Metáfora gay, tragedia y muerte: la historia detrás de 'La Bella y la Bestia' de Disney
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Metáfora gay, tragedia y muerte: la historia detrás de 'La Bella y la Bestia' de Disney

La primera película de animación nominada a un Oscar a la mejor película fue obra de Howard Ashman, cuya prematura muerte cambió el destino de las producciones del estudio

Foto: Fotograma de 'La Bella y la Bestia'. (CP)
Fotograma de 'La Bella y la Bestia'. (CP)

Diez minutos de aplausos para una película. La cifra puede parecer irreal, imposible si se piensa que el público tiene que hacer palmas frente a un lienzo, una pantalla, y no ante una persona en concreto. Ese fue el tiempo que duraron los aplausos la primera vez que se proyectó 'La Bella y la Bestia' de Disney, el 29 de septiembre en el New York Film Festival. Las hipérboles acerca de la cinta fueron innumerables: homenaje a los viejos musicales de Broadway, recreación de las coreografías de Busby Berkeley, obra renovadora de la animación...

El corazón de algunos espectadores se encogió en los créditos finales. Mientras suena la balada, que en la versión original cantaban Céline Dion y Peabo Bryson, y en la española Michelle y Serafín Zubiri, se lee una dedicatoria: "A nuestro amigo Howard, que le dio a una sirena su voz y a una bestia su alma. Te estaremos eternamente agradecidos. Howard Ashman. 1950-1991". El público que la vio ese día (y el que asistió a la première celebrada el 13 de noviembre de 1991 en El Capitán Theatre de Hollywood Boulevard) se hizo la misma pregunta: ¿Quién era ese Howard?.

Tras ese nombre, el de Howard Ashman, estaba la persona que dio alas al llamado 'renacimiento Disney', el responsable de que 'La Sirenita' hiciese resurgir a un estudio herido de muerte durante décadas, tras la muerte del propio Walt Disney en 1966. La influencia de Ashman (y sus composiciones) estuvieron presentes hasta la posterior 'Aladdin'. Pero 'La Bella y la Bestia' fue su joya de la corona, la obra maestra resultante de su talento; una capacidad artística que frenó su muerte en marzo de 1991, meses antes de que se estrenase la propia película.

Hace un año, el documental 'Howard', estrenado en Disney Plus, glosó la grandeza de Howard Ashman como letrista y productor. Fan de las películas de Disney desde que era un niño, nunca pudo imaginar, mientras crecía en un deprimente Baltimore soñando con libretos, escenografías y dibujos animados, que algún día tendría una importancia clave en el estudio del ratón Mickey. Sus primeros pinitos fueron como actor en el Children's Theater Association (CTA).

La fantasía era el alimento de Ashman, el típico niño soñador al que su ciudad natal se le quedaba demasiado pequeña. Siendo un joven prometedor, se trasladó a Nueva York, donde conoció a personas que marcarían su futuro profesional. A finales de los años 70, conoció a Alan Menken, compositor y amigo personal con el que triunfaría en Disney. Antes de esa época, ambos unieron fuerzas en la adaptación teatral de 'La pequeña tienda de los horrores'. El destino les tenía deparadas grandes sorpresas. Tras ser director y letrista del musical 'Smile' a mediados de los 80, la genialidad de Ashman (como la de Menken) no pasó desapercibida para los ejecutivos de Disney, que lo contrataron para componer una de las canciones de 'Oliver y su pandilla', rodada en 1989.

placeholder Cartel promocional de 'Oliver y compañía'. (Cordon Press)
Cartel promocional de 'Oliver y compañía'. (Cordon Press)

'Oliver y su pandilla', adaptación del 'Oliver Twist' de Dickens convirtiendo a los personajes en animales animados, pasó por los cines de puntillas. Era un ejemplo perfecto de que las cintas de Disney estaban lejos de la vieja gloria de 'Dumbo' o 'Blancanieves'. Desde 'El libro de la selva' y la muerte de Walt, Disney parecía haber perdido su toque especial. Dos décadas de películas más o menos mediocres (de 'Robin Hood' a 'Basil el ratón superdetective') lo demostraban.

Desde la década de los 30, el estudio planeaó versionar 'La Sirenita' disminuyendo el dramatismo del cuento original de Hans Christian Andersen. Sería la participación de Ashman en esa producción, prácticamente casual, la que acabaría transformando aquel viejo proyecto que empezó a cobrar vida a finales de los 80. Fue él el que compuso, junto a Menken, todas las canciones de la película. También eligió las voces de los actores de doblaje e introdujo, con su talento, un concepto revolucionario: las 'I want song'. Según palabras del propio Ashman, eran "la tercera canción del musical, cuando la protagonista se sienta o algo y canta sobre lo que quiere en la vida. ¡Y entonces el público se enamora de ella, y la apoya durante el resto de la noche para que lo consiga!".

El mejor ejemplo de ello está en 'Part of your world', el tema que canta una Ariel deseosa de conocer el mundo exterior, más allá de sus limitaciones como sirena. Era una de las gemas de la película, que adquirió la forma de un musical de Broadway gracias a las ideas de Ashman. La canción también tenía mucho que ver con él mismo: parecía un símil de aquella época en la que estuvo en el armario, en la que no pudo vivir abiertamente su homosexualidad o hacer pública su relación con el hombre que le acompañó hasta el final de sus días, Bill Lauch.

'La Sirenita' ganó dos Oscar por su banda sonora y la canción 'Bajo el mar', con sus característicos ritmos tropicales. La cinta también convirtió a Menken y Ashman en las últimas cocacolas del desierto, el dúo imprescindible del estudio. La noche de los premios de la Academia fue feliz solo de cara a la galería. Tras aquella gala, Ashman se fue con Menken a su casa para contarle algo personal, una enfermedad que le había cambiado la vida. Como miles de personas en aquellos años, el letrista había contraído VIH y el virus había derivado en sida. La misma noche en la que alcanzó la gloria también compartió, en privado, su infierno. Pocos animadores o compañeros de Ashman supieron de la enfermedad hasta que se hizo demasiado evidente como para ocultarla. Durante la producción de 'La Bella y la Bestia' hubo momentos en los que el compositor, más delgado de lo habitual, apenas podía tenerse en pie.

Durante aquellos meses, y aunque parezca mentira, a Ashman le motivaba más participar en 'Aladdin', uno de los futuros proyectos de la casa, que en 'La Bella y la Bestia'. Sin embargo, fue él el que acabó ocupándose de la producción de la película, el que optó por darle profundidad al personaje la Bestia y el que plasmó, de manera indirecta, sus propias vivencias personales. Según Bill Condon, autor de la versión en acción real de la película, su enfermedad acabó reflejada en 'La Bella y la Bestia'. "Para él, era una metáfora del sida. Estaba maldito, y esta maldición había traído una enorme tristeza a todos los que le querían, y quizás existía la oportunidad de un milagro, y una forma de que la maldición se acabase".

placeholder Howard Ashman y Paige O'Hara, la voz detrás de Bella. (CP)
Howard Ashman y Paige O'Hara, la voz detrás de Bella. (CP)

Conforme fueron pasando los meses, Ashman fue perdiendo la vista y su peso era tan frágil que no podía evitar pasar por el hospital una y otra vez. Cuando lo ingresaron en el St. Vincent de Nueva York, sus compañeros organizaron un pase especial de 'La Bella y la Bestia', aún sin completar, para que pudiese ver la película en estado preliminar. Todos ellos sabían que aquello era una despedida, el adiós prematuro (le faltaban meses para cumplir 41 años) a un hombre que había cambiado para siempre el destino de los estudios Disney y cuyas canciones formarían parte de la memoria sentimental de toda una generación. El 14 de marzo, Howard Ashman falleció habiendo legado a la productora 'La Sirenita', 'La Bella y la Bestia' y algunas canciones de 'Aladdin', todavía en fase de preproducción.

Cuando el público y la crítica conocieron a Gaston, la Sra. Potts o Lumiére; cuando se emocionaron al escuchar a Angela Lansbury cantando aquel 'Beauty and the Beast' no imaginaban el drama que había detrás de la película. 'La Bella y la Bestia' gustó tanto a los académicos que fue la primera cinta de animación nominada al Oscar a la mejor película. Finalmente, ganó dos estatuillas. Una de ellas fue para Ashman a título póstumo. Fue Lauch, su pareja, el encargado de recogerlo. "Howard y yo compartimos un hogar y una vida juntos. Estoy muy feliz y estoy muy contento de aceptar esto en su nombre, pero es agridulce que sea el primer Oscar que recibe una persona con sida", dijo apenado. Gran parte del público no pudo reprimir las lágrimas. El cine, como siempre, había fulminado la maldición de la Bestia convirtiéndolo en un príncipe. La vida real fue mucho menos amable. La enfermedad frenó la carrera de Howard Ashman y apagó el brillo de un nombre fundamental para entender nuestras infancias. 30 años después de 'La Bella y la Bestia', la deuda de gratitud hacia él sigue siendo tan robusta como la Bestia y tan sabia como la Bella.

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