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“Si mi relación con Camilo Sesto se enfrió no fue porque yo fuera indiscreta. Nos distanciaron. Hubo gente que se empeñó en apartarlo de sus amigos”
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“Si mi relación con Camilo Sesto se enfrió no fue porque yo fuera indiscreta. Nos distanciaron. Hubo gente que se empeñó en apartarlo de sus amigos”

La periodista Lydia Lozano lanza el próximo 23 de octubre su primer libro, ‘La venganza de la llorona’, donde hace un repaso de su trayectoria profesional. Adelantamos el decimocuarto capítulo, ‘Tener amigos mola mazo’

Foto: Lydia Lozano, en una imagen de archivo. (Gtres)
Lydia Lozano, en una imagen de archivo. (Gtres)

En ocasiones, en el plató de Sálvame me han tratado como a esa niñita que tiene amigos imaginarios y su entorno quiere convencerla de que no son reales. Como si me hubiera adentrado en un mundo de fantasía y estuviera viviendo en una realidad paralela de la que tenía que ser rescatada. Menos mal que tengo la cabeza bien amueblada y, lo que es más importante, dispongo de pruebas que demuestran que esos amigos no son fruto de mi imaginación.

He tenido que escuchar con cierto retintín, cargado de ironía, «claro, como Lydia es amiga de Camilo Sesto». Pues sí, lo era. A pesar de que incluso se pusieron en contacto con Eduardo Guervós, mánager de Camilo Sesto desde el año 2011, sólo ocho años antes del fallecimiento del cantante, para que refutara mi afirmación. Pero es que yo a Camilo lo conocía desde mucho antes. De la época en la que el cantante de Alcoy todavía era sociable, salía a la calle y se relacionaba con la gente. No cuando se encerró en su casa y decidió —o decidieron— aislarse del mundo, amigos incluidos. Ya nos habíamos visto las caras anteriormente en Madrid, pero no sería hasta uno de los veranos que pasé en Marbella cuando, de verdad, entablamos relación. Era un 15 de septiembre y me dijo: «Mañana doy una fiesta para celebrar mi cumpleaños, no sé si vendrá alguien más, pero tú estás invitada».

placeholder Portada de 'La venganza de la llorona', primer libro de Lydia Lozano. (La esfera de los libros)
Portada de 'La venganza de la llorona', primer libro de Lydia Lozano. (La esfera de los libros)

Había reservado un espacio en una discoteca que estaba frente al casino de la localidad. Como él supuso, a la cita acudimos cuatro amigos y yo. En cuanto el disc jokey descubrió quién estaba entre el público empezó a poner sus temas más clásicos: 'El amor de mi vida', 'Melina', 'Vivir así es morir de amor'»… Por supuesto, fan hasta las trancas que soy, empecé a cantarlas como una loca. En un momento dado de la noche me dijo: «Eres muy divertida, pero qué mal cantas».

Aquel fue el comienzo de una relación que se prolongaría en el tiempo. Ese mismo año, 1987, para gran sorpresa de todos, había anunciado su retirada. Quería ver crecer a su hijo, Camilín, fruto de su relación con la mexicana Lourdes Ornelas, y su apretada agenda le estaba impidiendo hacerlo. Decidió instalarse en Miami, para poder hacerlo de forma más anónima, residencia que alternaba con la que tenía en Torrelodones, en Madrid.

En ocasiones, Camilo se convertía en una persona muy introvertida y apenas se veía con sus amigos. Hubo una de esas etapas en la que Ángela Carrasco, Javier Cárdenas y yo éramos de los pocos que lo visitábamos. Ellos tenían una relación muy peculiar; recuerdo la entrevista psicotrópica que le hizo Cárdenas a comienzos de los noventa en su casa de Miami. Fue igual de delirante que una de sus visitas a Tómbola. Fui yo, precisamente, quien le convenció para que viniera y luego en plató me trató como si no me conociera de nada. Era un tipo muy particular, por decirlo de alguna manera. Poco antes de ir a Valencia me mandó una fotografía suya, vestido de El Zorro y subido a lomos de un caballo, en medio de la plaza de toros de Las Ventas. Me pidió que cuando estuviéramos en directo la sacara, como cosa mía, para que le diera pie a comentarla. Así lo hice. ¿Sabéis qué dijo él? «Pero Lydia, si ese no soy yo».

placeholder Camilo Sesto durante una de sus últimas ruedas de prensa. (Gtres)
Camilo Sesto durante una de sus últimas ruedas de prensa. (Gtres)

Me quedé muerta. En ese momento, a él no le apetecía hablar de ello y decidió dejarme en evidencia. ¿O es que quizá no se acordaba de que la imagen, tomada en junio de 1975, era real? Encontré un recorte de prensa donde aparecía la misma foto, junto a otra donde, minutos antes de lanzarse al ruedo, él y Rocío Jurado se hacían mimitos. El pie de foto era: «“El Zorro” de Camilo... ladrón de corazones. ¡Ay!». Sin embargo, en otra de sus visitas a Tómbola, cuando le hablé de las veces que me llamaba con frecuencia para que fuera a su casa de Torrelodones, no lo negó. Todo lo contrario. Tampoco renegó de mí en la rueda de prensa que ofreció en el Hotel Palace de Madrid, con motivo de la presentación en 2010 de dos conciertos sinfónicos que iba a realizar.

—¿Te da miedo que estos conciertos no tengan la repercusión que esperas? —le pregunté.

—No, no me da miedo nada. No tengo miedo a la muerte ni a nadie. Solo a perderte y que me cambies por alguien— respondió, aunque con su mirada quería asesinarme.

Así era Camilo Sesto. Para entrevistarlo había que hacer un máster en Psicología y tener mucha mano izquierda. Era una estrella, un hombre maravilloso y genial, pero muy complejo. Yo lo apreciaba mucho, y creo que él a mí también. Entre los dos existía una relación estrecha conocida por todo el mundo. Cuando lo ingresaban, desaparecía durante un tiempo o querían que acudiera a un programa de televisión, los compañeros se ponían en contacto conmigo. Anda que no he escuchado veces la frase «Lydia, ¿puedes llamar a Camilo?». Porque Camilo me cogía el teléfono y puedo enseñar muchísimos mensajes que lo corroboran. Hubo una temporada, a comienzos de los dos mil, en que la mayoría de ellos eran monotemáticos: 'El fantasma de la ópera'. Había grabado un disco con la adaptación al español del musical —para el que había contado con la colaboración de Isabel Patton, Andrea Bronston, Pablo Abraira y Alfonso Nadal—, pero problemas legales con los derechos impidieron que lo sacara a la calle. Se obsesionó con el tema.

Un día, como tantos otros, me invitó a Torrelodones —él nunca salía— y mandó un coche a buscarme. Llegué a las ocho de la tarde y la casa ya estaba llena de gente muy divertida. Camilo se encontraba en una de sus fases buenas. De fondo, por supuesto, sonaba su versión de 'El fantasma de la ópera'. A eso de las dos de la madrugada Charly, que no suele hacerlo nunca, me llamó preocupado. No salí de allí hasta las cinco. Pero antes de marcharme, realicé un descubrimiento sorprendente.

placeholder Camilo Sesto en una imagen de 2009 (Gtres)
Camilo Sesto en una imagen de 2009 (Gtres)

Éramos tantos que cuando quise utilizar el baño de invitados había cola y Camilo me dijo que usara el suyo. Cuando entré me quedé alucinada. Era enorme, lleno de espejos de techo a suelo y, en el centro, una mesa, como de estudio, con un ordenador encima. Desde luego era un lugar singular para trabajar. Aunque realmente lo que más me impactó fue la colección de pelucas que tenía: todas igualitas, como clones. Aquello resultaba inquietante.

El equipo de Aquí hay tomate se enteró de que la noche anterior había estado en casa del cantante y me pidió que contara mi experiencia. Y así lo hice. Ya sabéis la habilidad de Jorge Javier para sonsacártelo todo. En cualquier caso, tampoco pensé que fuera tan grave: todos sabíamos que Camilo llevaba peluca.

De verdad que no creí que fuera a molestarle —además él tenía un gran sentido del humor— pero estaba muy equivocada. Comencé a recibir mensajes suyos demoledores: «¿Cómo has podido hacerme esto? Eras mi persona de confianza y me has traicionado. No quiero volver a verte en la vida». Mientras me caían unos lagrimones enormes, yo le pedía disculpas y trataba de justificarme: «Pero si es una tontería». Pues la tontería hizo que no me hablara durante meses. Hasta que esa Navidad, de forma inesperada, recibí un mensaje suyo. Fue la primera vez que vi un emoji en mi vida. La pantalla de mi teléfono se llenó de labios. Yo, que no sabía utilizarlos, le escribí: «Te quiero, Camilo». De nuevo silencio administrativo hasta que una noche, a las tres de la mañana, me escribió: «Guapa».

Intenté hablar con él en reiteradas ocasiones, sin éxito, hasta que él se puso en contacto conmigo. Deseaba presentarme a un chico muy joven, en el que estaba muy interesado, porque decía que quería producirle un disco. Su idea era que quedáramos de nuevo en su casa, pero traté de persuadirlo de que cambiáramos de escenario. Mi argumento: tienes que socializar, la gente te quiere, sal y deja de comportarte como un vampiro. «Me has convencido —dijo para mi sorpresa—. Quedamos a comer mañana. Elige tú el sitio porque no conozco ninguno y cuando tengas la dirección me la envías. Nos vemos a las 11.30». ¿A las 11.30? ¡Ni los ingleses comen tan pronto! ¿Dónde iba a encontrar un restaurante con la cocina funcionando a esa hora?

Llamé a Jorge Salati, dueño de Candela, y le supliqué: «Por favor, tienes que abrirme el restaurante mañana a las 11.30 con la cocina a pleno rendimiento, camareros y todo lo necesario, vamos, como si fueran las dos del mediodía, pero sin clientes». Él, muy profesional, me respondió: «Lydia, no te preocupes. Lo tendré todo organizado para esa hora». Hagamos que he olvidado que antes de eso dijo algunas cositas como: «¿Te volviste loca?». Cuando llegó Camilo, ya estaba esperándolo. Nos colocamos en una mesa alta que había junto a la barra y pedimos unas cervezas. Al rato llegó su amigo. Tras las presentaciones de rigor, el de Alcoy cogió carrerilla y no paró de hablar. En una de las escasas oportunidades en las que pude meter baza pregunté:

—Qué, ¿nos sentamos a comer?

—Uy, se ha hecho muy tarde —fue su respuesta, y cuando ya estaba cerca de la puerta, añadió—: Pagas tú, ¿no?

El jovencito y yo nos quedamos de piedra, mirándonos sin saber qué decir. Finalmente optamos por irnos cada uno por nuestro lado. Nunca más volví a saber de él. Cuando llegué a mi casa eran las 14.30, una hora perfecta para sentarse a comer. A partir de ahí recuperamos nuestra relación. Por aquella época, el hijo de Camilo andaba con la idea de seguir los pasos de papá en el mundo de la música. Para esta aventura se alió con Juan Tarodo, ex Olé Olé y ex Marta Sánchez, y con el productor Jorge Álvarez. Fui de las primeras personas que escuchó la maqueta. Nada más hacerlo llamé a Camilo para contárselo. La conversación fue breve, pero me dio un titular: «No me importa poner dinero para el disco de mi hijo».

placeholder Camilín promocionando uno de sus primeros trabajos musicales. (Gtres)
Camilín promocionando uno de sus primeros trabajos musicales. (Gtres)

Si él apostaba por el proyecto, yo también, así que le pedí a Juan que convenciera a Camilín para que me concediera una entrevista que pudiera ayudarles en la promoción. Le dije que si era necesario apelara a mi amistad con su padre. Aceptó y a la mañana siguiente me fui al pequeño estudio que tenía Tarodo. Allí, el joven me habló de su padre y, guitarra en mano, interpretó para las cámaras de 'A tu lado' una canción. Durante mucho tiempo esa fue la única entrevista grabada que había de él.

Finalmente, el disco no salió adelante y no volví a ver a Camilín hasta el estreno de la nueva versión de 'Jesucristo Superstar' en 2007. Dado el éxito alcanzado por Camilo Sesto con su interpretación del musical en 1975, lo lógico era que él estuviera presente. Cuando lo invitaron me llamó para comentarlo. Dudaba si asistir, pero finalmente le convencí alimentando un poco su ego: «Tú eres el verdadero superstar, la gente te quiere y se muere por verte». Aceptó, pero con la condición de que esa noche le acompañara. Así que mi no-amigo y yo nos sentamos en el palco principal.

Abajo, en el patio de butacas, estaba Camilín, acompañado por Tarodo —se habían vuelto inseparables— y Cristóbal Huerto, administrador y mano derecha del cantante. Cuando los vi le dije a Camilo: «Este no es mi sitio. Aquí tendría que estar sentado tu hijo. Si no os hacéis una foto juntos, la prensa va a pensar que existe algún problema entre vosotros». En el intermedio sirvieron una copa de champán. Aproveché la circunstancia para ir a buscar al chico y que ocupara mi lugar. Acto seguido me marché. Ni me gusta el champán ni me gustaba aquel Jesucristo Superstar. Nuestra relación siguió fluyendo, hasta que llegó el día en que alguien decidió que dejara de hacerlo. Cuando estaba enfermo me ponía en contacto con Cristóbal para que me informara. Siempre pendiente de su estado de salud y su bienestar.

placeholder Capilla ardiente de Camilo Sesto en la SGAE. (Gtres)
Capilla ardiente de Camilo Sesto en la SGAE. (Gtres)

El 8 de septiembre de 2019, a las cinco de la tarde, recibí desde México la llamada de Lourdes Ornelas, madre de Camilín y en ese momento amiga mía: «Camilo ha muerto». Fue todo un shock para mí. Decenas de seguidores y amigos emocionados se dieron cita en su capilla ardiente, instalada en la sede de la SGAE, para darle su último adiós. Yo era uno de ellos. Pero también soy una profesional y acudí con un cámara de Sálvame. Fui como amiga y como periodista, ambas cosas son compatibles. Así que cuando vi a su familia de Alcoy solté el micrófono y fui a darles a todos un abrazo. Lo recuperé al descubrir que Camilín salía por la puerta de atrás y le formulé algunas preguntas en exclusiva para mi programa. Ni el niño cobró ni a mí me pagaron más por realizar mi trabajo.

Si mi relación con Camilo Sesto se enfrió no fue porque yo fuera indiscreta, como me ha acusado alguno. No nos distanciamos, nos distanciaron. Hubo gente que se empeñó en apartar a Camilo de sus amigos, y yo no iba a ser una excepción. No dejaré que nadie ponga en duda el afecto que nos tuvimos o el cariño desinteresado que yo he profesado por esa familia. Ni siquiera la madre de la criatura.

Camilo Sesto adoraba a Lucía Bosé y ella a él. Su historia de amor dio comienzo en 1971, pero hasta más de una década después, en 1985, no hubo confirmación por parte de ninguno de sus protagonistas. Camilo escribió en sus memorias: «Nos hicimos amigos íntimos muy pronto. De una intimidad total, rido y que sigo queriendo con más dedicación; como en la época en la que estuvimos juntos». Ella no habló de la naturaleza de su relación porque aseguraba: «Las cosas importantes no se cuentan nunca»

placeholder Lucía Bosé, en una imagen de archivo. (Gtres)
Lucía Bosé, en una imagen de archivo. (Gtres)

Parece que se les acabó la pasión, pero no la admiración, y Camilo decía de Lucía que era «una mujer independiente, libre, de una personalidad arrolladora». Doy fe de ello porque sí, pese a quien pese, también tuve el privilegio de establecer una estrecha relación con ella. Y no imaginaria, sino muy real, que dio comienzo en Tómbola. Me metí en su camerino y…

—¡Hola, Lucía! Soy Lydia Lozano, la mujer de Charly García-San Miguel. Tiré de contactos para facilitarme la aproximación. Mi familia política ha estado muy relacionada con los Dominguín Bosé, o Bosé-Dominguín, me da igual.

—Hombre, Lydia. Encantada, adoro a esa familia. Tu cuñada es maravillosa...

Después de hacer un pequeño repaso por el árbol genealógico de los García-San Miguel la conversación derivó hacia ella. Quería saberlo todo de su época de actriz. No todos los días se puede compartir camerino con una diva del cine italiano. Me sentía como si estuviera dentro de una de esas maravillosas películas en blanco y negro. Me interesaba especialmente su nexo con Sofía Loren y Gina Lollobrigida. Me contó anécdotas de cómo en su momento las tres se hacían la puñeta, por no decir puteaban, por un mismo papel, y que Gina la odiaba a ella especialmente.

Cuando Lucía Bosé se coronó como Miss Italia en 1947, la Lollo quedó en tercera posición. Creo que la antipatía era mutua. Hizo especial hincapié en hacerme notar que Gina siempre vestía igual:

—¡Qué barbaridad! Con el dinero que tiene y en todos los actos lleva el mismo tipo de traje rojo, que parece de Roberto Cavalli, pero se los confecciona en la modista que hay debajo de su casa. ¿Y qué me dices de sus pelucas?

placeholder Lucía Bosé, en uno de los rodajes durante su juventud. (Gtres)
Lucía Bosé, en uno de los rodajes durante su juventud. (Gtres)

A partir de ahí se empezó a forjar un vínculo entre nosotras que fue afianzándose dentro y fuera de los platós. Lucía visitaba con cierta frecuencia los de Telecinco. Recuerdo un día que nos encontramos en un pasillo; no habíamos coincidido en el programa en esa ocasión, y entusiasmada le pregunté:

—Lucía, ¿de dónde vienes? ¿Qué haces por aquí?

¡Ay! ¡Qué duro es no tener dinero! Toda la vida poniendo verde al torero y he venido a un programa para que se me aparezca. Pero hay que comer, hay que comer, Lydia, hay que comer.

Acababa de participar en Más allá de la vida, un espacio en el que la «médium» Anne Germain hacía llegar a los invitados mensajes del más allá de sus familiares fallecidos. También se hizo una Noria, visitó la casa de Bertín Osborne, varios Sálvame Deluxe…

—¿Sabes que actúa Camilo Sesto en Madrid? —le pregunté.

—¡Ay, sí! Llámalo para que nos envíe unas entradas y nos vamos juntas a verlo.

Así lo hice y el 1 de octubre de 2010 nos fuimos Lucía, mi madre y yo al Palacio Municipal de Congresos. Sí, mi madre. Para que veáis el grado de confianza que teníamos. Yo a doña Sol no la paseo con cualquiera. Mami Blue, como la llamaban sus hijos, apareció con un sombrero, que ocultaba su característico pelo azul, para pasar desapercibida. Nada más sentarnos empezó a acercarse gente hasta nosotras para hacerse una foto conmigo y, en cuanto la veían y la reconocían, también con ella.

—¡Qué horror! No vuelvo a ir contigo a ninguna parte. No hay forma de que te dejen tranquila. Eso sí, que no me besen. No me gustan los besos —decía entre divertida y contrariada—. A mi edad ya no se pueden admitir besos de nadie, cualquiera puede pegarte algo.

¡Cómo me acordaba de sus palabras cuando comenzó la pandemia! Lucía Bosé falleció el 23 de marzo de 2020, solo nueve días después de que el Gobierno decretara el Estado de Alarma y nos confinaran a todos en nuestras casas. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudimos volver a besarnos sin que el miedo nos atenazara. Al terminar el concierto Lucía me dijo:

—Lydia, creo que lo mejor es que no nos pasemos por el camerino de Camilo a darle las gracias por las entradas y saludarlo.

—¿Por qué? —quise saber.

—Porque cantó como el culo. Y si me pregunta qué me ha parecido, no podré mentirle.

Así que nos fuimos sin despedirnos. La verdad es que recuerdo con mucha pena aquel concierto. En su caso, el refrán ese de «el que tuvo, retuvo» no se cumplió. La fuerza de su voz, sus prodigiosos registros vocales ya no estaban sobre aquel escenario. Hacía tiempo que lo habían abandonado. A pesar de ello, las dos mil personas que estábamos allí vibramos y nos emocionamos con Camilo.

placeholder Lucía Bosé, en una imagen de archivo. (Gtres)
Lucía Bosé, en una imagen de archivo. (Gtres)

Con cierta frecuencia llamaba a Lucía a su casa de Brieva, en Segovia, para ponernos al día. Era una mujer maravillosa, capaz de serenarme hasta a mí con su visión del mundo y su espiritualidad, o hacer que me doliera la tripa de tanto reír. Por supuesto, siempre nos felicitábamos las Navidades. En más de una ocasión me invitó a pasar el Fin de Año allí. Y si alguien duda de mi palabra que se lo pregunte a Carlos Fuentes, el franciscano amigo de los Bosé y mío. Él es cura: si mintiera sería pecado.

Cada vez que la actriz acudía al Deluxe yo era feliz. Y eso que me las liaba pardas. Cuando nos reuníamos en la previa nos hacíamos un mano a mano y charlábamos de nuestras cosas, de lo divino y de lo humano, de los achaques y, por supuesto, de la familia. Por ejemplo, yo le preguntaba:

—¿Has visto últimamente a Miguel? ¿Y a los niños?

Ella me respondía y entonces yo le consultaba si podía formularle las mismas preguntas en directo.

—Por supuesto, Lydia —decía—. Sin problema.

Pues cuando lo hacía, salía por peteneras: «Yo no sé. No me acuerdo». En ese momento la quería matar, aunque, por supuesto, nunca le afeé la conducta en público. «Pero ¡si me acabas de decir que sí! Pero ¡si incluso me has contado que has estado en Valencia con Nacho Palau!», pensaba con ganas de gritarlo. No lo hacía porque la quería y, por encima de todo, la respetaba y la admiraba. Creo que ella me contaba las cosas en la intimidad de la sala con total naturalidad, pero luego, según se iba desarrollando la entrevista, se lo pensaba mejor. No quería meterse en berenjenales con sus hijos. Yo lo sabía y lo entendía. Por eso, aunque me hiciera quedar mal frente al equipo, no me importaba.

Estábamos todos confinados en nuestras casas, cuando recibí la llamada de un íntimo amigo de la matriarca de los Bosé: «Lydia, Lucía ha muerto». Podéis imaginar mi reacción: pasé de la incredulidad a la rabia, transitando por la tristeza, en cuestión de segundos. Llamé corriendo a Sálvame para contar la noticia a la dirección del programa. Esa tarde entré desde casa para dar toda la información de la que disponía. Expliqué que días antes de que se decretara el estado de alarma había estado haciendo un viaje por el Bierzo con un grupo de amigos. Una zona que le encantaba porque le recordaba mucho a su adorada Toscana. A su regreso, empezó a encontrarse mal: sufría bronconeumonía y la ingresaron. Leí fragmentos de un libro que publicó, compartí mis recuerdos de ella y hablé de la vitalidad y las ganas de vivir que tenía a sus ochenta y nueve años.

Vamos, solo un pequeño homenaje para una de las actrices italianas más espectaculares a la que, además, había tenido el privilegio de conocer. Por eso, me quedé de piedra cuando Lucía Dominguín hizo llegar un mensaje al programa negando cualquier relación entre nosotras. «No hemos tenido ninguna íntima amistad con ella, jamás ha sido amiga de ninguno de nosotros», decía entre otras cosas «bonitas». El programa respaldó mis palabras y mostró un vídeo del Deluxe donde la propia Lucía Bosé afirmó que yo había sido amiga, tanto de la familia como de Miguel, y nos fundíamos en un emotivo abrazo al final de la entrevista.

Estoy tan cansada de escuchar cómo cuestionan la calidad o la intensidad de mis relaciones o emociones que incluso hubo un momento en el que me planteé si el problema no sería mío: quizá estoy haciendo un uso inadecuado de la palabra.

Me fui al diccionario de la Real Academia Española y busqué «amigo»:

1. adj. Que tiene relación de amistad. U. t. c. s.

Y después, «amistad»:

1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con
otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
2. f. Amancebamiento.
3. f. Merced, favor.
4. f. Afinidad, conexión entre cosas.

Aclarado. Tomen todos nota: según la RAE, tanto Lucía Bosé como Camilo Sesto fueron mis amigos. O, si lo preferís de otra forma, mis compañeros, camaradas, colegas, compinches, aliados, panas, patas, cuates... ¡Qué bonitos son los sinónimos!"

En ocasiones, en el plató de Sálvame me han tratado como a esa niñita que tiene amigos imaginarios y su entorno quiere convencerla de que no son reales. Como si me hubiera adentrado en un mundo de fantasía y estuviera viviendo en una realidad paralela de la que tenía que ser rescatada. Menos mal que tengo la cabeza bien amueblada y, lo que es más importante, dispongo de pruebas que demuestran que esos amigos no son fruto de mi imaginación.

Lydia Lozano
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