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FAMILIAS REALES

Royals o celebrities, la delgada línea roja (y la medida de Felipe VI para salvarla)

El fenómeno es cada vez más habitual y no es exclusivo de la familia real británica: son muchos los príncipes que se alejan de la institución por intereses personales y económicos

Foto: El príncipe Harry y Meghan Markle. (Reuters)
El príncipe Harry y Meghan Markle. (Reuters)

Las monarquías europeas se repliegan sobre sí mismas, se reciclan con urgencia en familias nucleares, ponen en marcha una radical economía de títulos y de tratamientos entre sus filas y, amenazadas desde dentro por sus propios cachorros, buscan limpiar casas y haciendas para no verse salpicadas por la frívola fiebre de la celebridad, que tienta como nunca a muchos de los 'segundones' y 'tercerones' de grandes casas. Estos parecen haber encontrado un auténtico filón económico y el perfecto nicho para el despliegue de su narcisismo en su acelerada conversión en celebrities. Una deriva peligrosa en tiempos en los que la fama, la gloria hueca, los dineros fáciles y el acceso rápido a los buenos contactos en el circuito del gran poder han ido relegando al olvido la idea de servidumbre que siempre sirvió de obligado principio de conducta a la vieja guardia de la realeza grande que ahora, y como los dinosaurios del Cretácico, está en vías de total extinción.

La defección del príncipe Harry y Meghan Markle no ha hecho sino evidenciar este proceso, que ha llevado a la reina Isabel a reaccionar sin dilación para minimizar los daños colaterales. Pero si la reina por excelencia creía poder respirar aliviada, la prensa británica no ha tardado en revelarnos en estos días el sorprendente anuncio de otro de los nietos de Isabel II, Master Peter Phillips -hijo de la princesa Ana-, quien utilizando su filiación regia se ha despachado protagonizando en primera persona la publicidad de las saludables leches de Jersey (procedentes de las granjas reales) para el enorme mercado de chino, tras firmar un sin duda bien pagado contrato con la firma Guangming Dairy. Algo a lo que no ha tardado en apuntarse esa gran amante de las redes sociales que es Lady Kitty Spencer, prima hermana de los príncipes Guillermo y Harry, que acaba de sacar su propio anuncio, también de leches de Jersey, para otra empresa china. Según el Palacio de Buckingham, el hijo de la princesa Ana no forma parte de la familia real, pero cómo poder separar una y otra cosa ante la opinión pública cuando también se sabe que desde hace años su hermana Zara Phillips hace caja millonaria gracias a negocios inmobiliarios, la publicidad de la marca de ropa Musto, poner rostro a un juego online sobre caballos de la firma Howrse, o acuerdos con grandes marcas como Rolex, Land Rover, John Deere, o la empresa de inversiones Artemis.

Peter Piliphs, nieto de Isabel II, en un anuncio de la televisión china. (Dragon TV)
Peter Piliphs, nieto de Isabel II, en un anuncio de la televisión china. (Dragon TV)

Sin embargo, el fenómeno no se limita a la extensa familia de Isabel II. En Dinamarca, el príncipe Nicolás, en lugar de inaugurar escuelas, se entrega a su trabajo como modelo de alta costura para marcas como Jack & Jones o Christian Dior; en Suecia, el príncipe Carlos Felipe se apunta a anunciar cubiertos de plata de su propio diseño vendidos por la empresa Mema/Gab; en Noruega, la singular princesa Marta Luisa se entrega a sus libros, a apoyar a su nuevo novio, el gurú de Hollywood Shaman Durek, y a sus conversaciones con los ángeles; y en Luxemburgo, la frívola Tessy Antony de Nassau, exesposa del príncipe Luis, se apunta a photocalls, fiestas de sociedad y entrevistas pagadas para revistas como 'Hello!', saliendo ahora en defensa de los Sussex, a quienes conoce a través de sus jugosos contactos de altos vuelos como el controvertido relaciones públicas Anthony Bailey, que fue el organizador de la cena de royals durante las olimpiadas de Londres de 2012. Todo un jugoso juego de aprovechamiento de títulos, apellidos, filiaciones y contactos en las alturas del que quizá se libra la más sana monarquía holandesa, que ya aprendió del gran escándalo Lockheed, en el que el príncipe consorte Bernardo se vio fuertemente implicado por tráfico de influencias en los años 70.

La princesa Marta Luisa y su novio, en la gala Starlite de Marbella. (EFE)
La princesa Marta Luisa y su novio, en la gala Starlite de Marbella. (EFE)

No hay duda que ser famoso, aparecer en los photocalls y en las redes sociales, o simplemente hacer caja, es mucho más entretenido que la aburrida servidumbre que suponen las tareas de representación en una monarquía en ejercicio. Pero ese es un obligado peaje que muchos de estos príncipes y 'semi-royals' no parecen estar dispuestos a pagar en sus personas, sin conciencia alguna de los daños que eso supone a una causa más grande de la que ellos son los directos beneficiarios. Educados en las cercanías de un trono pero conscientes, eso sí, de que las fortunas no son eternas, todos quieren tener su cuota de protagonismo y mantener los lujosos trenes de vida a los que están habituados, hecho que explica que, mientras los incendios asolaban Australia, país en el que la reina Isabel es soberana, los Sussex negociaban el mantenimiento de las importantes rentas que hasta ahora han percibido del ducado de Cornualles.

Por tanto, es fácil que el espejo en el que todos ellos quieren mirarse sean algunos de sus correligionarios como los hermanos Casiraghi, quienes además de ser inmensamente ricos, son absolutas celebrities, o bien algunos de sus primos destronados que, como en el caso de Marie-Chantal de Grecia y su glamurosa familia, gozan de todos los privilegios posibles en el seno de una enorme libertad de actuación que les genera sumas millonarias. Una tentación comprensible pero acaso fatal para las monarquías en pie que, quieran ellos o no, también representan, mientras echamos de menos en esos circuitos personas que trabajan en pro de hacer verdaderos aportes a la sociedad.

Marie-Chantal Miller, en el 'front row' de un desfile de Christian Dior. (Getty)
Marie-Chantal Miller, en el 'front row' de un desfile de Christian Dior. (Getty)

Por sorprendente que parezca, la Casa Real española de Felipe VI ha sido pionera en el delineamiento una rígida línea roja que separa la familia real de la familia del Rey, desmarcándose de forma completa de los posibles intereses más o menos espurios de los parientes satelitales del monarca por la práctica imposibilidad de llamar al orden a quienes solo piensan en sus propios intereses ya sea económicos o de imagen. El caso Urdangarin no ha caído en saco roto, y ahí está su condena a prisión mientras en Inglaterra se hacía la vista gorda a los negocios de un príncipe Andrés ahora públicamente degradado; en Bélgica se intentaba evitar una confrontación excesivamente fuerte con el controvertido príncipe Laurent, y en Inglaterra la reina Isabel II no quería llegar hasta donde los Sussex la han obligado.

Los viejos dinosaurios de la realeza de siempre aún estaban dispuestos a cuadrarse ante una voz de la reina Isabel o del rey Juan Carlos, pues la idea de servicio no les era ajena y tenían noción de representar algo que iba más allá de ellos mismos. Pero hoy en día las tentaciones son muchas, y ciertos cachorros del gran poder no se muestran dispuestos a abdicar de lo que consideran los importantísimos intereses personales a los que tienen derecho.

La reina Isabel, en la boda de Meghan Markle y el príncipe Harry. (Getty)
La reina Isabel, en la boda de Meghan Markle y el príncipe Harry. (Getty)

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