Lulu Figueroa Domecq: “Siento el arte como una forma de ser que siempre ha estado en mí”
Con motivo de su última exposición, Floribunda, la pintora Lulu Figueroa Domecq repasa los momentos clave de su trayectoria vital, sus influencias artísticas y la huella de su abuela, la espía Aline Griffith
Lulu Figueroa Domecq junto a su madre, Lucila Domecq en una imagen de álbum familiar inédita. (Cortesía)
“Desde niña tengo el recuerdo de mi madre pintando, restaurando muebles…”, comienza diciendo la pintora Lulu Figueroa Domecq, y en esa imagen inicial ya está contenida una manera de entender el tiempo: no como ruptura, sino como transmisión. La pintura entra en su vida como un gesto cotidiano de su familia y su madre, Lucila —hermana de Sandra Domecq—, sin énfasis ni relato excepcional, pero con una persistencia que acaba por definir una sensibilidad.
Esa continuidad encuentra hoy una forma visible en 'Floribunda', su última obra, inaugurada y expuesta durante unos días en la calle Fernando el Santo en la galería THE CRAFT de Abadía Retuerta, ahora se ha trasladado a Vicoletta, el espacio de restauración y decoración de muebles de su prima, Claudia Osborne, hija de Sandra. La obra no solo se exhibe en un entorno familiar: circula dentro de él. Y en ese desplazamiento, la pieza deja de ser únicamente un trabajo reciente para integrarse en una trama de relaciones donde lo doméstico y lo cultural no se separan, sino que se sostienen mutuamente.
“Mi abuela Aline se quedó prendada de la cultura española”
Lulu Figueroa Domecq en la galería THE CRAFT exponiendo su obra ´Floribunda´. (Cortesía)
Figueroa Domecq empezópintando flores y animales, y fue derivando hacia escenas cotidianas y retratos atravesados por una leve deriva onírica. Muchas de esas imágenes parten de momentos vinculados a sus hijos, siempre en un entorno rural que actúa como escenario constante. Vivir la infancia de los hijos implica, en cierto modo, una forma de retorno a la propia. Su niñez se construye entre dos herencias. Por la rama materna, Jerez de la Frontera, donde los recuerdos se ordenan en torno a los veranos, las Navidades y la Semana Santa, fechas siempre rodeadas de naturaleza.
Por la rama paterna aparece la figura de su abuela, Aline Griffith, nacida en Nueva York, agente de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), organismo precursor de la CIA, destinada en España durante la Segunda Guerra Mundial en el marco de las operaciones de inteligencia aliadas frente a la influencia nazi en Europa. Su llegada tenía un objetivo estrictamente operativo, pero su permanencia derivó en otra biografía: la de una mujer que hizo de España su lugar definitivo tras su matrimonio con Luis de Figueroa, conde de Romanones.
“ Llegué a hablar con mi abuela sobre una posible serie de su vida ”
Jacqueline Kennedy, Cayetana de Alba y Aline Griffith, abuela de Lulu Figueroa en Sevilla. (@ourlovelyjackie)
“Se quedó prendada de la cultura española”, resume Figueroa Domecq, en una formulación que condensa un desplazamiento vital más que una simple elección de residencia. Esa idea remite de inmediato a un conjunto de imágenes que hoy forman parte de la memoria social colectiva: fotografías en el palco de la Maestranza de Sevilla junto a Jacqueline Kennedy y la duquesa de Alba, la devoción de Belmonte por ella o su cercanía con figuras como Lola Flores, en un momento en el que los códigos sociales, políticos y culturales se cruzaban en un mismo espacio con naturalidad.
En ese mismo recorrido aparecen las estancias prolongadas en la finca Pascualete, un lugar que no solo habitó, sino que rehabilitó y convirtió en proyecto personal, al que dedicó el libro 'La historia de Pascualete', su favorito entre los best sellers que escirbió. “Es el que más me gusta porque narra cómo ella misma restauró la finca. Es un lugar que asocio a encuentros familiares cuando era niña, increíble descubrir que por allí pasaron figuras como Audrey Hepburn o Dalí…”, relata Figueroa Domecq, con una distancia casi narrativa, como si hablara de una construcción que excede lo estrictamente biográfico aunque para conocer su historia recomienda también ´La espía que vestía de rojo´.
Aline Griffith, abuela de Lulu, en una imagen de archivo. (Europapress)
“De hecho, llevaban muchos años hablando de un posible biopic. Es algo que recuerdo comentar con ella: hablábamos de quién podría interpretarla… los derechos están ahí; su figura y el contexto histórico son carne de cañón para llevarlo a la ficción. Me lo imagino con el estilo de la serie ´Feud´, era la época de Truman Capote”, añade sobre aquellas conversaciones mantenidas con su abuela, Aline Griffith, fallecida en diciembre de 2017.
Antes de enamorarse del conde de Romanones, Aline ya había entendido que, en la España de posguerra, ciertos espacios sociales funcionaban también como lugares de observación.Su entrada en los probadores de Cristóbal Balenciaga no respondía únicamente a una afinidad estética, sino también a una estrategia de aproximación: desde allí podía conocer de cerca los códigos de la alta sociedad española y moverse dentro de ellos con naturalidad, en un contexto en el que su labor para la OSS exigía precisamente esa capacidad de infiltración.
“Vivir de la pintura es muy difícil, lo he compaginado con la moda y otras ramas artísticas”
Un cuadro de Lulu, retratando una imagen cotidiana de su hijo en Jerez. (Cortesía)
Balenciaga le confeccionó varias piezas a medida y la moda terminó ocupando un lugar estable en su vida, no como frivolidad sino como lenguaje social y herramienta de lectura de una época. “Era fascinante su armario, conservamos piezas increíbles y apoyaba mucho la moda española. Es cierto que había trajes de diseñadores americanos de los años cincuenta,pero ella defendía mucho la moda local”, recuerda Lulu. Ese interés no fue accesorio, sino otra de las formas de complicidad entre abuela y nieta.
En España, sostiene, vivir exclusivamente del arte rara vez responde a una línea recta. “Por eso siempre he compaginado la pintura con la industria de la moda”, explica. Además de haber sido imagen de firmas como Suárez o Dior, también ha colaborado con diseñadores como Roberto Verino o con Fabio Encinar, cuya colección se inspiró precisamente en el imaginario de Aline Griffith, cerrando así otro círculo entre memoria, estética y herencia.
“Soñé con ser pianista antes que pintora”
Lulu Figueroa Domecq en la galería THE CRAFT exponiendo su obra ´Floribunda´. (Cortesía)
Aunque la pintura parecía una dirección natural, no fue la única posibilidad. Durante años pensó que su camino estaría en la música. “De pequeña me gustaba mucho el piano, estuve dando clases durante nueve años y casi entro en el conservatorio; mi idea era ser pianista”, recuerda Lulu. La disciplina, la repetición y cierta forma de sensibilidad ya estaban ahí, aunque todavía no tuvieran la pintura como destino definitivo.
Quería estudiar Bellas Artes, pero finalmente eligió Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. “Pensé que, aunque no era una formación técnica, era una rama que te ayudaba a conocer una perspectiva distinta y a especializarte de alguna forma”, explica. A esa base teórica sumó después una formación junto a Pablo Echevarría, donde trabajó la acuarela y el óleo.
“Estuve un año, fue una base para empezar y después he ido creando mi estilo de manera autodidacta. Voy probando. Empecé con las flores porque, aunque es algo muy retratado en la historia del arte, me interesaba la idea de centrarme en ellas, ampliarlas, cuidar el detalle y hacer que el espectador se detenga en cada pétalo. Al final, el estado de una flor también marca las pinceladas: si está abierta, si se está marchitando… y eso termina provocando algo distinto en cada persona”.
“Ahora estoy empezando a abrirme al surrealismo”
Una obra de ´Floribunda´, la nueva exposición de Lulu Figueroa Domecq. (Cortesía)
Desde esa observación inicial de la naturaleza —flores, animales, escenas cotidianas— su pintura ha ido desplazándose hacia un territorio más abierto, donde aparece también lo onírico. A ese universo reciente pertenecen escenas que primero existieron en sus sueños y que después encontraron una forma posible sobre el lienzo.
Todas las decisiones terminan trazando un mismo recorrido y, en su caso, el profesional marcó también el personal. Conoció a su marido, Adrián Saavedra, durante la carrera. “Él estudiaba Historia; es curioso porque no empezamos a salir hasta el último año”, cuenta. Hoy, junto a él y a sus hijos, Ciro y Lucio, sitúa el centro de esa vida que después aparece filtrada en su obra. La familia no surge en su discurso como una idea abstracta, sino como una estructura cotidiana y también como una fuente constante de inspiración.
“Les educamos desde la libertad de que escojan lo que quieran; uno dice que quiere ser paleontólogo y pintor y el otro, chef”, cuenta, con la misma naturalidad con la que habla de los pequeños instantes que luego terminan convertidos en pintura.
“Mi abuela me animaba a pintar y le encantaban mis obras”
Lulu Figueroa Domecq junto a su abuela, Aline Griffith durante una exposición suya. (Cortesía)
Al preguntarle por los títulos aristrocráticos de su familia, no lo vive como una identidad, sino como una circunstancia. “En nuestro caso es mi hermana Cristina quien tiene el título. Creo que, más que lo aristocrático, lo importante es mantener vivo el legado y por eso mi abuela creó la Fundación Aline Condesa de Romanones, que ahora mantienen sobre todo algunos de mis hermanos y primos”. Al hablar de ello, la emoción aparece menos en la herencia institucional que en el recuerdo íntimo: el orgullo con el que su abuela seguía cada una de sus obras, la atención con la que acompañaba ese proceso creativo.
Y mientras 'Floribunda' inicia su recorrido hacia clientes, Lulu Figueroa Domecq continúa pintando cada día, compaginando el trabajo con la maternidad y regresando siempre que puede a Jerez, esa tierra que siente prácticamente como origen y que ahora contempla también el crecimiento de sus hijos. Creció rodeada de pintura —desde las obras de su tío Cristian Domecq hasta referencias que todavía la acompañan, como Frida Kahlo, Isabel Quintanilla, Antonio Lopez o las flores de Georgia O’Keeffe—, pero su trabajo ha encontrado una voz propia, más cercana a la observación de lo cotidiano que a la cita directa.
Una imagen de la exposición ´Floribunda´en la galería THE CRAFT de Lulu Figueroa Domecq. (Cortesía)
Hay una idea que atraviesa su relato sin necesidad de ser formulada: la de que el arte no siempre se elige. “Desde pequeña sentí el arte era una forma de ser que no podías evitar”, viene a resumir, recordando que ya en los recreos del colegio se quedaba dibujando mientras otros jugaban. Aquello que entonces era un gesto espontáneo, casi instintivo, ha terminado por convertirse en estructura: una forma de trabajo, pero también de continuidad vital.
Con los pies en la realidad y la mirada puesta en aquello que permanece fuera de la velocidad contemporánea, su pintura construye precisamente ese espacio: no tanto un lugar de representación como una forma de permanencia, donde lo que un día fue impulso acaba encontrando, con el tiempo, su propia materia.
“Desde niña tengo el recuerdo de mi madre pintando, restaurando muebles…”, comienza diciendo la pintora Lulu Figueroa Domecq, y en esa imagen inicial ya está contenida una manera de entender el tiempo: no como ruptura, sino como transmisión. La pintura entra en su vida como un gesto cotidiano de su familia y su madre, Lucila —hermana de Sandra Domecq—, sin énfasis ni relato excepcional, pero con una persistencia que acaba por definir una sensibilidad.