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Nueve razones para viajar a Sudáfrica (y una de ellas es el vino)

La Table Mountain, el Parque Kruger, la Ventana de Dios, los rinocerontes, los tiburones y ballenas, los cañones, la multiculturalidad, Nelson Mandela y una isla, cómo no

Foto: El espectacular Blyde River Canyon desde la Ventana de Dios. (Fotos: Turismo Sudáfrica)
El espectacular Blyde River Canyon desde la Ventana de Dios. (Fotos: Turismo Sudáfrica)

Sudáfrica. Irremediablemente suena a Mandela y a una canción de Rodríguez (Sixto, búscalo si aún no lo conoces y no te pierdas 'Searching for Sugar Man'), a la literatura de Gordimer y de Coetzee, y a una montaña con forma de mesa donde sentarse a vivir y a comer. Como los Apóstoles (con mayúsculas). Nos enrolamos en un viaje de los grandes. Con destino a aquel lugar del mundo donde termina el continente negro o donde empieza, según. Esto son nueve porqués que te harán escribir tus particulares 'memorias de África'.

1. La Ventana de Dios

Desde la que se disfruta, no podía ser de otra manera, de unas vistas celestiales de Sudáfrica. Un mirador espectacular que se encuentra en la reserva natural del Cañón del Río Blyde, en Mpumalanga, por donde sale el sol y donde la naturaleza se hace, sin exagerar, maravillosa. Ahí están los imponentes Bourke's Luck Potholes, esas esculturas cilíndricas que se alzan en medio de piscinas naturales abarrotadas de peces hechas por la erosión. El cañón se extiende a lo largo de 50 kilómetros, el hábitat de hipopótamos, cocodrilos, nutrias y primates. ¡Ay!

Los Bourke's Luck Potholes en el espléndido cañón.
Los Bourke's Luck Potholes en el espléndido cañón.

2. Una montaña mesa

La Table Mountain, esa montaña de cima plana con tres kilómetros de lado a lado, donde se aposentan los Doce Apóstoles (riscos), se convertirá en el telón de fondo de tu viaje. No todos los días se está ante una de las siete maravillas naturales del mundo (también lo son las cataratas de Iguazú). Más legendaria aún si se piensa que está flanqueada por el Pico del Diablo y la Cabeza del León. Podrás subir (y bajar) en teleférico. Esto es Ciudad del Cabo, que es la Ciudad Madre, o sea la más antigua de Sudáfrica.

Sobrevolando Ciudad del Cabo en teleférico. (Foto: Table Mountain Aerial Cableway)
Sobrevolando Ciudad del Cabo en teleférico. (Foto: Table Mountain Aerial Cableway)

Más allá de la Table Mountain (arriba) y la Table Bay (abajo), está la colonia de pingüinos que habitan la playa de Boulders, la encantadora y colorida aldea de pescadores de Kalk Bay y el Old Biscuit Mill, el pueblo de la nueva bohemia en el corazón de Woodstock. Todo un festival de mercados diurnos y nocturnos, arte, granjas y diseño. Sin olvidarnos de la City Bowl, lo viejo, donde cunden los edificios art deco y los rascacielos al más puro estilo New York New York. Ahí tienes el hotel Dutch Manor (desde 1812). ¿No querías multiculturalidad? En Long Street, los edificios victorianos y los hoteles más chic conviven con las mezquitas. En el Distrito Seis, cómo olvidar, los townships y el doloroso pasado del apartheid.

3. Una isla para el recuerdo

Ahora no se trata de una isla idílica, sino de todo un memorial. Robben Island alberga la prisión en la que Nelson Mandela, líder del movimiento contra el apartheid y premio Nobel de la Paz, pasó 18 años, con sus 365 días y sus noches, de los 27 que estuvo preso. Todo un pedazo de la historia de Sudáfrica a 12 km de Ciudad del Cabo, lo que significa media hora escasa en ferry. Por cierto, los guías son exprisioneros (políticos). Por lo demás, el nombre significa 'isla de las focas' en neerlandés, es una isla plana, tiene forma ovalada con 3,3 km de longitud y más de una vez y más de dos se han encontrado monedas de oro en sus costas. Cosas de naufragios.​

La isla de Robben a vista de pájaro. Y al fondo, la Table Mountain.
La isla de Robben a vista de pájaro. Y al fondo, la Table Mountain.

4. ¿No has probado el vino sudafricano?

Tal vez ya hayas hecho una cata gracias al supermercado cosmopolita de la esquina, pero nada como sucumbir a él en plena ruta del vino del Cabo. Hablamos de la cuenca de Boland, que se encuentra a unos 80 km al noroeste de Ciudad del Cabo; de la que es considerada la capital de este país tan dionisiaco, Stellenbosch; de las decenas de bodegas que salpican el paisaje y de las variedades shiraz, cabernet sauvignon y pinot noir. ¿Más madera? Plantarse en el viñedo de Vergenoegd y sucumbir al ritual del Indian Runner Ducks: más de mil patos de la granja ejerciendo de policías, o sea, controlando caracoles y plagas y eliminándolos. Para redondear la experiencia vitivinícola, lo mejor es alojarse en el Grande Roche Hotel, que está en Paarl, en medio de viñedos (desde 167 euros).

El Grande Roche Hotel, en Paarl, tierra de viñedos.
El Grande Roche Hotel, en Paarl, tierra de viñedos.

5. Pero si parece Manhattan...

Durban, Johannesburgo, la propia Ciudad del Cabo... A veces lo parece y a veces no. Sobre todo cuando se adentra uno en rutas como la llamada Ruta Jardín, desde Cape Town hasta Port Elisabeth, y todito todo se vuelve naturaleza. “Yo tenía una granja en Africa...”. Sí, las 'Memorias de África' de la danesa Karen Blixen hechas realidad paisajística en esta suerte de edén con vegetación exuberante, cascadas, reservas de animales, lagos y lagunas, donde cual manjar de paraíso te tentarán con el biltong, una delicatesen nacional que es carne deshidratada, curada y cortada en tiras. La ocasión nada calva de ver por fin tiburones, ballenas y delfines.

6. La ciudad joya o la fiebre del oro

Johannesburgo, la del oro y los diamantes -está junto a las colinas de Witwatersrand, el paraíso dorado-, la puerta de entrada al África del sur, la de las galerías de arte y los teatros, además de los pubs, clubs o shebbens donde beber y vivir con alevosía, la ciudad más grande y poblada de Sudáfrica, el centro económico y financiero del país y la que guarda en sus alrededores como un tesoro la Cuna de la Humanidad, a solo 25 kilómetros, el lugar donde se encontró el primer adulto de Australopithecus africanus, entre otros importantísimos hallazgos. Y sin embargo, no tiene salida al mar, como Berlín o Madrid. Quédate en el hotel Four Seasons The Westcliff (desde 281 euros) y sabrás lo que es bueno.

El hotel Four Seasons The Westcliff, en lo alto de una colina y con vistas.
El hotel Four Seasons The Westcliff, en lo alto de una colina y con vistas.

7. Tras las huellas de Mandela y Tutu

Muy pocos rincones de la tierra pueden presumir de haber alojado en muy pocos metros a dos premios Nobel. Se trata de Soweto, al suroeste de Johannesburgo, abreviatura de South Western Townships, y de su calle Vilakazi, donde vivieron Nelson Rolihlahla Mandela y el reverendo Desmond Tutu. Sí, Soweto fue construida para alojar a los africanos negros en pleno apartheid en pésimas condiciones: casas sin agua potable ni electricidad, escuelas miserables... Toda una lección de historia. Imprescindible el Museo Mandela, en el que fue su hogar.

Una calle de Soweto, historia viva de Sudáfrica.
Una calle de Soweto, historia viva de Sudáfrica.

8. La casa de los 5 Grandes

Nos referimos al elefante (puede haber unos 12.000), el león (unos 2.000), el leopardo (1.000), el rinoceronte (5.000 blancos y 350 negros) y el búfalo, y por supuesto, al Parque Nacional Kruger, que está al norte y limita con Mozambique y Zimbabue. Un sueño eterno para los amantes de la naturaleza: casi 2 millones de hectáreas y 16 ecosistemas. Aquí el safari es obligado. Un documental de La 2 en toda regla: la vida salvaje en su esplendor.

El safari en Sudáfrica es obligado. En la foto, el Parque Kruger.
El safari en Sudáfrica es obligado. En la foto, el Parque Kruger.

9. La costa más salvaje

Y que es llamada precisamente así, Costa Salvaje, otro tesoro sudafricano que nada tiene que ver con el oro. Naturaleza pura. El paraje donde tiene lugar la Great Sardine Run, toda una regata sardinera, durante los meses de junio y julio. Miles de sardinas que emigran de las aguas más frías del Cabo a las más cálidas de KwaZulu-Natal, tierra zulú, para poner sus huevos y después, en su camino de vuelta, son seguidas por miles de delfines, ballenas, tiburones, aves y peces de presa. Un espectáculo monumental. La Wild Coast, de unos 350 kilómetros al norte del país, es el lugar ideal para disfrutar de playas de arenas blancas, vertiginosos acantilados, colinas boscosas. Lo suyo es echarse andar, sin parar.

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