior de distanciamiento.

placeholder Andrés Windsor y Sarah Ferguson, en una foto de archivo. (Reuters)
Andrés Windsor y Sarah Ferguson, en una foto de archivo. (Reuters)

Las consecuencias no se limitaron al ámbito benéfico. Algunos proyectos editoriales en marcha fueron cancelados sin explicaciones públicas, contratos profesionales se congelaron y su nombre desapareció de iniciativas culturales y mediáticas con las que colaboraba de forma habitual. La mujer que había hecho de la amabilidad y la superación personal su bandera —también en sus libros infantiles— quedó atrapada en una contradicción difícil de sostener: la de una figura pública que condenó el abuso, pero mantuvo durante años un trato cercano con uno de sus protagonistas más infames.

En privado, Ferguson había reconocido en el pasado errores de juicio y prometido cortar cualquier vínculo con Epstein. Sin embargo, la secuencia completa de hechos, reconstruida ahora a partir de nueva documentación, ha terminado por erosionar definitivamente su credibilidad. Ese deterioro personal y público explica, en buena medida, el desenlace de Sarah’s Trust.

El príncipe Andrés, la sombra que nunca se retira

Si la figura de Ferguson ha acabado convertida en un problema reputacional, el caso del príncipe Andrés explica por qué ese desgaste ha sido irreversible. Su nombre funciona desde hace años como un recordatorio incómodo de todo aquello de lo que la monarquía británica intenta distanciarse: abuso de poder, amistades tóxicas y una incapacidad persistente para asumir responsabilidades sin arrastrar a los demás en la caída.

La relación del hijo de Isabel II con Jeffrey Epstein marcó el inicio de su declive público y lo condenó a un ostracismo sin fecha de caducidad. A las acusaciones de abuso sexual —que Andrés siempre negó y que resolvió mediante un acuerdo extrajudicial— se sumó con el tiempo un goteo constante de documentos, fotografías y correos electrónicos que revelaban una cercanía prolongada con el financiero incluso después de su primera condena.

placeholder El príncipe Andrés y el rey Carlos III en una imagen de 2015. (Gtres)
El príncipe Andrés y el rey Carlos III en una imagen de 2015. (Gtres)

La secuencia institucional fue igual de contundente que tardía. Primero llegó su retirada de la vida pública, después la pérdida de títulos militares y honores, y finalmente la renuncia al tratamiento de alteza real. En paralelo, el palacio asumía que su presencia se había convertido en una carga para la Corona y su imagen no se podía salvar.

En los últimos meses, nuevas acusaciones y testimonios han vuelto a situarlo en el centro del foco, con relatos que lo vinculan a encuentros privados y a una vida paralela incompatible con la imagen real que durante décadas se le permitió conservar. Carlos III terminó activando el proceso para despojar a su hermano de los títulos que aún conservaba —entre ellos el de príncipe— y forzó su salida de Royal Lodge, la residencia que durante años compartió con Sarah Ferguson pese a su divorcio.

Ese movimiento tuvo consecuencias colaterales inmediatas. La separación definitiva de caminos entre los exduques de York evidenció hasta qué punto la figura de Andrés se había convertido en un lastre también para quienes habían intentado sostener una vida pública al margen de la institución. Su caída no fue individual, afectó a su entorno, a su apellido y a cualquier proyecto que aún se apoyara en él, aunque fuera de forma indirecta.

Beatriz y Eugenia, herederas de un apellido en cuarentena

Las consecuencias no se detienen en Andrés ni en Sarah, alcanzan también a las princesas Beatriz y Eugenia, hasta ahora relativamente protegidas del foco más crudo del escándalo. Los documentos hechos públicos incluyen intercambios de correos electrónicos en los que Ferguson alude a planes familiares y menciona a sus hijas en conversaciones con Epstein en un tono de confianza que hoy resulta, cuanto menos, incómodo.

En otros mensajes, la exduquesa agradece gestos y elogios del financiero realizados en presencia de las jóvenes. A ello se suma la confirmación de encuentros sociales en los que participaron ambas hermanas y la existencia de fotografías que habrían circulado de su padre al pedófilo. Nada implica responsabilidad alguna por parte de ellas, pero sí las sitúa en una narrativa que nunca buscaron protagonizar.

placeholder Sarah Ferguson junto a sus hijas, Beatriz y Eugenia de York. (Cordon Press)
Sarah Ferguson junto a sus hijas, Beatriz y Eugenia de York. (Cordon Press)

Hasta ahora, las reacciones de las princesas han sido distintas. Beatriz, la mayor, ha mantenido una presencia discreta pero visible junto a su padre en algunos momentos recientes. Eugenia, en cambio, habría optado por un distanciamiento mayor, según apuntan diversas informaciones, reduciendo el contacto con su progenitor en los últimos meses.

La pregunta que sobrevoló Westminster cuando el rey Carlos III activó el proceso para apartar definitivamente a Andrés de sus funciones y títulos fue inmediata: ¿qué ocurriría con sus hijas? La respuesta llegó con rapidez. El monarca dejó claro que Beatriz y Eugenia conservarían su estatus, evitando así que la caída del padre arrastrara formalmente a la siguiente generación.

Sin embargo, la continuidad no borra el desgaste. Durante los últimos años, ambas habían logrado proyectar una imagen moderna, profesional y relativamente ajena a los excesos de sus progenitores. Sus matrimonios, su discreción pública y su participación puntual en actos sociales habían contribuido a dibujar un perfil más contenido dentro del ecosistema Windsor. Hoy, esa construcción vuelve a tambalearse no por decisiones propias, sino por la persistencia de un pasado que se niega a desaparecer.

La filantropía no se entiende sin la celebridad ni la celebridad sería bien vista sin la filantropía. De ello conoce bien Sarah Ferguson, que tras sus discrepancias con el príncipe Andrés por sus constantes polémicas intentó resarcirse volcándose con los más necesitados. Así llegó a formar parte del patronato de hasta siete organizaciones benéficas, las mismas que acabaron dándole la espalda cuando la familia York se convirtió en sinónimo de escándalo por sus vínculos con Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense condenado por delitos sexuales. Un ejemplo claro de cómo, a veces, incluso las buenas intenciones tienen fecha de caducidad cuando la biografía pesa más que el propósito.

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