Santiago Segura, más allá de Torrente: el imperio empresarial que ha construido alrededor del cine
El creador de la saga más taquillera del cine español ha levantado alrededor de sus películas una red de empresas que combina producción audiovisual, patrimonio inmobiliario e inversiones culturales
Durante casi tres décadas, Santiago Segura ha sido para buena parte del cine español una figura incómoda. Demasiado popular para la crítica, demasiado gamberra para el prestigio y demasiado rentable para ser ignorada del todo. Mientras la industria discutía si José Luis Torrente era una sátira o un síntoma de la España más rancia, Segura hacía otra cosa: construir un pequeño imperio empresarial alrededor del cine.
Ahora, doce años después de la última entrega de la saga, el personaje regresa a los cines con 'Torrente presidente', una sexta película que llega rodeada de misterio, sin pase previo para la prensa y sin apenas promoción. Una estrategia deliberada que, según su creador, busca que el público llegue a la sala sin saber demasiado sobre lo que va a ver.
Lo que sí se sabe es que Torrente sigue siendo, con diferencia, la franquicia más taquillera del cine español. Desde el estreno de 'Torrente, el brazo tonto de la ley' en 1998, la saga ha superado los 80 millones de euros en taquilla y más de 16 millones de espectadores. La segunda entrega, 'Torrente 2: Misión en Marbella', sigue siendo uno de los mayores éxitos comerciales del cine español con más de 22 millones de euros recaudados y 5,3 millones de espectadores. Pero el verdadero fenómeno quizá no sea el personaje, sino su creador.
Segura (Madrid, 1965) llegó al cine desde los márgenes. Estudió Bellas Artes, rodó cortometrajes y durante años fue un actor secundario habitual en el cine español, con apariciones en películas de Álex de la Iglesia o Guillermo del Toro. Cuando en 1998 estrenó su primera película como director, pocos podían imaginar que aquel policía corrupto, machista y grotesco terminaría convirtiéndose en el personaje más rentable de la historia del cine español.
Torrente fue el germen de algo más grande. Con el tiempo, Segura entendió que el verdadero negocio no estaba solo en dirigir o actuar, sino en controlar las estructuras que producen y explotan las películas.
Hoy su entramado empresarial se articula alrededor de una sociedad matriz, AE William Holding, desde la que controla varias compañías. Entre ellas figura Amiguetes Enterprises, una de las sociedades operativas del grupo, con una posición financiera especialmente sólida: más de 900.000 euros en caja, patrimonio neto cercano a los 2,1 millones y beneficios recurrentes.
Otra de las piezas clave es Promociones Skolnick, dedicada al alquiler de bienes inmobiliarios y que concentra gran parte de los activos del grupo, con un balance que supera los 13 millones de euros.
El negocio audiovisual se canaliza a través de Amiguetes Entertainment, que posee el 49% de Bowfinger International Pictures, la productora que Segura comparte con la productora María Luisa Gutiérrez. Esa sociedad cerró su último ejercicio con 1,36 millones de euros de beneficio, consolidándose como uno de los motores económicos del grupo.
La trayectoria de Segura también ilustra una transformación dentro del cine español: el paso de director a productor. En los últimos años ha demostrado una notable capacidad para detectar proyectos populares. La saga familiar 'Padre no hay más que uno' se ha convertido en una de las franquicias recientes más rentables de la taquilla española, atrayendo a millones de espectadores a las salas.
A la vez, su actividad no se ha limitado a la comedia comercial. Segura y María Luisa Gutiérrez también están detrás de 'La infiltrada', una de las películas españolas más celebradas por crítica y público el año pasado, lo que confirma la versatilidad de una productora que ha aprendido a moverse entre el cine popular y el cine de prestigio.
El universo empresarial del cineasta no termina en el audiovisual. A lo largo de los años, Segura ha invertido en proyectos muy diversos. Ha participado en restaurantes en Madrid, como los bistrós Bla bla bla y Oh bla bla!, y en iniciativas culturales como la recuperación de espacios históricos.
Uno de los ejemplos más recientes es la compra del castillo de Pedraza, en Segovia, junto al humorista José Mota y el productor teatral Luis Álvarez. La fortaleza medieval, que perteneció durante décadas a la familia del pintor Ignacio Zuloaga, fue adquirida por unos cinco millones de euros con la idea de convertirla en un polo cultural inspirado en el modelo del festival de Edimburgo. El proyecto busca utilizar el castillo y otros espacios del municipio para organizar conciertos, representaciones teatrales y festivales artísticos que amplíen la oferta cultural de uno de los pueblos más visitados de Castilla.
No sería la primera vez que Segura se implica en la recuperación de patrimonio con fines culturales. El productor Luis Álvarez, socio habitual del director, ya colaboró con él en la transformación de una parte de la estación madrileña de Príncipe Pío en un espacio teatral. Y acaban de ponerse al frente del Teatro Pavón.
Ese perfil inversor también se aprecia en participaciones más pequeñas, pero significativas, fuera del núcleo puramente inmobiliario o cinematográfico. Segura figura, por ejemplo, en 18 Chulos Record, el sello impulsado junto a Pablo Carbonell y otros socios, una aventura menor en tamaño pero reveladora de su vínculo histórico con la música y la producción cultural. Y aparece también en Wooptix, una tecnológica canaria especializada en microelectrónica y semiconductores, un movimiento mucho menos obvio que confirma que su radar empresarial no se limita al entretenimiento ni al ladrillo.
Durante años, parte de la crítica miró a Segura con una mezcla de distancia y condescendencia. Torrente nunca aspiró a ser alta comedia y sus películas han sido criticadas por su humor grueso y provocador. Mientras se discutía su valor artístico, el público llenaba las salas. Y, en paralelo, Segura hizo lo que siempre ha defendido que debe hacer el cine popular: conectar con el público y, de paso, convertir esa conexión en un negocio. En concreto, en un entramado de empresas que combina producción audiovisual, patrimonio inmobiliario e inversiones culturales.
Durante casi tres décadas, Santiago Segura ha sido para buena parte del cine español una figura incómoda. Demasiado popular para la crítica, demasiado gamberra para el prestigio y demasiado rentable para ser ignorada del todo. Mientras la industria discutía si José Luis Torrente era una sátira o un síntoma de la España más rancia, Segura hacía otra cosa: construir un pequeño imperio empresarial alrededor del cine.