Los secretos del infeliz matrimonio entre Carmen Sevilla y Augusto Algueró, desvelados en las memorias de Ruphert
Publicamos en exclusiva el capítulo de ‘Ruphert, te necesito’, las memorias de Ruphert, en el que el mítico peluquero desvela todos los secretos del infeliz matrimonio entre Carmen Sevilla y Augusto Algueró
Carmen Sevilla, en su primera boda con Augusto Algeró. (Cordon Press)
Un libro, basado en una serie de conversaciones entre su protagonista y la autora, la periodista María José Lorenzo, amiga personal del estilista; quien fue designada por él mismo como su biógrafa personal. Bajo el único objetivo de una publicación post mortem, todas estas charlas fueron grabadas al completo y con ellas sus mejores anécdotas y vivencias, por supuesto; muchas de ellas acompañado por sus múltiples y distinguidas clientas.
Portada de 'Ruphert, te necesito', las memorias de Ruphert escritas por María José Lorenzo. (Imagen cedida por Narrador Consciente Editorial)
Precisamente, hoy, Vanitatis, desvela en exclusiva el capítulo basado en una de sus grandes admiradoras y amigas, Carmen Sevilla, titulado ‘Mi adorada Carmen’. Léelo a continuación:
Durante las distintas épocas de mi vida siempre he tenido la impresión de estar creciendo; aprendía de todas las personas que iban ampliando mi círculo, y a mi vida llegó un día mi adorada Carmen Sevilla, quizá la persona que más he admirado. Y mira que he conocido mujeres preciosas en mi vida, pero ninguna fue tan guapa como ella; su cara rozaba casi la perfección. Siempre creí que parte de su belleza era la ingenuidad, la inocencia y la bondad que se reflejaban en su rostro, que la hacían aún más bella.
Conocía a Carmen Sevilla como la conocían todos los españoles. Era una actriz y cantante muy popular, de la que los medios hablaban un día sí y otro también, y yo seguía su vida a través de las revistas del corazón que se compraban cada semana en la peluquería. Uno de los reportajes más amplios y bonitos que había visto publicado últimamente había sido precisamente el de su boda con el músico y compositor Augusto Algueró; era tan querida que la boda la retransmitió Televisión Española en el blanco y negro de la época. El acontecimiento social mantuvo pendiente a media España y yo fui uno de esos españoles, pero tuve la suerte de conocer a la protagonista años más tarde, un premio que la madre fortuna ponía en mi camino.
Carmen Sevilla se convirtió en el espejo en el que se miraban las mujeres de la España profunda. Fue ejemplo a seguir cuando confesó, a bombo y platillo, que llegaba virgen al matrimonio a sus treinta años. A la actriz la convirtieron en guía para las jóvenes de los años sesenta, la novia que deseaban ellos por ser decente, como mandaban los cánones de la época.
Menos mal que poco más tarde llegó la moda hippie a España, con el lema paz y amor; fue como una bocanada de aire puro, con olor a libertad.
Pero la mujer más deseada por los hombres y la más envidiada por las mujeres ocultaba su desgracia. Su aparente felicidad con Augusto Algueró había sido efímera. El compositor de moda, con un tremendo atractivo, valoraba a la artista porque era quien mejor interpretaba sus creaciones, convirtiéndolas en éxitos, pero no cuidaba a la mujer sensible. Augusto no supo dar el trato que mi amiga Carmen merecía como mujer enamorada. Creo que su marido no era consciente de la dimensión que tenía su mujer como estrella, a la que España admiraba y quería.
Carmen Sevilla y Augusto Algueró, el día de su boda. (Gtres)
Aunque de puertas para fuera parecían una pareja perfecta —guapos, triunfadores, ricos y famosos—, ella era una mujer infeliz que, al caer la tarde, venía a mi peluquería para esperar a que yo concluyera mi jornada de trabajo y poder dar rienda suelta a sus penas de amor. Carmen me había convertido en su paño de lágrimas. Era una mujer con el corazón roto por el desamor, que solo encontraba consuelo llorando en mis brazos. Enamorada hasta la médula, no era correspondida por el hombre al que amaba con toda su alma. Augusto no se portaba bien con la mujer que había enamorado a los hombres más guapos del mundo, políticos o actores como Charlton Heston o Frank Sinatra, que confesaban haber rozado la locura por ella.
A Carmen le había traicionado el corazón al elegir al hombre que la llevó al altar. No sabía que Augusto Algueró era un mujeriego que iba a hacerla la mujer más desgraciada de la tierra. Yo me alegré mucho cuando se separaron; era lo mejor que le podía pasar a mi amiga. Aunque fueron momentos difíciles, por su bien tenía que dejar al padre de su hijo, porque era una mujer joven que merecía ser feliz. Carmen sabía que podía contar conmigo; se lo prometí y nunca le solté la mano. He procurado estar siempre atento a sus necesidades, apoyándola en todo.
Me partía el corazón verla sufrir, porque le costó mucho recuperarse de la separación de Augusto, pero lo consiguió, sobre todo por su hijo, en el que volcó su amor. Y tenía a sus amigos, que hacíamos lo que estaba a nuestro alcance para sacarla del pozo en el que había caído.
Mi Carmen no fue una mujer de amoríos y no tuvo suerte con los pocos hombres que pasaron por su vida. Después de separarse de Augusto tardó años en volver a enamorarse; lo hizo del empresario Vicente Patuel. Carmen me había confesado que era su gran amor, pero él se equivocó con ella cuando le obligó a retirarse de su profesión para llevarla a vivir a un pueblo de Extremadura, dedicada a criar ovejas.
Ese no era el mundo soñado por mi amiga, pero por amor sacrificó los focos. Yo no podía creer que Carmen Sevilla se retirara de aquella manera, porque le quedaban muchas cosas por hacer en el mundo del espectáculo. Ella seguía siendo una de las grandes estrellas, de las pocas que quedaban en España.
Cuando me pidió opinión, no me corté nada; le dije que se equivocaba, pero ella ya había tomado la decisión y era firme.
Qué pena me dio. Solo se me ocurrió decirle:
—Ese no debe ser el final para una estrella de tu categoría, Carmen.
No me hizo caso y la estrella que el público amaba antepuso su condición de mujer, equivocándose, aunque nunca lo quiso reconocer.
Carmen Sevilla y Augusto Algueró, en un reportaje de la época. (Gtres)
Vicente Patuel se había convertido en el centro de su vida. Tras una década de convivencia se casaron y, por primera vez en su dilatada carrera artística, Carmen Sevilla vendió una noticia sobre su vida privada. Lo hizo a una publicación nueva que se llamaba La Revista, que dirigía Jaime Peñafiel, después de salir tarifando de ¡Hola!, donde había trabajado en los últimos años.
Carmen Sevilla se tuvo que enfrentar a infinidad de críticas y especulaciones sobre la cantidad de millones de pesetas que le habían pagado. Decían que había sido mucho dinero y, según las malas lenguas, lo había hecho para invertirlo en la finca de su nuevo marido. Me entristeció pensar que había entrado en la moda de vender exclusivas de su vida, pero más me fastidiaba que fuera para salvar a Vicente Patuel a costa de deteriorar su prestigio. La estrella había dejado de ser patrimonio de los periodistas; ya no tenía el mismo cariño que le habían mostrado durante décadas.
Carmen no solo había cambiado su actitud con la prensa, también cambió conmigo. Desde que comenzó la relación con Patuel habíamos perdido contacto: de hablarnos todos los días, aunque fuera un escueto saludo, pasamos a hacerlo de vez en cuando y no a diario, como antaño. En una de las escasas ocasiones en que volvimos a coincidir, mi amigo Federico Fellini, director de cine italiano, se empeñó en conocer en persona a Carmen Sevilla y nos pidió a mi hermana y a mí que organizáramos una cita con ella. Le prometimos hacerlo si él venía a España. Fue un pequeño chantaje, porque Federico no sentía mucha simpatía por nuestro país, donde habían prohibido la exhibición de sus películas en los cines, pero tenía mucho interés en conocer a la Sevilla.
Creo que sentía cierta envidia de Vittorio De Sica, porque el actor había tenido la suerte de protagonizar con ella la película Pan, amor y Andalucía y Federico, además, pensaba que a Vittorio le querían en España. Creo que no me equivocaba: el único interés que tenía Federico era conocer a Carmen; no quería hacer una película con ella, pero le fascinaba.
—Carmen Sevilla es una de las mujeres más bellas de la tierra, quiero verla de cerca.
Los deseos de mi amigo Federico eran órdenes para mí. No perdí un minuto en llamarla y, aunque había pasado un tiempo importante sin vernos, me alegré mucho al escuchar su voz con el mismo cariño de siempre; parecía que hubiéramos hablado un rato antes. Después de ponernos al día sobre nuestras vidas, le comenté que Fellini quería conocerla.
Carmen Sevilla y Augusto Algueró, fotografiados por la prensa en la Feria de Abril. (Gtres)
Me quedé de piedra cuando me dijo que eso era mejor hablarlo con Vicente. Nos despedimos con cariño antes de pasarle el teléfono a su marido, que también se mostró amable y afectuoso. Acordamos una cita para unas semanas más tarde, pero desgraciadamente Carmen jamás se presentó.
Creo que esa fue la única vez, en nuestra larga relación, que me enfadé muchísimo con ella, porque no me parecía de recibo que una estrella de su altura diera un plantón a un director de cine de la categoría de Federico Fellini, que había venido expresamente a España para conocerla en persona, y me constaba que había hecho un gran esfuerzo, porque no le gustaba viajar y menos a España.
Por más vueltas que le daba, no me entraba en la cabeza que se hubiera atrevido a hacer aquella barbaridad, que nos creaba a mi hermana y a mí una situación incómoda con nuestro amigo.
No pude evitar el impulso de llamarle enfurecido, pero no me atendió ella el teléfono; lo hizo Vicente y no se cortó nada en su explicación.
—No iba a dejar que Carmen se viera con Federico Fellini. Si le hubiera dejado hablar con él, a lo mejor no volvería a verla.
La respuesta de Vicente me pareció una postura muy machista, además de egoísta y cobarde. No tenía miedo a perderla a ella; tuve la impresión de que temía perder a la gallina de los huevos de oro. Pero no le dije lo que pensaba sobre mi pobre Carmen Sevilla, que era una mujer conservadora, creyente, católica practicante y había decidido enclaustrarse en una finca de Extremadura con ovejas y un marido que la mangoneaba y que, según decían las malas lenguas, hacía una vida paralela, porque Vicente Patuel, en sus viajes de negocios —en teoría— a Madrid, mantenía relaciones con mujeres cercanas al mundo del espectáculo, generalmente actrices de tercera que estaban de buen ver.
No volví a ver a mi amiga del alma hasta que regresó a televisión para presentar Telecupón en Tele 5. Aunque volvimos a coincidir en alguna ocasión, nuestra relación nunca volvió a ser la misma; la presencia de Vicente Patuel en su vida nos había distanciado para siempre.
Pero, aunque el tiempo pasaba, me emocionaba cuando pensaba en ella. Me costaba creer que hubiera perdido la memoria; era lo más injusto que le podía pasar: olvidar una vida rica en experiencias impresionantes. Me causaba una tremenda tristeza saber que la mujer que había sido tan espléndida conmigo y con sus amigos en general, a los que siempre había ayudado, se estaba apagando en la soledad y sin una historia que recordar. Ella era otra de las mujeres importantes de mi vida que se me iba.
'Ruphert, te necesito'
La presentación oficial de las memorias 'Ruphert, te necesito' se realizarán el próximo martes 12 de mayo en la consejería de cultura de la Comunidad de Madrid a las 19:00.